Mucho se ha dicho sobre el cabildeo o lobbying, como gusten llamarle, y de la irrupción de los cabilderos en la política mexicana de los últimos años. Pero pocas veces se ha hablado del cabildeo de hace 200 años atrás. Sí, el lobbying bicentenario. Quizá esta lectura del bicentenario del inicio de la independencia sea un poco osada para los parámetros académicos o para la misma historia del país, pero imaginarse al padre Miguel Hidalgo y Costilla cabildeando en las tertulias, así como obviamente en el Cabildo, para organizar conspiraciones contra la corona o para abolir la esclavitud, cuando menos, es sugestivo.
El término “cabildeo” –traslación en castellano para el término “lobbying”, que es una palabra en inglés que se puede definir como un ejercicio intenso del derecho de petición– hace referencia a la institución del Cabildo, que era la instancia del poder colonial donde, además de los peninsulares, algunos criollos distinguidos podían formular demandas o, por ponerlo de alguna manera, participar en el quehacer del gobierno virreinal. Allí, en los Cabildos de los Ayuntamientos, era donde se hacía política, más allá de que en las iglesias también y de que en las tertulias, como las que había en ciudades como Puebla de los Ángeles, fue donde realmente se cabildearon las ideas de pensadores como Rousseau, Montesquieu y Voltaire, prohibidos por la autoridad colonial porque eran emancipadoras, revolucionarias.
En ese sentido, don Miguel Hidalgo, sin dudas, fue uno de los grandes cabilderos de la independencia porque fue el que, además de cabildear a la elite criolla de apoyar la conspiración, también fue quien organizó la primera movilización de grass-roots de la historia mexicana, la insurgencia. Pero el cura no fue el único que cabildeó la idea del cambio de gobierno. Anteriormente al "Grito de Dolores", en 1808 los comerciantes más prominentes de la Nueva España asistían permanentemente a los Cabildos, principalmente al de la Ciudad de México, para reclamar, por ejemplo, por la drástica situación económica que estaban atravesando, como consecuencia de las invasiones napoleónicas en España. De esos criollos que cabildeaban por la posibilidad de comerciar no solamente con la Península, entre otras cosas, salieron varios de los que después acompañarían a Hidalgo, Allende y Aldama, entre muchos más, en la insurrección.
Otro gran héroe patrio que también podría ser pensado como un cabildero, y que decididamente cambió el rumbo de la historia, fue José María Morelos y Pavón. Cuando Morelos escribió y expuso, el 14 de septiembre de 1813, Sentimientos de la Nación en Chilpancingo, lo que en el fondo hizo fue cabildear para, por ejemplo, consensuar que la religión católica fuese la única religión de México y que México fuese libre y soberano. Luego, junto al Doctor Cos y López Rayón, Morelos hizo uso de la imprenta y reprodujo copias de Sentimientos de la Nación para que, gracias a la distribución de López Rayón, se generase una corriente de opinión afín que apoyara la lucha armada. Es decir, salvando las distancias y rigurosidades históricas y académicas, la estrategia de Morelos también puede verse como una estrategia de cabildeo.
Claro que, strictu sentu, aquellos héroes que hace 200 años iniciaron la lucha de independencia no fueron precisamente cabilderos, como se lo entiende actualmente. Pero teniendo en cuenta que las personalidades que poco más de 200 años iniciaron la guerra civil que después desembocó en la guerra por la independencia, fueron personas que mucho anduvieron mucho por los Cabildos, justamente, cabildeando, es válido pensar en Hidalgo y Morelos como cabilderos. Es decir, ¿por qué no pensar también que los padres fundadores de México, como en el caso de Estados Unidos, practicaron y promovieron una especie embrionaria de cabildeo mexicano?
¡Viva México!