sábado, 27 de febrero de 2010

Reglamentación de las encuestas: ¿y las precampañas?

Cuando semanas atrás el Instituto Electoral del Estado de Puebla –IEE-Puebla– realizó unas modificaciones en la reglamentación de la publicación de encuestas electorales locales, como siempre sucede, se escucharon voces a favor y en contra. A primera vista, las modificaciones que se hicieron en los Lineamientos para la publicación de Resultados de Encuestas y/o Sondeos de Opinión son positivas. Pero repensando el asunto, pareciera que las modificaciones terminaron por ser insuficientes. Entre otras cuestiones, la principal carencia que se critica se basa en la siguiente pregunta: ¿por qué se reglamenta la publicación de sondeos de intención de voto solamente en épocas de campañas y no también durante las precampañas?

Después de tres semanas desde que se anunciaron las modificaciones a los lineamientos para la publicación de encuestas electorales locales, los medios de comunicación poblanos informaron que el representante del PAN en el IEE promovió una impugnación ante el Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación –TEPJF–. Dada la negativa del propio IEE y del Tribunal Electoral del Estado –TEE– de rever la posibilidad de incluir a las precampañas en las reformas hechas al código que regula la publicación de sondeos de intención de voto, la justicia federal volvió a ser requerida para revisar lo que hace la local. Así, tras la criticada reglamentación de las alianzas electorales que hiciera el IEE este mismo año, la regulación de las encuestas electorales sólo en campañas y no también en precampañas, una vez más, puso en tela de juicio al IEE local y a la justicia electoral local.

Pero, ¿qué importancia tiene que los sondeos sean reglamentados solamente en campañas y que no lo sean en precampañas? ¿Es tan importante este asunto como para que intervenga la justicia electoral federal? Se puede decir que sí. Por un lado, la importancia de que los sondeos sean regulados también en precampañas radica en que, de alguna manera, los sondeos públicos de intención de voto, es decir, los que se publican en los medios de comunicación, son, justamente, cosa pública y requieren de cierto grado de transparencia. Por otro lado, aunque esta es una discusión de nunca acabar y no es posible conmensurarla, las encuestas electorales afectan en las percepciones de los votantes: ya sea porque son sobredimensionadas, porque ayudan a confirmar las preconcepciones emotivas de los ciudadanos o porque aportan elementos para formar preferencias en donde no las hay, los sondeos tienden a influir indebidamente –como dirían algunos autores– en el electorado. Es decir, la reglamentación de los sondeos en precampañas es importante para la calidad democrática de la contienda electoral actual, del mismo modo que para la calidad de las firmas encuestadoras que aparecen en los medios de comunicación.

Tras precampañas eternas en donde, cada vez con mayor intensidad y periodicidad, las encuestas públicas de intención de voto son constantes en los medios de comunicación locales, parece equívoco que la autoridad electoral del Estado no fije reglas para controlar qué sondeos son fidedignos y cuáles no durante todo el proceso electoral, no solamente durante una parte. Si no hay control o si no se revelan la metodología y autoría, entre otras cosas, de los sondeos de intención de votos en la precampaña, no es difícil que un grupo de encuestadoras de dudosa calidad publiquen encuestas preelectorales poco serias y afirmen, cuando una encuesta jamás puede afirmar o vaticinar el resultado de las urnas, que un candidato rebasa por una diferencia de dos a uno a otro candidato. Es decir, la pregunta de por qué no se reglamentan las encuestas también durante las precampañas no es fácil de responder, ya que el sentido común de la democracia minimalista diría que las modificaciones tendrían que haber alcanzado también a las encuestas de la precampaña.

Con todo, si bien la actualización de la reglamentación de las encuestas electorales es importante y puede considerarse como un paso hacia al frente en la materia, el IEE debería de haber tomado también en cuenta la reglamentación de las encuestas durante las precampañas. Asimismo, lo tendría que haber hecho para transparentar y regular a las encuestas de la jornada electoral, las llamadas encuestas de salida. Todavía quedan días de precampaña, sería interesante que, sin tener que ser una instancia federal la que decida sobre este asunto, la justicia local hiciese esta observación obvia y así se reajustasen las recientes reformas para reglamentar a los sondeos de intención de voto y se incluyan a las publicadas durante las precampañas. También sería interesante que este control de encuestadoras sea público en el portal de Internet del IEE, pero ese es otro tema.

La política exterior de una cultura matriotera: una reflexión sobre el Plan Mérida

El revolucionario no se rebela contra los abusos, sino contra los usos.

José Ortega y Gasset

Mientras que el conflicto entre las tendencias políticas es un hecho irrefutable en el contexto mexicano de principios de siglo XXI, los partidos políticos, el presidente y la sociedad finalmente encontraron, con la aprobación del Plan Mérida por parte de la Cámara de Representes de los Estados Unidos de Norte América, un punto de acuerdo: rechazar susodicha estrategia castrense gabacha, basándose en la idiosincrasia colectiva mexicana que pone a la soberanía nacional como un sensible asunto más allá de toda diferencia partidaria, sectorial o coyuntural. Exageradamente o no, la soberanía nacional viene a ser para el sentido común mexicano como la integridad de una madre viuda y anciana o la virginidad de una hermana menor, en tanto que solventarla es como violarla porque es sacarla de su estado virgen y puro. En este sentido, a pesar de que el país está viviendo una disputa política acalorada por la pendiente reforma petrolera y la pre-precampaña electoral hacia el 2009, el excepcional consenso en torno al rechazo del Plan Mérida se dio en parte gracias al nacionalismo que el escritor Gabriel Zaid identificó en su artículo titulado Problemas de una cultura matriotera (1982).

Tomando dicho artículo como referencia para una especie de hermenéutica con el ser nacional mexicano en el tiempo, se puede advertir por qué todo el espectro político mexicano rechazó aunadamente la estrategia estadounidense para combatir al narcotráfico en México. En pocas palabras, el nacionalismo edificado por los mestizos que pasaron por sobre los vencidos a lo largo de la historia mexicana hace referencia a una profunda inseguridad psicológica del mestizo frente al criollo, extranjero e indio inclusive, por lo que la actual polarización política de México encontró una excepción con el Plan Mérida o Iniciativa México, aprobado en la Cámara Baja pero rechazado a posteriori en la Cámara Alta del Congreso del país del norte dadas las reacciones en México.

Justamente, debido a que el Plan Mérida viene desde tierras foráneas pone en una situación de inseguridad a todos los mexicanos por igual y, al mismo tiempo por lo que es inaceptable para el sentido común matriotero mexicano, atenta contra la integridad de la madre patria o ficción organizacional mestiza. A este tenor, como el nacionalismo mexicano fue fundado en base a las relaciones ambivalentes de amor/odio con los Estados Unidos y, aunque cada vez en menor escala, con España, no es extraña la reacción mexicana de responder desaprobando la acción estadounidense que pretende introducirse en suelo mexicano para darle combate al narcotráfico. Pues, parecería, eso sería visto como una violación más que como una apoyo.

Siguiendo con Problemas de una cultura matriotera, y como se sugirió arriba, Zaid discute asuntos que hacen a la socialización política mexicana y a la distinción de un “nosotros” y un “ellos” no tanto por rasgos culturales sino más bien geográficos. Entonces, el nacionalismo mexicano es el fruto de la relación íntima de un hombre y una mujer que alguna vez, o un par de veces, intercambiaron flujos pero nunca se casaron. La madre era la que portaba los genes geográficos del nacionalismo, la originalidad y el apego a la tierra, mientras que el padre los culturales e ideológicos del mismo. Así, los mestizos fundadores de la cultura nacional, aquellos pseudos-laicos que ganaron las guerras de Independencia, Reforma y Revolución, se encontraron con un pequeño gran problema para cimentar, en una comunidad imaginaria heterogénea, un nacionalismo coherente: el “pecado original” que Zaid encuentra cuando examina a este pequeño niño llamado México, que la cultura nacional sí tiene madre pero no tiene precisamente un padre. Y ese es un trauma para cualquier niño, un problema que se proyecta a lo largo del tiempo y genera inseguridades hasta por momentos maniáticas.

Paradójicamente, en México se ha anulado la influencia cultural paterna porque éste es impuro y, por sobre todo, porque no hubo precisamente un sólo padre, sino dos: el liberalismo y el conservadurismo. De esta manera, si se reconocen los rasgos paternos del país no sólo se estaría reconociendo que la madre no es pura porque tuvo relaciones de alcoba con dos hombres distintos, sino que el honor y la pureza de la mujer que está encerrada en los contornos geográficos imaginarios de la nación, no es tan magnánima como para generar el tipo de rarezas, para el contexto actual resquebrajado del país, como el del consenso repudiando el Plan Mérida que se quería imponer desde Washington hasta el DF.

En ese orden de ideas, habiéndose constituido, a grandes rasgos, el nacionalismo mexicano con un gran apego e identificación con la geografía y no con particularidades culturales, el nacionalismo mexicano se para siempre del lado de la madre, la tierra, y la protege como un hijo defiende a su madre soltera o viuda que es acechada por sus amantes llenos de ideas pervertidas. Por eso en México se le puede decir matriotismo en lugar de patriotismo, porque el senido nacional defiende a la madre y no al padre.

Es así que, cuando los Estados Unidos hacen una referencia a asuntos mexicanos o impulsan una política de seguridad que toma lugar en suelo mexicano, no es raro que de este lado de la frontera se escuche un sólido y conciso rechazo matriotero. Más precisamente, una defensa en base a la identidad que genera la geografía mexicana y la tierra de origen, la madre. En definitivas cuentas, aun en el supuesto caso de que el Plan Mérida sea una propuesta que ideológicamente pueda dividir a los diferentes partidos políticos mexicanos, ésta no puede ser tan espléndida y seductiva como para quebrar ese consenso matriotero implícito cuando se toca lo que es como sagrado.

Por último, habría que agregar que como lo notaba Zaid en su artículo, a pesar de la polarización y la falta de consensos entre los políticos mexicanos para un abanico enorme de temas, cuando viene a cuento la defensa de la soberanía nacional, el honor y los límites del territorio nacional, todos se agolpan tras la idea matriotera del país que junto a la Virgen Morena ya lleva tres batallas en el lomo que, de una manera inexplicable, han sido ganadas. Om por la actual.

lunes, 8 de febrero de 2010

Sobre la posible alianza PAN-PRD y "no mezclar el agua con el aceite"

En un contexto preelectoral ríspido y enrarecido por la posibilidad de la alianza PAN-PRD más candidatos independientes, quizá sin pensarlo, distintos políticos y comentaristas de los medios de comunicación han antepuesto un limitativo a la hora de discurrir sobre la posible alianza entre dos de los partidos políticos más importantes de la oposición poblana. “No se puede mezclar el agua con el aceite”, invoca el dicho de moda en los comentarios políticos de Puebla; pero, ¿qué están diciendo algunos periodistas y políticos con este refrán?

Ya sea porque la posible alianza ha sido criticada por actores políticos, medios de comunicación, especialistas, periodistas y demás, o porque las concepciones de “izquierda” y “derecha” son restricciones con peso real para muchos, las circunstancias muestran que la afamada potencial alianza entre el PAN y el PRD –más candidatos independientes y otros partidos chicos– es un tema que, como dice un dicho, “tiene tela de donde cortar”. Precisamente, se ha estado leyendo y escuchando en distintos comentarios que, como dice el dicho, “el aceite no se mezcla con el agua”. Ya que sobre proverbios populares se basa buena parte de la entelequia de la política local, vale demostrar que la imposibilidad de mezclar el agua con el aceite, en términos políticos, es una idea reduccionista que lleva a enmarcar la ciencia política a un refrán, lo cual puede ser riesgoso o anodino.

Aunque a veces los dichos saben ser muy sabios, el que hace referencia a la imposibilidad de mezclar el agua con el aceite aplicado a la política, en clara referencia a las contrariedades de coaligar al PAN con el PRD y candidatos independientes, es un dicho que descontextualiza el asunto. De alguna manera, el dicho lleva a la política poblana a los parámetros de la categoría “amigo-enemigo” del teórico Carl Schmitt, quien fuera influencia académica e ideológica, nada más ni nada menos, de Adolf Hitler y su partido Nazi. Según aquellos que repiten dicho refrán, la posible alianza local entre el PAN y el PRD, el agua y el aceite, es un oxímoron o un gesto propio del cínico pragmatismo político, el cual busca entrelazar extremos políticos irreconciliables. Es decir, aparte de que la ciencia política es una ciencia social y no una ciencia dura, y por lo tanto un partido político no es un elemento químico, este dicho distingue al PAN y al PRD no como adversarios, sino como enemigos.

Para aquellos que repiten el dicho de “no mezclar el agua con el aceite”, en cierta forma, la política se piensa en términos de “amigo-enemigo”. Dada la contextualización del dicho, para estos la política es la contraposición de “nosotros los amigos” versus “ellos los enemigos”, o el resultado de dos grupos que son distintos y que para nada se pueden mezclar. En este sentido, el dicho al que se hace referencia aquí no permite la posibilidad de, entre otras cosas, pensar la política en términos democráticos, realistas y liberales, ya que discute a la política y las distintas tendencias como compartimentos estancos e incompatibles. Quizá sin saberlo, al repetir el dicho, se entiende a la política como la distinción “amigo-enemigo”, lo cual la convierte en un fenómeno de suma cero, totalitario, excluyente y no plural.

Así, aquellos que hablan de no poder mezclar el agua con el aceite, en términos teóricos, quizá no notan que en sistemas políticos minimalistas, como lo es la democracia liberal, las alianzas coyunturales o electorales son propias, factibles y están a lugar. De la misma forma, “no mezclar” es una idea que plantea reglas de juego extrañas para la democracia, ya que retrotraen a la política electoral a un juego de suma cero donde, en lugar de adversarios, hay amigos y enemigos peleados a muerte. Sin buscar la descalificación de aquellos que sí creen en la aplicabilidad de los dichos populares en la política, en la teoría política queda claro que la distinción “amigo-enemigo” es un tanto inoportuna para un contexto más o menos democrático.

Con todo, habría que repensar, más allá de aprobar o no, los dichos de los comentaristas y otros que han clamado en contra de la alianza electoral entre el PAN, el PRD, candidatos independientes y otros partidos contra el PRI. Señalar que la alianza no es válida porque sí, o que es un disparate porque es como “mezclar el agua con el aceite” como dice el citado dicho, no es del todo apropiado, ya que el juego electoral democrático y la teoría de la democracia no entienden a la política con la distinción “amigo-enemigo”. Es decir, la democracia permite las alianzas electorales diversas, y las coaliciones partidarias nada tienen que ver con el agua y el aceite.