Una de las reglas de cualquier
democracia mínima es la aceptación y respeto de los resultados electorales por
parte de los competidores y actores. Ya sean los ganadores o los perdedores, un
sistema democrático minimalista más o menos de calidad es aquel en donde se
respeta el resultado de las urnas, mismo que tuvo que haber emanado de
elecciones libres, competidas y competitivas, entre otras cosas. Esto último,
para el caso reciente de las elecciones presidenciales de Venezuela no aplicó.
A diferencia de lo que sucedió en
ese país unos meses atrás, cuando el todavía presidente Hugo Chávez fue
reelecto por tercera vez al vencer al candidato opositor, Henrique Capriles, quien
aceptó su apretada derrota, ahora el mismo candidato opositor no está conforme
con los resultados electorales e impugnó la elección. Más allá de si la postura
de Capriles y los suyos responde a una estrategia diferente a la que tomaron
unos meses atrás, así como si está en lo correcto o no, sin duda que la
situación representa un problema para la democracia, con todo y que Venezuela
hace tiempo que es un país con serios problemas en lo que tiene que ver con su
sistema político democrático liberal.
En tal sentido, como lo
argumentara Alonso Lujambio en sus impecables textos sobre transición hacia la
democracia, quien pierde y no acepta su derrota mete en aprietos a una
democracia mínima. Vale decir que, este tipo de democracia liberal se resguarda
en un sistema electoral competitivo y competido, con reglas claras y aceptadas
por todos los jugadores, entre otras cosas. Así, un principio fundamental de la
democracia, aceptar la victoria o la derrota electoral, según sea el caso, se
ha visto mermado en las elecciones recientes de Venezuela. Con menos del dos
por ciento de diferencia entre Nicolás Madura y Henrique Capriles, éste
considera que la elección no fue democrática y que existieron manejos
fraudulentos por parte del chavismo. Es decir, al existir dudas sobre el
funcionamiento del sistema electoral venezolano y del marco democrático en el
que estas se desarrollaron, pareciera que no se sabe cómo se llama el juego en
el cual Capriles perdió contra Maduro.
Varios analistas han hecho el parangón
con el caso de las elecciones presidenciales de México en el 2006, pero habría
que ver hasta qué grado son casos comparables. Más allá de la comparación y la
posibilidad de equiparar ambos casos, la diferencia obligada que hay entre el
caso mexicano del 2006 y el reciente de Venezuela es que, las diferencias son
grandes entre un país y otro en cuanto al grado de consolidación y hasta
tropicalización del sistema democrático liberal. Es decir, el contexto en el
que Maduro le ganó a Capriles no es similar al que existió cuando Calderón le
ganó a López Obrador.
Así, el hecho es que en Venezuela
Capriles no está respetando lo fundamental para una democracia minimalista: el
veredicto de las urnas y del voto de la ciudadanía. Sin embargo, el contexto en
el que se desenvolvieron las elecciones recientes de Venezuela dista de ser uno
mínimamente democrático, con lo cual la reacción del candidato opositor ante el
resultado y cómo éste se oficializó puede ser correcto o plausible, pero llama
la atención porque mete en mayores aprietos al endeble sistema democrático
liberal de Venezuela.