José
Elías Romero Apis de El Excélsior, reflexiona sobre los mensajes con los que comenzaron su
mandato 13 Presidentes de México, desde Lázaro Cárdenas hasta Felipe Calderón
José Elías Romero Apis *
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Manuel Ávila Camacho, quien se convirtió en
Presidente en 1940, rechazó la influencia de “intereses privilegiados” en su
gobierno.
Primera de tres
partes
CIUDAD DE MÉXICO,
22 de noviembre.- Aunque la Constitución no obliga a que el Presidente entrante
dé un mensaje luego de rendir protesta, es una costumbre que lo haga, ya sea en
el Congreso o en otra sede.
1. La idea central
Nuevamente me
encuentro con el amable lector en estas páginas que el argot periodístico
conoce como artículo especial, quizá para distinguirlo de aquellos que
aportamos semanalmente y con programación predeterminada y preconocida.
El tema de éste es
lo que se conoce como “discurso inaugural” y es el que pronuncian los
Presidentes en la ceremonia en la que juran el desempeño de su encargo y toman
posesión del mismo. Para obtener la información necesaria para su elaboración,
Pascal Beltrán del Río, director editorial de Excélsior, dispuso que me
facilitaran, del archivo de este diario, los ejemplares de los días 2 de
diciembre de los años de elecciones. Es decir, el ejemplar periodístico donde
se reseña la ceremonia de transmisión del Poder Ejecutivo y se incluye, en
texto completo, el discurso presidencial.
La experiencia fue
deliciosa. Durante toda una mañana me encerré en la Sala del Consejo de esta
casa editorial con los tomos empastados donde se reseñan las 13 tomas de
posesión que van desde la de Lázaro Cárdenas hasta la de Felipe Calderón.
Acoté, arbitrariamente, mi campo de observación a tan sólo las presidencias que
han sido sexenales. Antes de ello, recuérdese que eran cuatrienales.
Pero, además, la
curiosidad no me detuvo en leer discursos presidenciales. De paso, viajé en la
máquina del tiempo que son las hemerotecas y me entretuve viendo anuncios de
comercios que ya no existen o de entonces novedades del momento como las
lavadoras, los televisores o el más famoso refresco embotellado. No se diga las
páginas sociales que, si las de hoy nos mueven a risa, las de entonces
provocarían chunga.
Allí, en la mesa
donde todos los días se deciden las páginas con las que desayunarán los
mexicanos al día siguiente, tomé mis notas y registré mis reflexiones. Pero,
también, como en todo ejercicio histórico, traté de ubicarme en el personaje
central. En el Presidente-orador. En sus sentimientos de ése su glorioso día.
En las circunstancias de una ceremonia compleja. En el ambiente nacional que
rodea a esa transmisión de poder. En lo que pensará un Presidente debutante. En
sus alegrías, sus esperanzas y su temores. En su familia y en su equipo.
Pero, sobre todo,
tenía que centrarme en su discurso. En sus deseos, en sus ilusiones y hasta en
sus fantasías. Todo ello, pasando por sus angustias, sus propósitos y sus
promesas. En los consejeros que le surtieron las grandes líneas. En los
técnicos que le dieron los datos precisos. En los coautores que lo
ayudaron a redactarlo. En los autores anónimos si es que se lo hicieron todo. Y
en los consultores que lo escucharon veinte veces hasta estar seguros de cómo
sonaba.
Con todo ello quedó
un documento de cinco veces el tamaño del que hoy presento. Ningún periódico lo
publicaría. Ni siquiera Excélsior, que bien me quiere y mucho le debo.
Por eso, me apliqué a utilizar la goma de borrar hasta dejarlo como quedó. Mi
mayor deseo, que lo disfrute el lector.
El
1 de diciembre de 1946, Miguel Alemán destacó la necesidad de “llevar a cabo la
industrialización del país que nos hemos propuesto”.
Adolfo
Ruiz Cortines, el 1 de diciembre de 1952, habló de reforzar la unidad nacional
con la distribución equitativa de la riqueza.
2. No existe un
modelo de discurso inaugural
No existen patrones
de instructivo ni paradigmas del pasado que nos indiquen, de manera inexorable,
el formato que tiene dicha alocución.
Lo primero que la
irreflexión nos surte es que se trata de un discurso muy importante en la vida
del orador que lo pronuncia y en la de su país. Pero una introspección más
detenida no indica que no existe, necesariamente, una razón para ello.
Desde luego,
pareciera que debiera ser el mejor. Que ya que una nación está estrenando
Presidente, éste se afanara por demostrar que, por lo menos, es un buen orador
político. Creo que él mismo supone que el suyo habrá de ser uno de los grandes
discursos de la historia de su país. Pero ya hemos visto que no es así. En
México podría decirse que nunca el discurso inaugural ha sido el mejor
pronunciado por el respectivo Presidente.
Por ejemplo, de
entre los discursos famosos en la historia política mexicana mencionaré tres.
El más famoso de Plutarco Elías Calles no fue el primero sino el último que
pronunció como Presidente. Fue el dicho con motivo de su último Informe de
Gobierno, en septiembre de 1928, al cual se le conoce como De los caudillos
a las instituciones.
En esta pieza
histórica, Calles delinea todo el siglo XX mexicano. Sentencia que la
Revolución Mexicana ha rebasado una etapa de caudillismos y que ahora entrará a
una era de instituciones. Que éstas y no aquéllos serán el eje rector del poder
político mexicano. Y que a ellas tendrán que someterse todos los intereses
personales o de grupo que, hasta ese momento, habían enfrentado a los líderes
revolucionarios y habían arriesgado el destino de su movimiento.
Por si fuera poco,
en ese discurso anuncia la inminente fundación del PRI, con su nombre inicial,
el cual habría de convertirse en el partido político más importante de la
historia latinoamericana.
Un segundo discurso
que mencionaría es el pronunciado por Adolfo López Mateos en la convención
partidista que lo postuló a la Presidencia de la República, allá en noviembre
de 1957. No se trató de un discurso de grandes alcances políticos ni históricos
como el que he mencionado de Calles. Pero sin duda alguna se trata de una
arenga muy bella, con muy buena técnica discursiva y muy lleno de inflamación
patriótica. Puede no ser un discurso importante pero es un discurso muy
emocionante. Se le conoce como La entrega de mi vida e, incluso, una de
sus más famosas frases es la que adorna el mausoleo del ex Presidente.
Por último, evoco
el que pronunció Luis Echeverría en octubre de 1969. Fue pronunciado a los dos
o tres días de haber sido “destapado” como candidato presidencial y se le
conoce como el Discurso de las Inconformidades. Más aún, por eso al
patio donde fue pronunciado en la Secretaría de Gobernación se le conoce como
el “patio de las inconformidades”.
Fue una pieza de
unos siete minutos pronunciada ante jóvenes universitarios y politécnicos. Su
contenido fue una crítica al sistema político mexicano, en lo que tenía de
criticable a los ojos de las nuevas generaciones. Su estructura estuvo
compuesta por una decena de párrafos donde cada uno comenzaba con la expresión
“estoy inconforme”, seguida de la mención de los vicios en los que había ido
cayendo no sólo el gobierno de México sino, también, la propia sociedad
mexicana: la represión, la corrupción, la simulación, la intolerancia, la
hipocresía, el egoísmo, la ambición y muchos otros vicios.
Este discurso fue
muy bien dicho, aunque no serviría para ganar ningún concurso de oratoria. Pero
lo verdaderamente trascendente es que tuvo el enorme e insustituible mérito de
la oportunidad. En ello hubo talento y visión.
La juventud mexicana
de entonces se encontraba un año después de Tlatelolco. Las heridas todavía
sangraban. Ese discurso significaba una mano amiga que tendía, ni más ni menos,
el candidato presidencial del PRI. El candidato del sistema considerado por los
jóvenes como cruel y perverso. En pocas palabras, el candidato de Díaz Ordaz.
Sin embargo, los jóvenes encontraron y tomaron esa mano abierta, se
entusiasmaron y se emocionaron y, con ello, las generaciones mexicanas se
reconciliaron o, por lo menos, se serenaron.
Pero, repito, esos
sus mejores discursos no fueron sus mensajes presidenciales inaugurales.
En otras latitudes
esta regla acontece muy similar a como ha sucedido en México. Sin embargo,
tengo una excepción y media. Los dos mejores discursos de Franklin Roosevelt
están considerados dentro de los cuatro mejores discursos de la historia
política de los Estados Unidos. Y, uno de ellos, fue su discurso inaugural. Se
le conoce como El miedo del miedo, y toma su nombre de la advertencia
que hace a su pueblo en el sentido de que a lo único que deberían tenerle miedo
es al propio miedo.
La trascendencia
política de ese mensaje fue histórica. Con ese discurso se inició la
recuperación anímica, económica y política de una nación en esos momentos
agobiada por la depresión económica, por el hampa y por la desesperanza.
Otra semi-excepción
sería el discurso inaugural de John F. Kennedy. No es una oración de gran
contenido, pero se hizo famosa por aquella frase de “no preguntes lo que puede
hacer tu país por ti, sino lo que puedes hacer por tu país”. Ésta se convirtió
en una de las frases más conocidas de Kennedy. Sin embargo, su discurso más
importante lo dijo en la capital alemana y se le conoce como Yo soy berlinés.
En fin, creo que el
Presidente orador no está obligado a llegar a la cúspide de su carrera
tribunicia en el primer día de su mandato. No tiene por qué vaciarse en el
principio. Lo mejor de una vida, de un matrimonio o de una profesión no son el
bautizo, la boda ni la graduación. El principio no es el fin y no debemos hacer
que lo parezca.
3. El escenario: la
toma de posesión
El ceremonial de la
toma de posesión presidencial difiere mucho de país a país. Por ejemplo, en
Estados Unidos la ceremonia es todo un evento lleno de formalidad, pero también
de entusiasmos y de espectacularidad. Se desarrolla en la afueras del Capitolio
para el efecto de que pueda asistir una gran cantidad de invitados. Pero en
Francia, sin embargo, es una ceremonia de tendencia muy sencilla.
En esto, también,
tiene mucho que ver el tiempo que dista entre la elección presidencial y el
inicio del mandato. En los Estados Unidos transcurren casi tres meses entre la
elección que se verifica el primer martes de noviembre y el 20 de enero, día
del inicio del mandato presidencial. En Francia, en cambio, tan sólo
transcurren unos días entre la elección y el relevo. Un lapso mayor propicia
una ceremonia más formal.
En el caso
mexicano, transcurren casi cinco meses entre el primer domingo de julio, fecha
electoral, y el primero de diciembre, fecha asuncional. El evento se realiza,
por disposición constitucional en una sesión de Congreso General, ante el cual
se protesta el leal desempeño del encargo.
El lugar de
ceremonia ha sido diverso. Cárdenas y Ávila Camacho juraron en el ya extinto
Estadio Nacional. Alemán y Ruiz Cortines, en la Cámara de Diputados, entonces
en Allende y Donceles. López Mateos y Díaz Ordaz, en Bellas Artes. Echeverría y
López Portillo, en el Auditorio Nacional. Y de Miguel de la Madrid a Felipe
Calderón, en el Palacio Legislativo de San Lázaro.
Ahora vamos a lo
que tiene que ver con el discurso. La Constitución Política no dispone ni
obliga a que se pronuncie discurso alguno. La única obligación es la de rendir
la protesta señalada en el artículo 87 constitucional. Sin embargo, por una
tradición de cortesía, se ofrece el uso de la palabra al nuevo Presidente de la
República, para que dirija un mensaje al Congreso de la Unión y al pueblo de
México.
Es por eso que el
mandatario entrante toma la cortesía congresional y pronuncia su discurso.
Claro que, en ocasiones, las cortesías recíprocas han pasado al cesto de la
basura. En ocasiones, por grosería de algunos congresistas. Salinas y Calderón
fueron maltratados por las bancadas derrotadas. En otros casos, por
descomedimento presidencial. Echeverría les endilgó un discurso inaugural de
hora y media de duración, lo cual es una insolencia, y Fox fue indecente con
los priistas, sus creencias y sus próceres.
Felipe Calderón ha
sido el único que no fue invitado a hablar, dadas las especiales circunstancias
en las que rindió juramento, al final de lo cual se retiró habiéndose cumplido
con el mandato constitucional.
Ahora bien, una
innovación constitucional reciente abre la posibilidad de recintos alternos
cuando el mencionado ceremonial no pueda realizarse en la sede congresional.
Pero tampoco obliga a discurso alguno. Este sigue siendo optativo y
discrecional.
Pero, los
Presidentes panistas iniciaron una modalidad que no sé si subsistirá para el
futuro. La de realizar una ceremonia propia después de la oficial. Tanto Fox
como Calderón la realizaron en el Auditorio Nacional. Allí Fox pronunció su
“segundo” discurso inaugural, y Calderón el único que pronunció, porque no lo
hizo en el Palacio Legislativo.
Habrá que ver si
Enrique Peña Nieto sigue la tradición priista de una sola ceremonia y un solo
discurso o adopta el estilo panista de doble fiesta y doble perorata.
Seis años después
En el Palacio
Legislativo de San Lázaro se espera para el 1 de diciembre próximo un ambiente
diferente al de hace seis años.
El 1 de diciembre
de 2006, Felipe Calderón se puso la Banda Presidencial entre los gritos y
protestas de los legisladores de los partidos políticos de izquierda, luego de
las quejas de quien fue su candidato a Los Pinos, Andrés Manuel López Obrador,
por el resultado de los comicios.
Esta vez, López
Obrador ha anunciado protestas luego de ser derrotado por segunda vez
consecutiva en los comicios presidenciales, pero ahora sin tener tantos afines
en el Legislativo.
Excélsior publicó el 8 de octubre pasado que
hay legisladores que no ocultan su respaldo al ex candidato presidencial,
aunque únicamente tiene la lealtad de ocho senadores y una decena de diputados
federales.
Aunque 46 por
ciento de los senadores de izquierda se asumen abiertamente como aliados o
incondicionales de Andrés Manuel López Obrador, sólo ocho de ellos se arrogan
plenamente como integrantes del Movimiento de Regeneración Nacional.
Se trata de Manuel
Bartlett, David Monreal, Marco Antonio Blásquez, Ana Gabriela Guevara, Layda
Sansores, Martha Palafox, Adán Augusto López y Alejandro Encinas.
En tanto que en San
Lázaro si bien en el discurso y en sus propuestas los 135 integrantes del
llamado Frente Legislativo Progresista se han manifestado por defender la
plataforma política del tabasqueño, en la práctica esto no se traduce en una
incondicionalidad en cuanto a la filiación partidista.
En consecuencia, entre las curules de
San Lázaro, los fieles incondicionales de Morena y su futuro apenas suman una
decena, entre ellos Martí Batres, quien anunció su integración al movimiento
político de Andrés Manuel López Obrador.
Segunda de tres
partes
CIUDAD DE MÉXICO,
23 de noviembre.- Es un recuento de programas y también
de más promesas, pero el primer mensaje de un Presidente forma parte de un ceremonial seguido por grandes sectores de la población.
de más promesas, pero el primer mensaje de un Presidente forma parte de un ceremonial seguido por grandes sectores de la población.
4. El peor día para
discursos
Decíamos al
principio que casi nunca el discurso inaugural del sexenio de un Presidente ha
sido clasificado como el mejor de su autor, no obstante que debe haber sido
frecuente que el orador en turno suponga que será una gran pieza o que crea que
está obligado a que así lo sea.
Pero la verdad es
que casi nunca lo ha sido porque es un discurso que tiene que enfrentarse a muy
fuertes desventajas que, difícilmente, pueden ser remontadas.
La primera es que
es el peor día para decir discursos, porque es el día que el nuevo Presidente
se enfrenta a dos de los peores enemigos que acosan a un político. Esos
enemigos son la soberbia y la inexperiencia.
La soberbia porque
se trata de un gobernante que viene de un triunfo electoral nacional y de
muchos triunfos previos y, muchas veces desconocidos, que lo llevaron a la
cumbre política de su nación. Desde luego, no se le pueden regatear los méritos
de una victoria que, usualmente, fue dura y difícil. Pero tampoco puede negarse
que es difícil desprenderse de la soberbia del triunfalismo.
Además, todavía no
han comenzado los reclamos de su pueblo. Toda su interlocución es bella. Todos
le piden, todos le sugieren y todos lo elogian. Nadie tiene, todavía, facturas
que presentarle ni cuentas que cobrarle. Ése es su gran día, quizá su único
gran día. Sus programas todavía no se cancelan, sus promesas todavía no se
revocan, sus propósitos todavía no fracasan y sus colaboradores todavía no se
equivocan. Tendrán que pasar muchos días de derrota en Los Pinos para ir
volviendo a la normalidad de la vida. Pero, por eso, ese gran día, delicioso y
paradisiaco, no es bueno para los discursos.
Y la inexperiencia
es el otro gran enemigo. Y ése su primer día es, por lógica aristotélica, su
día de mayor inexperiencia. Dentro de dos años ya habrá sufrido mucho y ya habrá
perdido mucho, pero ya habrá aprendido mucho. Pero este día es todavía blanco y
puro. No digo que tonto, porque ningún Presidente mexicano lo ha sido. Pero son
distintas la inteligencia y la experiencia. De hecho, la inteligencia nos sirve
para aprender rápido. Permite obtener experiencia pronta no para sustituir a la
experiencia. Por eso, tampoco es un buen día para los discursos.
Pero, además, ese
día el discurso tiene muy poderosos enemigos mediáticos que le impiden lucir y
que lo relegan hasta las páginas interiores de los diarios.
El primer enemigo
es el gabinete. La noticia del nuevo equipo “mata” a cualquier discurso
presidencial. Quizá, también, porque el gabinete es en sí mismo un discurso y,
muchas veces, mucho más claro que el de la tribuna. El gabinete dice más que
muchas frases. Indica hacia dónde va el gobierno, lo que le importa al
Presidente o lo que puede sacrificar, las promesas que va a cumplir y las que
va a olvidar. El gabinete es el verdadero tarot de la política. Es la
adivinación del futuro de un gobierno.
El segundo enemigo
mediático es el evento en sí mismo. El ceremonial, el protocolo, el ritual
republicano que, por fortuna, sigue interesando y entusiasmando a grandes
sectores de la población, como un síndrome de republicanismo y de
institucionalidad.
Y el tercero es la
llamada nota-de-color, aquella reseña coloquial que permite al lector ubicarse
como si hubiera estado dentro del propio evento y hubiera visto lo que sucedía
con todos los asistentes. Este relato de chismorreo es, también, una atracción
que suele relegar a la arenga presidencial.
Quizá todo ello
junto, más algunas imprevisiones presidenciales, han determinado que, como
regla general, tengamos las siguientes constantes en el discurso presidencial
inaugural.
Lo primero es que,
casi siempre se trata de un discurso indebidamente largo como para ser buen
discurso. Recordemos que se trata de una oportunidad que se brinda por cortesía
y ésta tiene sus reglas congresionales. El tiempo más largo que se otorga a un
congresista para usar la tribuna es de quince minutos, en condiciones y
ceremonias muy especiales. Luego entonces, un invitado a hablar debiera no
exceder de este tiempo o, cuando mucho, hasta de veinte minutos en total.
Por si fuera poco,
un buen discurso político debe ser corto. A mí, en lo personal, me seduce el
discurso de siete minutos. Pero si el orador es lo suficientemente genial,
puede hacerlo más corto y mejor. El que ha sido considerado, por muchos, como
el más grande discurso político de la historia duró, tan sólo, dos minutos y
ellos fueron suficientes para decir todo lo que se tenía que decir en esa
ocasión y para decirlo con elegante belleza. Sobre ese discurso se han escrito
libros y ensayos durante más de siglo y medio.
Lo segundo es que
el discurso inaugural se ha destinado a ser un recuento de programas muy
aburrido y muy poco emotivo. No olvidemos que el nuevo Presidente lleva, ya
para entonces, más de un año hablando de propósitos, programas y promesas. Lo
hizo en la contienda interna, en la campaña electoral y en el período
poselectoral. Repetir lo dicho es redundancia. Modificarlo sería
inconsistencia. Muchas de sus frases que gustaron ya se gastaron. Pasaron del
gusto al gasto.
Lo tercero es que
casi siempre se trata de un discurso muy ingenuo. No quiero decir que haya sido
cínico, pero si es muy promisorio y muy quimérico.
Por ejemplo, ha
habido tantos discursos inaugurales donde se asegura que se acabará la
corrupción gubernamental. Y quiero suponer que los autores lo creían y no lo
fingían. Prefiero creerlos cándidos que sinvergüenzas.
En fin, los
discursos inaugurales no son buenos para aprender oratoria salvo en lo que no
se debe hacer.
5. La ambientación
del discurso
El discurso
inaugural no se da en el ambiente estéril de un laboratorio, sino en las
circunstancias contaminantes de una realidad política. Alrededor de la
ceremonia existen esperanzas y preocupaciones nacionales que, muchas veces, son
acertadamente percibidas por el orador presidencial y, consecuentemente, su
atención es parte esencial de su discurso. Otras más, han sido ignoradas por el
protagonista de la fiesta.
Pero repasemos esa
ambientación que prevaleció en las tomas de posesión.
Adolfo
López Mateos (izquierda) llegó a la Presidencia en la segunda década de
desarrollo sostenido, y habló de generar más beneficios.
Gustavo
Díaz Ordaz, el 1 de diciembre de 1964, se comprometió a generar las condiciones
para crear 400 mil puestos de trabajo al año
En 1934, Lázaro
Cárdenas tuvo al socialismo como el eje central de su discurso. En esto vale
detenernos para rectificar una desviación de la óptica histórica. Muchas veces
se ha repetido que la pugna Calles-Cárdenas tuvo su origen en las tendencias
socialistas del cardenismo. Creo que es equivocado. En primer lugar porque
Calles también las tuvo. Muchas de sus acciones tuvieron ese perfil. Sus amigos
y asociados políticos más cercanos eran líderes obreros. Y, por último, este
discurso inaugural se da en el auge del “Maximato”, cuando Calles es el líder
todopoderoso de la nación.
En realidad, la
disputa Calles-Cárdenas se da por razones personales y no por cuestiones
ideológicas. Pero fue esa disputa la que determinó que el discurso de Manuel
Ávila Camacho, en 1940, estuviera impregnado de convocatorias a la unidad
nacional.
Para 1946, la
institucionalización de la vida nacional fue el ambiente en el que se dio el
discurso de Miguel Alemán. Y, en 1952, el tema de la corrupción fue lo que
caracterizó la arenga de Adolfo Ruiz Cortines, la cual ha pasado a la historia
como una reprimenda al Presidente saliente, aunque la lectura del discurso
revela fuertes dosis de alabanza hacia Alemán.
En 1958 el país ya
había entrado a su segunda década de desarrollo sostenido y lo que se requería
eran las suficientes dosis de estabilidad para hacerlo benéfico. Ese fue el
marco en el que se dio el discurso inaugural de Adolfo López Mateos.
Para 1964 el
ambiente político mexicano era realmente plácido y no se vislumbraban temas
imperativos en la toma de posesión. Así, casi al gusto, Gustavo Díaz Ordaz tomó
a la soberanía como un tema interesante en un mundo que afrontaba la Guerra
Fría.
Pero, para 1970,
esa placidez había desaparecido. Muchos conflictos internos habían revelado al
mexicano como un gobierno represor. Había heridas que cerrar y Luis Echeverría
se aplicó con un discurso en el que la reconciliación fue nota sobresaliente.
En 1976, José López
Portillo asume el mando en medio de la primera crisis económica después de más
de veinte años de desarrollo con estabilidad. La injusticia económica es el
tema fundamental de su discurso inaugural. Pero la crisis no se resolvería
sino, antes al contrario, se agudizaría y Miguel de la Madrid llegaría a la
Presidencia, en 1982, afrontando una crisis de proporciones mayores. Eso fue su
tema central.
Llegamos a 1988.
Carlos Salinas de Gortari asume rodeado de rumores de ilegitimidad electoral.
Vicente Fox se había injertado unas “orejas de burro” y Marcos Rascón habría de
portar una “cara de cerdo”. Salinas decide que la legitimidad de la gestión
subsidiará la de la elección y esa será la ambientación discursiva.
Para 1994 el
ambiente político no podía estar más enrarecido. La rebelión en Chiapas, los
berrinches de Camacho, el magnicidio de Colosio, el asesinato de Ruiz Massieu,
la incertidumbre generalizada fueron el marco de la asunción de Ernesto
Zedillo.
Para el 2000, era
otra la incertidumbre. Por primera vez, en 70 años, habría un presidente que no
era priista. No se sabía cómo iba a funcionar el México del futuro. La
transición o la alternancia, como cada quien quiera llamarla, no fue un tema
abordado a fondo por Vicente Fox. Se dedicó a otras cosas.
Por último, en
2006, Felipe Calderón no pronunció discurso alguno en el Palacio Legislativo.
Tuvo su ceremonia particular en el Auditorio Nacional. El ambiente político
había estado cargado de dudas y de incertidumbre. Durante los cinco meses que
van de la elección, en julio, a la ceremonia inaugural, en diciembre, los
mexicanos primero no sabíamos quien había ganado y, después, no sabíamos si
asumiría el cargo.
Esos han sido los
ambientes reinantes en los diciembres mexicanos de relevo presidencial. Eso ha
sido determinante en el contenido de los respectivos discursos inaugurales.
6. El contenido del
discurso
José
López Portillo (izquierda) aprovechó el 1 de diciembre de 1976 para perdir
ayuda a los críticos, y a sus colaboradores, honradez.
Ahora veamos, con
mayor detalle, el contenido de los discursos de inauguración. De una manera
sintética repasemos los temas que más importancia merecieron de sus autores y
que sus escuchas más registraron.
Lázaro Cárdenas
abordó el tema de la economía nacional. El mundo empezaba a salir de la
pavorosa depresión del 29 y la posibilidad de consolidar un progreso futuro era
la esperanza universal. Abordó el problema de la productividad agraria como eje
rector de nuestra economía. Se refirió a la situación de los trabajadores.
Mencionó el camino hacia una educación socialista. Tocó el tema de la situación
de los militares y el posicionamiento del Ejército. Advirtió sobre los riesgos
futuros para nuestra diplomacia.
Más adelante hizo
referencia a los problemas de la justicia social y a las desigualdades del
desarrollo. Manifestó su preocupación por el desempleo. Refrendó su respeto por
el estado de Derecho. Por último, invocó la cooperación y la fe de todos los
mexicanos.
Manuel Ávila
Camacho adoptó ciertos matices místicos. Habló de la necesidad de consolidar
espiritualmente a nuestras conquistas sociales. Eran tiempos de inquietud
frente al “socialismo-cardenista”. Recién se había fundado el PAN como una
respuesta opositora a ello. Recalcó la necesidad de proteger la pequeña
propiedad agraria, la expansión de la economía y los valores espirituales.
En 1946, recién
terminada la Segunda Guerra Mundial, remitido el fascismo y restablecida la
paz, Miguel Alemán proclamó que el suyo sería un gobierno de libertades
inviolables. Que no habría superiores ni inferiores. Que se apegaría a la ley y
que sería un gobierno para todos, inspirado en el bien común. Esto del “bien
común” nos refleja que Carlos Salinas no fue el primero que le “pirateó” esa
bandera discursiva a Acción Nacional.
Prometió una
elevación del nivel de vida, mayor protección para los trabajadores y para los
consumidores. Ofreció arribar a la normalidad monetaria y al control de la
inflación. Para terminar dijo que el patrimonio moral es tan grande como el
material.
Por su parte,
Adolfo Ruiz Cortines señaló que se había consolidado nuestra vida
institucional. Que habían terminado las pugnas nacionales. Ofreció aplicarse al
equilibrio de nuestros recursos naturales. Que continuaría la reforma agraria.
Que habría guerra contra monopolistas y acaparadores. Que fortalecería la
economía nacional. Que actuaría con absoluta honradez, moral pública y
administrativa. Que ejercería su máxima energía contra los venales.
Alabó la gestión de
Miguel Alemán “por su esfuerzo creador, su entusiasmo, su vigor y su
patriotismo lo que le ganó el afecto y el respeto de los mexicanos”.
En 1958, Adolfo
López Mateos declaró la guerra a “dos enemigos: la pobreza y la ignorancia”.
Garantizó una moneda estable y “progreso parejo para todos”. Libertad con
orden. Producir más para exportar más. Recalcó la importancia de una educación
pública con planeación total. Pidió mayor aportación de la iniciativa privada.
Se refirió a un mejor aprovechamiento de los recursos naturales y a una mejor
distribución del ingreso. Alabó a Ruiz Cortines y terminó “con la Revolución
Mexicana en la conciencia y el imperativo de la ley en la voluntad”.
Gustavo Díaz Ordaz
empleó frases como “mucho me ha confiado mi pueblo y sé muy bien que mucho me
va a exigir”. Parece que adivinaba. Dijo que siempre haría un “planteamiento
sereno de los problemas”. En esto lo traicionó su temperamento. Llamó a cuidar
lo conquistado en años. Prometió 400 mil empleos cada año, condicionar la
inversión extranjera y estabilidad. Cuidar los bosques, el campo, el turismo y
la educación. “Mi voz es la de un ciudadano típico. De la propia entraña del pueblo
vengo y a ella he de regresar”.
Luis Echeverría
pronunció el más largo discurso inaugural que se haya dicho en México. Duró
hora y media, lo cual es un exceso, como ya se dijo. Habló de la excesiva
concentración del ingreso como amenaza para el desarrollo. De la injusta
distribución de beneficios. Dijo que son incompatibles las carreras de
funcionario y negociante. “Llego a la Presidencia de la República sin
resentimientos, ambiciones o intereses”. “Vayamos hacia arriba. Vayamos hacia
adelante”.
En su turno, José
López Portillo manifestó que peligraba la libertad si continuaban los
enfrentamientos. Debe usarse la razón en vez de la fuerza, dijo. Curiosamente
prometió un gobierno ajeno a la corrupción. De allí lo que digo de la
ingenuidad. Luego vino una letanía de disculpas que tuvieron, momentáneamente,
cierto efecto teatral pero que, después, se revirtieron contra el autor. “Pido
perdón a los desposeídos por no sacarlos aun de su postración”.
También hizo
convocatorias-solicitudes disparadas hacia todos lados. “A los empresarios les
pido usar la función social de la empresa. A los intelectuales, no sacrificar
su talento al prestigio de la soberbia (sic), a los que critican les pido que
nos ayuden, a los campesinos y obreros les pido nobleza y dignidad, a mis
colaboradores les pido honradez, a los soldados les pido hombría y lealtad, a
los desnacionalizados les pido que se vayan y no nos estorben”.
Mencionó que
heredaba (sic) un país en crisis, que reestructuraría la banca nacional y mixta
(terminaría expropiándola) y que “con el todos y el yo integráramos un
nosotros”.
Así llegamos a
Miguel de la Madrid. Algunas de sus frases fueron “con sacrificios, pero
evitaré que el país se deshaga”. “Se gobierna o se hacen negocios”, en clara
alusión a la corrupción precedente. “La banca nacionalizada no será botín
político”. “Respetaré y haré respetar la ley”. “No hay derecho contra el
Derecho”. Esbozó un plan de diez puntos para la recuperación económica.
Carlos Salinas de
Gortari asume en medio de acusaciones de usurpación. Quizá, por eso, se
compromete a impulsar una reforma electoral democrática. Señala que la capital
mexicana está en crisis de seguridad (ya desde entonces) y que los capitalinos
ya están hartos de promesas. Delínea un programa de tres acuerdos nacionales:
ampliación de la vida democrática, recuperación económica con estabilidad y
mejoramiento productivo con bienestar social.
Ernesto Zedillo
habría de señalar que “la pobreza es el lastre más doloroso de nuestra
historia”. Anticipa una profunda reforma al sistema de justicia. “México debe
ser un país de leyes”. Ofrece concordia y desarrollo para el Sureste. Dice que
le indigna la inseguridad y la violencia. Jura honrar el ejemplo de Luis
Donaldo Colosio. “El gabinete no es lugar para amasar riquezas”.
De Vicente Fox ya
se ha dicho mucho sobre sus discursos. En el inaugural quedaron para el
registro de la memoria primero el dirigirse a sus hijos y no a la
representación nacional. Segundo, tomar chunga con Juárez. Dijo que “demolería
todo vestigio de autoritarismo” y que “compartiría el poder” (sic). “Soy
depositario del Ejecutivo no su propietario”. Dijo que gobernaría con Dios y la
Guadalupana. “No habrá borrón y cuenta nueva para los grandes corruptos”. Sin
embargo, refrendó la permanencia de la educación laica y gratuita, así como la
propiedad estatal de Pemex y la CFE.
Por último, Felipe
Calderón dijo un discurso en el que, básicamente, llamó de nuevo a la
concordia.
Como podrá advertir
el amable lector, no hay mucha tela de donde cortar.
Tercera y última parte
7. Los coautores
del discurso
Miguel
de la Madrid Hurtado, en su alocución el 1 de diciembre de 1982. El entonces
Presidente contó con la ayuda en sus discursos de Jesús Reyes Heroles, Miguel
González Avelar y Sergio García Ramírez
Ahora, ya casi para
terminar, platiquemos un poco sobre la autoría. ¿Quiénes han sido los
verdaderos autores de los discursos presidenciales? Porque, en todo el mundo,
los altos gobernantes no siempre escriben lo que leen ante el público. Y esto
no tiene que ver con que sepan hacerlo o no. Pueden ser muy buenos literatos y
oradores. Pero no siempre tienen el tiempo para escribir sus propias piezas.
Hay Presidentes que tan solo dictan las grandes líneas o confeccionan las
frases titulares. Otros, desde luego, ni siquiera eso.
También sucede que
el discurso pueda estar dirigido a un público especializado y el autor tenga
que ser un conocedor de la materia a tratar. Por ejemplo, hablar ante el gremio
de físicos nucleares o ante la comunidad indígena de los rarámuri. Se requiere
ayuda para no desbarrar.
Por eso, en
ocasiones, hay coautores anónimos que son los que escriben para el gran-jefe.
Compartiré los que yo supongo que participaron como tales al lado de cada
Presidente mexicano. Subrayo que hubo algunos que lo hicieron con muchos
presidentes. Jaime Torres Bodet y Jesús Reyes Heroles fueron consejeros
políticos y asesores de discursos de cuatro presidentes, cada uno.
Pues bien, supongo
que Lázaro Cárdenas se auxilió de las plumas de Narciso Bassols y de Ignacio
García Téllez. El primero, mexiquense, sería secretario de Hacienda y el
segundo, guanajuatense, sería Procurador de la República.
Manuel Ávila
Camacho fue el primer Presidente que se apoyó en Jaime Torres Bodet, futuro
secretario de Educación Pública de su gobierno. Pero, además, creo que contó
con Ezequiel Padilla, guerrerense y futuro canciller, así como con José Aguilar
y Maya, abogado de Guanajuato y procurador de la República.
Miguel Alemán
siguió valiéndose de Torres Bodet, ya para entonces canciller. Pero creo que
también escuchaba, en materia de discursos, al campechano Héctor Pérez
Martínez, a quien designó como secretario de Gobernación, y al chiapaneco
Andrés Serra Rojas, quien fungiría como secretario del Trabajo.
Adolfo Ruiz
Cortines fue el tercer Presidente que se benefició de Torres Bodet. Pero,
además, tenía cerca a un joven y destacado orador: Adolfo López Mateos,
secretario del Trabajo y su sucesor presidencial. Además, su secretario de
Hacienda, Antonio Carrillo Flores, era un político e intelectual muy destacado
para estas cuestiones.
A su vez, Adolfo
López Mateos era un magnífico orador que confeccionaba sus propios discursos.
Pero fue el cuarto y último Presidente que contó con Jaime Torres Bodet,
secretario de Educación Pública, así como de otro notable orador, el secretario
de Gobernación, Gustavo Díaz Ordaz.
Al igual que López
Mateos, Gustavo Díaz Ordaz tenía la capacidad suficiente para servirse a sí
mismo. Pero, además, fue el primero en servirse de Jesús Reyes Heroles y puede
ser que, también, de Antonio Carrillo Flores.
Llega Luis
Echeverría y prosigue Reyes Heroles. Pero, además, se agregan las plumas
extraordinarias de Mario Moya Palencia, de Porfirio Muñoz Ledo y de Enrique
Herrera.
Con José López
Portillo continúa Reyes Heroles. Pero creo que también colaboran en los
discursos el propio López Portillo, buen orador, así como Alejandro Carrillo
Castro.
Miguel de la Madrid
sería el último en beneficiarse de Reyes Heroles, quien falleció a medio
sexenio. Pero creo que el Presidente contó con el nuevo secretario de Educación
Pública, Miguel González Avelar, y con Sergio García Ramírez, procurador de la
República.
Carlos Salinas de
Gortari tuvo muchas plumas a su servicio. Pero destaco a Patricio Chirinos
Calero, José Carreño Carlón, Otto Granados Roldán, Juan Rebolledo Gout y, en
ocasiones especiales, a José Francisco Ruiz Massieu.
De Ernesto Zedillo
supongo muy pocos datos. Pero algo me dice que siguió utilizando los servicios
de Juan Rebolledo y, quizá, de Luis Téllez Kuenzler.
El discurso
inaugural de Vicente Fox creo que estuvo dictado por Adolfo Aguilar Zinser,
Carlos Abascal Carranza y Jorge Castañeda Gutman.
Por último, he
escuchado que Salvador Abascal, desde la Fundación Preciado Hernández, tuvo
mucho que ver en el discurso inaugural de Felipe Calderón.
En fin, estas
coautorías son meras suposiciones. Desde luego, bien fundamentadas, pero no
comprobadas. Podría decir, porque me lo contaron los protagonistas, aunque no
atestiguar, porque no me consta si lo que me contaron fue verdad, que Enrique
Herrera inventó el “arriba y adelante” y que Alejandro Carrillo inventó “la
solución somos todos”. Sin lugar a dudas, las frases fueron muy exitosas. Hay
quien dice que fueron lo mejor o lo único bueno del sexenio. Juan Rebolledo es
muy discreto y no me confirma, pero tampoco me niega, las horas que destinaba,
además de su trabajo oficial, a escribir los discursos de Carlos Salinas.
Adolfo
López Mateos escribía sus propios discursos, aunque algunas veces recurrió a
Jaime Torres Bodet y Gustavo Díaz Ordaz.
8. El discurso
imaginario
Nunca me han
encargado ningún discurso presidencial inaugural. Pero, en ocasiones, he
pensado cómo creo que debería ser. Breve, de sólo siete a 12 minutos. Conciso,
sólo referido al carácter que se le imprimirá a la Presidencia de la República,
no a todo el gobierno. Realista, y sólo comprometerse por uno mismo y no por
miles de burócratas que no se pueden avalar. Con eso se logra un discurso
sincero, sensato y apreciable.
Allá, en mis años
juveniles, me resultaba importante la elaboración profesional de discursos. Mi
clientela estaba compuesta por varios políticos importantes de ese tiempo. La
tarea era muy bien pagada, para bien de mi sufrido presupuesto juvenil y,
además, me resultaba muy divertida.
En cierta ocasión
me encontraba con un cliente en su imponente oficina, revisando la pieza que me
había encargado. Le gustó mucho. Su agrado me satisfizo porque ese cliente era
un magnífico orador político. Mi trabajo se debía a su falta de tiempo, no a su
incapacidad tribunicia.
Cuando terminamos
la revisión y, después de que lo leyéramos en voz alta, primero yo y él
después, allí mismo en su oficina me invitó un whisky y nos pusimos a platicar.
Me preguntó mi manera personal para hacer un buen discurso. Le contesté que no
sabía cuál sería la mejor, pero le referí la que más me acomodaba. Primero,
poner en el papel todo lo que los demás quieren escuchar sobre el tema de la
ocasión. Segundo, agregarle todo lo que uno debe decir en ese momento. Por
último, se puede añadir todo lo que uno quiere decir. Ésos son los
ingredientes. Ahora, vamos a las dosis.
Para ello,
parafraseando a Miguel Ángel, debemos borrar todo lo que sobra. Lo primero es
quitar todo aquello que está de más porque no lo quieren oír ni de nosotros ni
de nadie. Todo aquello que nos muestre mentirosos, cínicos, irresponsables,
inconscientes, miedosos, interesados, abusivos, egoístas, débiles o menores.
En segundo lugar,
eliminar lo que no debemos decir ni allí o, quizá, nunca. Lo que lastima
innecesariamente. Lo que revela lo guardado secretamente. Lo que se anticipa
indebidamente. Lo que asusta imprudentemente. Lo que se predice tontamente.
Y, por último, en
tercer lugar, utilizar la autocrítica más franca sobre nuestros gustos y deseos
discursivos. Con ella, eliminar nuestras frases huecas, tontas o inútiles.
Si después de esto
queda algo, ése es el discurso. Ya tenemos algo que, seguramente, será bueno y
apreciado. Si no queda nada que quieran escuchar y nada de lo que debemos
decir, olvidémonos de lo que queremos decir y preparémonos para guardar
silencio.
En fin, el día
presidencial inaugural tiene discurso. Tan cómodo que sería sin ello. El nuevo
Presidente no sufriría en decirlo ni los asistentes en escucharlo. Pero nunca
hay dicha completa. Si eres Presidente tienes que ponerte a hablar, y si eres
invitado tienes que escuchar. Total, pasa pronto y pronto se olvida.
En
la redacción de sus discursos, Carlos Salinas de Gortari tuvo el auxilio de
varios personajes, como Patricio Chirinos, José Carreño Carlón, Otto Granados y
José Francisco Ruiz Massieu
En
su discurso del 1 de diciembre de 1994, Ernesto Zedillo Ponce de León recordó a
Luis Donaldo Colosio.
Fotos
ArchivoExcélsior
*Abogado y
político.
Presidente de la
Academia Nacional, AC.
w989298@prodigy.net.mx
Twitter: @jeromeroapis
2012-11-24 11:00:00