domingo, 26 de octubre de 2014

Lobbying en América Latina: Una introducción teórica*.

Sumario.
1.    Introducción.
2.    Lobbying en teoría.
2. Definiciones de lobbying.
2. Cambios en el lobbying.
3.    Variables teóricas.
4.    Conclusión.

1.    Introducción.
El lobbying es un fenómeno que si bien no es exclusivo de ningún sistema político ni país en particular, comúnmente se lo relaciona con el presidencialismo estadounidense y el parlamentarismo inglés. En el primero es donde se desarrolló con mayor envergadura y en el segundo donde embrionariamente se instituyó y propagó el hábito de peticionar frente a las autoridades. En presidencialismos latinoamericanos como pueden ser los casos de México, Chile, Colombia, Perú, Brasil, Uruguay  y Argentina, por mencionar algunos, éste no es un asunto nuevo, porque la gestión de intereses es tan vieja como la misma política y se ajusta a la naturaleza de cualquier régimen y sistema. Pero los procesos de transición hacia la democracia que se han estado llevando a cabo por los últimos veinticinco o treinta años en estos países y en la región, permiten hablar de un reimpulso del lobbying, más allegado que otrora a los arquetipos de Estados Unidos e Inglaterra.  
Con el fin de hacer una contribución académica sobre un tema relativamente poco tratado en idioma castellano y para los casos de los países de América Latina, este artículo pretende ser una minuciosa introducción teórica sobre el lobbying. Es decir, en aras de definir puntual y comedidamente un fenómeno político complejo y, muchas veces, inexactamente conceptualizado por algunos académicos, columnistas y periodistas de habla castellana, este artículo es una investigación teórica recuperada del estudio y análisis de diversas fuentes bibliográficas especializadas de esta materia. Asimismo, este trabajo es la base teórica para posteriores estudios de caso comparativos o estudios de caso aplicados o particulares, como por ejemplo trabajos ya puestos en marcha por este autor en relación a la comparación entre el lobbying en México y Argentina, así como del lobbying o cabildeo y la participación ciudadana para el caso local del municipio de Puebla, México.
Así, muchas cuestiones surgen a raíz del tema de estudio de esta investigación. ¿Qué es, exactamente, el lobbying? ¿Es lo mismo que el cabildeo o son fenómenos distintos? ¿Es solamente una práctica de grupos empresariales o también los grupos sociales hacen lobbying? ¿Cómo se justifica en la democracia un fenómeno que, comúnmente, se destaca públicamente por actos de corrupción o soslayada e inequitativa presión sectorial? ¿Qué implicancias tiene el lobbying y cómo se relaciona con la transición hacia la democracia en América Latina?
 Entre estas y otras cuestiones, la hipótesis que se plantea en este trabajo es que el lobbying es un fenómeno intrínsecamente relacionado a la democracia, aunque no exclusivo, porque se basa en la agregación de un cúmulo diverso de demandas desde la sociedad hacia el sistema político, y comprende aspectos positivos y negativos para la calidad del mismo. De esta forma, una hipótesis secundaria de este trabajo indica que el lobbying se manifiesta cuando, por parte de diferentes sectores, grupos o individuos de la sociedad se hace un ejercicio intenso del derecho de petición en relación a intereses sectoriales; por el contrario –aunque con matices–, el lobbying no acontece cuando los representantes o funcionarios públicos de los distintos poderes del Estado negocian sus intereses públicos y políticos entre sí.
Asimismo, se estipula que el lobbying no solamente ocurre cuando grupos de interés empresariales abogan por sus intereses, sino también cuando grupos de la sociedad civil hacen lo propio, lo cual muchas veces es desatinadamente separado, ignorado o pasado. En concreto, este trabajo busca demostrar qué es y qué no es el lobbying, así como definir su amplitud, magnitud e implicancias, para, posteriormente, tener sustento teórico propio para aplicarlo en estudios de caso.
Para esto, en el segundo apartado del artículo se hará un estudio teórico sobre el lobbying, destacando sus orígenes, diferentes conceptos y distintas variables que lo componen, así como los cambios que ha sufrido con el tiempo. En el tercer apartado del artículo se analizarán las variables e implicancias del fenómeno, para demostrar que si bien la definición del lobbying y las variables que lo componen se amplificaron, éste sigue siendo básicamente un ejercicio del derecho de petición, es decir, de la participación que tiene la sociedad y los ciudadanos en la política y en la gestión de sus intereses particulares de cara a lo público. Por último se esbozarán algunas conclusiones, mismas que servirán de picaporte para dar paso a futuros estudios de caso en donde se ligue más a detalle al lobbying con la transición hacia la democracia de los países de América Latina.

2.    Lobbying en teoría.
Aunque el lobbying es un fenómeno tan antiguo como el mismo hecho de formular peticiones frente a las autoridades, no es fácil de entender teóricamente y, muchas veces, se presta a confusiones. A grandes rasgos, las diferentes definiciones de este fenómeno coinciden en que es una actividad política encaminada a influir en las decisiones de las autoridades públicas (Mascot, 2006: 6) y que se trata, nada más y nada menos, de “un especial e intenso ejercicio del derecho de petición” (Dexter, 1969: 11). No obstante esta coincidencia básica, existen divergencias entre definiciones y teorías a punto tal que, en ocasiones, parecería haber una confusión en torno a qué es exactamente el lobbying y cuáles son sus alcances, variables, riesgos y dilemas, entre otras cuestiones teóricas y prácticas. Por lo tanto, es importante definirlo en términos politológicos para saber con precisión qué es lo que se quiere observar, indagar y analizar.
Para comenzar un tratamiento académico propio del tema y definirlo en consecuencia, debemos destacar que en los países de habla castellana comúnmente se emplea el término “cabildeo” para referirse al lobbying. Esta es una interpretación o traducción sugestiva, ya que el diccionario de la Real Academia Española define que: “cabildear significa ‘gestionar con actividad y maña para ganar voluntades en un cuerpo colegiado o corporación’” (Piñeiro, 2001: 18). Sin embargo, es plausible argumentar que el uso de la palabra cabildeo se presta a confusiones y delimita erróneamente al lobbying, además de que lo presupone peyorativamente al estar ligado al calificativo “maña”, el cual si bien es sinónimo de “destreza” o “habilidad”, comúnmente se lo entiende como una acción tramposa o dolosa (Astié-Burgos, 2011: 12). Además, al referirse sólo a actividades relacionadas al ámbito municipal –por ligarse a la institución del Cabildo–, el término castellanizado de lobbying acota el espectro de la materia (Lerdo de Tejada y Godina, 2001: 16).
Por otro lado y como se verá, en ocasiones se malentiende lo que hace un funcionario de gobierno, un gobernador o presidente municipal frente a los legisladores y se lo cataloga, erróneamente, como “cabildeo”. Por lo mismo, aunque no se descarta el uso de esta palabra, ya que en México y otros países ha sido bastante difundida –no así en Argentina  y otros, donde se lo llama más comúnmente lobby–, en este trabajo se usará el término lobbying, además porque en el idioma castellano existen palabras tomadas de otros idiomas que no son traducidas, sino asimiladas: lobbying es una de ellas, y el término “hacer lobby” es ampliamente entendido (Rodríguez, 2006: 28). De ahí los conceptos: lobbying –la actividad, proceso o profesión en sí–, lobbyista –el profesional o agente– y lobby –la firma responsable o grupo de interés– (Piñeiro, 2000: 22). Sin embargo, en el fondo hablar de lobbying y de cabildeo es referirse al mismo tema, más allá de consideraciones formuladas a razón de aspectos teóricos válidos como los expuestos y escogidos para este trabajo.  
Aclarado lo anterior, el fenómeno del lobbying es tal vez tan viejo como el ejercicio de la petición frente a las autoridades. Se asienta que desde el año 1215, época en que fue sancionada la Carta de Foresta o Carta Magna por el rey Juan I de Gran Bretaña, en Inglaterra, se hizo usanza que alrededor de los corredores de la corte o del parlamento hubieran personas con títulos nobiliarios demandando por un interés particular frente a los detentadores del poder monárquico (Eastman, 1977: 3). Para finales del siglo XVIII la práctica de formular demandas ya se había extendido a las trece colonias inglesas en América del Norte, haciéndose patente cuando los colonos de esos territorios apelaron contra una resolución de la corona inglesa sobre el cobro de impuestos sobre el té. Con el argumento de que si eran partícipes de la economía de las colonias a través del pago de impuestos, también lo eran de las decisiones políticas como el cobro de impuestos –es el caso de the Resolution of the Stamp Act de 1765, la cual abrazó la frase no taxation without representation (no impuestos sin representación), el acto de peticionar ante las autoridades comenzó a tomar cauce y legitimidad en lo que tiempo después sería Estados Unidos (Eastman 1977: 4). De igual forma, en las colonias de España en América sucedió algo parecido, en tanto entre los siglos XVI y XIX los peninsulares y criollos comerciantes, eclesiásticos, militares, entre otros habitantes encumbrados de la sociedad, pululaban por los ayuntamientos de los virreinatos para gestionar sus intereses particulares ligados a permisos de construcción de viviendas, hospitales, conventos y escuelas, así como solicitudes de tierras, entre otras cuestiones (Astié-Burgos, 2011: 11).
Un punto a destacar aquí es que el lobbying, desde sus orígenes, se emparenta con el derecho de petición, la formulación y la gestión de distintas demandas sectoriales o particulares que individuos o grupos realizan frente al Estado, lo cual, hasta cierto punto, puede entenderse como la equiparación teórica de estos términos (Logan, 1929: 2). De igual forma, y como se verá más adelante, mientras el lobbying se relaciona con el derecho y las acciones que realizan ciudadanos y grupos para gestionar intereses, peticionar y apelar sobre asuntos concretos frente al Estado, también se relaciona con las acciones de presionar, corromper, chantajear y extorsionar a las autoridades y representantes públicos. Aunque la posibilidad de que el lobbying asista a la corrupción es factible, ya que son muchos los casos en donde esto se ha dado, vale precisar que el mismo fenómeno puede entenderse con una acepción positiva y una negativa. Es decir, el lobbying puede concebirse como una acción positiva de persuasión o como una tarea de presión ligada a la corrupción, lo cual cambia el universo del tema y cómo se piensa el mismo. Inclusive, asumiendo la segunda acepción y pensando al lobbying como una actividad turbia ligada a la presión de las grandes corporaciones que conlleva a la corrupción, como argumenta Alonso Piñeiro basándose en un fallo de la justicia argentina sobre un caso de tráfico de influencias y corrupción, “el fenómeno de la presión política no es malo o ilícito en sí mismo, siempre que no lo sea el fin perseguido y los métodos usados” (Piñeiro, 2000: 26-27).       
Retomando la historia del fenómeno, en 1787, en la publicación The Federalist 10 (El Federalista 10), James Madison notó que la ineludible existencia de diferentes grupos, intereses o facciones en el seno de una república democrática y plural, hace necesario que el derecho de petición sea posible para todas las partes más allá del tamaño de las mismas, ya que violar la libertad individual de expresión para aplacar el comportamiento faccioso de algunos, como puede ser el de una minoría muy poderosa frente a una mayoría débil o viceversa, sería inadmisible para las libertades y la pluralidad de una república democrática (Eastman, 1977: 2; ). Madison estableció, pues, la noción de que estos intereses, grupos o facciones son inevitables en la vida democrática de un Estado plural, aunque los mismos pueden ser nocivos, dependiendo el caso, para el interés y bien general de una población. Así, desde tiempos lejanos, el hecho y derecho de petición ha sido reconocido y ejercitado por aquellos interesados en un tema particular en que interviene el gobierno, tal como ha sido ejemplificado en la primera enmienda de la constitución estadounidense y trasladado a muchas de las constituciones republicanas del resto del continente americano (Piñeiro, 2000: 54).
Hacia el año 1832, el término lobbyistas fue adjudicado en la prensa estadounidense para referirse peyorativamente a aquellos cuya tarea, básicamente, era esperar a los legisladores en la antesala –o lobby– del Congreso para peticionar en pro de intereses especiales y organizados (McGuiness, 1987: 2; Dexter, 1969: 5). Con el crecimiento y diversificación de los grupos de interés en la capital estadounidense, en particular inmediatamente después de acabada la Guerra de Secesión, cada vez fue más notoria la presencia de aquellos encargados de, alguna manera, gestionar los propósitos de distintos sectores económicos frente al gobierno federal. De esta manera, el concepto se arraigó en la segunda mitad del siglo XIX, en relación a la rutina del entonces presidente estadounidense Ulysses Grant (1869-1877), quien pasaba buen tiempo en el lobby del hotel Willard y era abordado por diferentes representantes de algún interés particular (Anastisiadis, 2006: 6), los “malditos lobbyistas”, como él los llamaba peyorativamente.
Derivado de lo anterior, la definición ya expuesta de Dexter –que el lobbying es “un especial e intenso ejercicio del derecho de petición” (1969: 11)– es una descripción que, aunque laxa y demasiado amplia del fenómeno, sirve para establecer un primer parámetro que identifique cuándo existe una acción de lobbying o cabildeo. Es decir, que cuando un ciudadano o, por el caso, un grupo de ciudadanos se manifiestan frente al gobierno para mediar en pos de un interés sectorial o particular, mismo que implica gestionar sus intereses de cara a las autoridades del Estado, lo que están haciendo es lobbying. Esto demuestra, en primera instancia, que el lobbying se refiere a las acciones que los gobernados hacen frente a los gobernantes y no las acciones que los gobernantes hacen entre sí para persuadir a los demás de ciertas posturas en la designación de bienes públicos –aunque no se descarta la contratación de firmas de lobby por parte de los distintos órdenes de gobierno y los partidos políticos para, indirectamente, persuadir a los diputados y senadores en un asunto determinado–, como lo sugiere Salazar Vargas (2010). Por lo anterior, para poder tener una mejor perspectiva e idea teórica del tema es propicio profundizar en la conceptualización del lobbying.     

2.1  Definiciones de lobbying.
Tomando al caso estadounidense como arquetipo del lobbying, porque es el originario en una democracia, el más desarrollado, estudiado y referencial del tema, se puede argumentar que el término lobbying se refiere a “un proceso por medio del cual los representantes de los grupos de interés, actuando como intermediarios, llevan a conocimiento de los legisladores o de los funcionarios de gobierno, los deseos de esos grupos” (Piñeiro, 2000: 19). Aunque esta definición tomada de Giancarlo Pasquino es interesante, porque además de ser concisa denota que este fenómeno es un proceso y no meramente una actividad, deja espacios para ambigüedades.
Como argumenta Anthony J. Nowness (2006), para definir al lobbying con precisión se tiene que abundar sobre la noción de que es un proceso constante, comprendiente de una variedad de técnicas y prácticas de persuasión realizadas por una diversa amalgama de organizaciones interesadas en los distintos asuntos del gobierno, además de que es llevado a cabo tanto en los tres órdenes de gobierno –Federal, Estatal y Municipal– como en sus tres ramas –Ejecutiva, Legislativa y Judicial– (11). Aunque Nowness no revela que el lobbying también se desarrolla en ciertos ámbitos de las relaciones internacionales (Beltramino y Goñi, 2001: 7), su concepto del fenómeno parece más completa que la tomada por Piñeiro. Por otro lado, al decir que el lobbying es practicado por una amalgama de organizaciones, lo que queda descubierto es que este se trata de una expresión propia de la sociedad, la cual no excluye a los grupos empresariales que tratan temas económicos de los grupos u organizaciones no gubernamentales de la sociedad civil que se ocupan de variados asuntos sociales.
Como se puede observar, al tratarse de un objeto de estudio complejo y que muchas veces es malentendido, es conveniente tomar distintas definiciones que, además de rescatar lo argumentado por autores destacados en la materia, sean lo suficientemente flexibles para alcanzar a cubrir la totalidad de las variables que componen al proceso y las implicancias del lobbying. A continuación, se presentan tres definiciones teóricas precisas y abarcadoras del fenómeno.  
            Según Luigi Graziano (2001: 80), el lobbying se refiere a dos cosas:

Representación de los grupos de interés basada en información cuidadosamente investigada, usualmente seguida por negociaciones con distintos representantes del gobierno [y] movilización del público y la opinión pública. Resumiendo, el lobbying es una colección de actividades encaminadas a la presión

El ya citado Anthony Nowness (2006: 12) argumenta que, en definitiva:

El lobbying no es una actividad aislada y única, como pueden ser asistir a audiencias legislativas, sesiones del congreso o de comisiones legislativas, o acudir a una reunión con un legislador o funcionario público. Más bien, es un “proceso que comprende esas y otras actividades. Entonces, cuando defino al lobbying como ‘un esfuerzo para incidir en lo que hace el gobierno’, necesariamente la palabra “esfuerzo” comprende a una variedad de actividades de lobbying que están interrelacionadas entre sí.

Por último, en una suerte de definición más amplia y detallada, Stephanos Anastasiadis (2006: 11) argumenta que:

El lobbying busca afectar las políticas públicas y legislaciones proveyendo a los hacedores de políticas información específica sobre preferencias o posiciones políticas de los distintos grupos de interés. Puede implicar trasmitir información sobre los costos y beneficios de diferentes decisiones en distintos temas o, más ampliamente: intentar sentar las bases para influir de determinada manera en los debates y así canalizar las discusiones políticas favorablemente para éstos últimos […] El bien proveído es información. El objetivo del lobbying es, por lo tanto, influenciar al legislador o funcionario público con capacidad de decisión. Para ello, el lobbying incluye una gama de tácticas, tanto directas como indirectas: reportar resultados de investigaciones y encuestas; organizar grupos de investigación en diversos proyectos; asistir como expertos en diferentes audiencias informativas de los distintos cuerpos del gobierno, y; suministrar reportes técnicos e investigaciones a los tomadores de decisiones. En adición a los votos necesarios para conseguir el fin político trazado, una meta principal del lobbying también es desarrollar una fuerte reputación, de manera tal que los políticos sean capaces de confiar en la información provista y, en consecuencia, acudir a los lobbyistas para conseguir información cuando se encuentran desarrollando o discutiendo un asunto político.

Tal como lo indican los conceptos expuestos, el lobbying es un proceso de agregación de demandas hacia el sistema político basado en el intercambio sistemático de información, datos técnicos, opiniones y argumentos políticos o jurídicos referentes a temas concretos compartidos entre los representantes de los grupos de interés, es decir, entre los lobbyistas o ciudadanos que gestionan sus intereses colectivos o individuales con aquellos que toman decisiones en los poderes del Estado, como pueden ser el propio presidente, los legisladores, los secretarios de Estado, los funcionarios o servidores públicos y los jueces, además de los asistentes de los mismos, entre otros actores vinculantes. Justamente, cuando se lo analiza, así como cuando se busca regularlo legalmente, se tiene que distinguir entre la presencia de actores pasivos, encarnados en los representantes y servidores públicos, así como sus asesores, y la presencia de actores activos, es decir, ciudadanos, lobbyistas y los distintos representantes de los diversos grupos de interés de la sociedad. Así, en el esquema conductista del sistema político democrático de David Easton (1956), el lobbying es una manera de gestionar o hacer ingresar las demandas, peticiones o inputs de los distintos sectores medios, grupos e individuos de la sociedad hacia la caja negra[2] (black box) del sistema político, hacer que éstos interactúen con los distintos actores políticos y demás demandas e intereses para generar retroalimentación o feedbacks  con la expectativa de que las autoridades den respuestas –outputs– favorables a sus objetivos.
Otro punto a resaltar es que, en la primera definición citada, Luigi Graziano señala que el lobbying es una “colección de actividades encaminadas a la presión” (2001: 80). El concepto expuesto reconoce que esta es una actividad política que puede servir para la presión, lo cual es diferente a la persuasión. Como se verá más adelante en este artículo, este entendimiento del lobbying se relaciona con la conceptualización que se tenga de los grupos de interés, ya que éstos pueden ser entendidos como grupos de presión y generar una acepción negativa del propio fenómeno. Asimismo, la idea del lobbying como una acción encaminada a la presión, la extorsión y el chantaje si bien en cierto grado es sostenida por la teoría neoclásica de Marcur Olson, no necesariamente es compartida por otras teorías de la democracia que tratan esta materia de una manera  más positiva (Galaviz, 2006: 24). Para este punto, también, vale lo argumentado anteriormente sobre la finalidad última de lo que se persigue y cómo se lo busca.     
Por otro lado, como se mencionó en las definiciones expuestas, el lobbying se apoya por sobre todo y, cada vez más, en el intercambio de información técnica en asuntos legislativos, de gestión y de políticas públicas. Este ir y venir de información está motivado, por un lado, por el interés de los grupos que pretenden influir a su favor en alguna decisión pública y, por el otro, por la necesidad de instrumentos que constriñe al gobierno y sus poderes para resolver los diversos asuntos públicos que encara. El acceso y la información son, por lo tanto, variables claves. El acceso es fundamental, porque sin él no hay forma de llegar a conseguir los propósitos de aquellos para los que el lobbying se lleva a cabo, mucho menos de intercambiar datos u opiniones tendientes a favorecer una postura sectorial. Pero la información y datos técnicos juegan un papel crucial, porque para los políticos son un bien fundamental e indispensable para su trabajo, y para conseguirlo abren canales formales e informales de acceso a la toma de decisiones. De esta manera, para el lobbying la información viene a ser algo así como un “bien transaccional de acceso”, dado que es el principal recurso para determinado grupo de interés –representado por un agente de alguna firma o no– de tener la posibilidad de acceder a las instancias decisorias y ejercer cierto grado de persuasión o influencia en la toma de decisiones públicas (Bouwen, 2001: 370). Es decir, sin información no hay forma de acceder a las instancias decisivas de los asuntos públicos, por lo que la información es un medio para lograr acceder a estas y un componente fundamental en las prácticas exitosas de lobbying.  
Es posible argumentar, en este sentido, que el lobbying versa cada vez más, “[sobre] la búsqueda de canales alternativos para conseguir información antes que influencia, ya que sin ésta no se podría actuar consecuentemente en la política y, por lo tanto, que los grupos de interés logren sobrevivir” (Petracca, 1992: 16). Si bien el manejo de la información está sujeta a distintas prácticas, tipos de estrategias y tácticas de persuasión o presión, como puede ser divulgar simultáneamente datos falsos y verdaderos para crear determinado contexto de incertidumbre y aprovecharse de él (Lyon y Maxwell, 2004: 564), es la calidad, la reputación de la fuente, la relevancia técnica de la información proporcionada, más la necesidad de investigación ante un tema complejo, lo que determina el grado de acceso del lobbying, o más bien la injerencia del lobbyista, en la toma de decisiones del gobierno o del parlamento (Anastasiadis, 2006: 12; Dexter, 1969: 7). Es decir, está claro que el lobbying se refiere a un proceso complejo con miras a conseguir beneficios sectoriales de las decisiones públicas que toma el gobierno y sus poderes, lo cual comprende varias etapas, estrategias, tácticas y una organizada presencia de los grupos de interés en los interiores del poder público (Graziano, 2001: 14).
Lo anterior supone, por lo menos, cuatro puntos. Primero, que el principal bien manejado por el lobbying es información específica y relevante en aspectos técnicos y políticos de los temas que componen la agenda de aquellos que toman las decisiones de los poderes del Estado –y que la información puede ser verídica o sesgada y que el tomador de decisiones la puede tomar o desechar –. Segundo, que existe una multiplicidad de intereses como actores constantemente intercambiando información y argumentos entre sí y con los responsables de los poderes públicos, por lo que las peticiones e intereses de un cúmulo importante de distintos grupos están siendo atendidos en un sentido democrático. Tercero, que los representantes y funcionarios públicos necesariamente abren canales institucionales de comunicación para conocer la información que los lobbyistas llevan consigo, puesto que la complejidad, cantidad y variedad de los temas tratados por el gobierno vuelve necesario el apoyo informativo y técnico proporcionado por el lobbying. Y cuarto, a mayor cantidad de canales de acceso a la toma de decisiones que se abran por los poderes del Estado, así como a mayor efectividad en el contrapeso que el Poder legislativo ejerce sobre el ejecutivo, mayor cantidad de lobbying y pluralidad en la democracia. Cabe aclarar que este entendimiento está basado en el lobbying directo o tradicional que, como se verá más adelante, es distinto y complementario al lobbying indirecto o moderno.
En resumen, todas las acciones y decisiones que el gobierno toma, ya sea el Poder Legislativo, Ejecutivo o Judicial –aunque éste en menor grado–, federal, estatal o municipal, son sujetas a actividades de lobbying de diferentes grupos, individuos y sectores económicos, políticos y sociales que buscan acceso e influencia en las disposiciones gubernamentales (Nownes, 2006: 16). También, el lobbying se lleva a cabo en las relaciones internacionales y en diferentes ámbitos de la política internacional, toda vez que empresas y corporaciones transnacionales lo practican en Washington, Bruselas, las sedes de la Organización de las Naciones Unidas (ONU), Organización de Estados Americanos (OEA) y Foro Económico Mundial (FEM),  entre otras arenas de la política internacional y las relaciones internacionales (Beltramino y Goñi, 2001). Es decir, también en los pasillos de la política internacional existen intereses particulares tratando de hacer prevalecer sus asuntos en arenas internacionales y en las resoluciones de las negociaciones entre los representantes de los Estados.
En ese orden de ideas, se puede concluir que el lobbying no es exclusivo de los intereses empresariales o corporativos, sino que es extensivo a intereses sociales o civiles; del mismo modo, queda claro que el lobbying es un asunto que proviene de la relación que mantiene la sociedad de cara al Estado; es decir, cuando determinado orden de gobierno gestiona sus intereses ante la cámara de diputados –y por añudadura los partidos políticos–, no se está ante una operación o práctica de lobbying, aunque este asunto tiene sus matices porque agencias de gobierno pueden contratar firmas de lobby para que los asista en determinados temas (Mascot, 2006: 8). Así, se puede argumentar que en el sistema político esquematizado por Easton, el lobbying es practicado por actores activos, es decir, los grupos de interés y los individuos de la sociedad, ya sea por medio de lobbyistas profesionales o no, para ser recibido por actores pasivos, los representantes y funcionarios públicos del gobierno. Así, en tanto que el lobbying conlleva impactos positivos y negativos para un sistema político democrático, es un hecho que está presente en el día a día del mismo, de manera directa e indirecta.

2.2  Los cambios del lobbying.
Para entender y seguir la discusión teórica en torno al lobbying, es menester desglosar los cambios que se han sucedido durante el tiempo y los contextos. De esta forma, es importante destacar que la práctica del lobbying se puede dividir en dos: el lobbying directo o tradicional, que fue definido en el inciso anterior de este trabajo, y el lobbying indirecto, moderno o de base –grassroots, en inglés–. Resumiendo, en este inciso se describirán los distintos cambios o adiciones en el lobbying y sus prácticas.
Con la creciente complejidad de los asuntos públicos más las nuevas tecnologías de la comunicación –como los medios que trasmiten noticias continuamente las 24 horas, internet y redes sociales tales como Facebook y Twitter, los teléfonos celulares devenidos en microcomputadoras portátiles, Smartphones como IPhone y Blackberry, todo lo cual ayuda a divulgar y recibir una enorme cantidad de datos, información y opiniones en tiempo real–, el lobbying se define cada vez más como un proceso complejo que versa en el acopio y traspaso de información a cambio de acceso a las decisiones públicas (Berry, 1976: 11; Petracca, 1992: 21; Xifra, 1998: 115; Hula, 1999: 32). Pero más allá de los cambios tecnológicos, “lo que últimamente ha estado cambiando y transformando al lobbying es su creciente magnitud e intensidad” (Petracca, 1992: 22). Es decir, la apertura política así como la creciente extensión de centros de poder a los cuales acudir para buscar influencia, aunado al aumento de cantidad y diversidad de grupos de interés que utilizan estrategias de lobbying, son variables que están cambiando el universo del fenómeno y sus prácticas (Cigler y Loomis, 1991: 57; Gómez, 2008: 103).
Por otro lado, una forma innovadora de lobbying es el creciente empleo del lobbying intergubernamental, aquel que se lleva a cabo por grupos de interés transnacionales en los ámbitos de las relaciones internacionales, foros, cumbres u organizaciones internacionales, cada vez más importantes derivados del proceso de globalización (Piñeiro, 2001: 47; Beltramino y Goñi, 2001: 20). Asimismo es creciente el uso del lobbying cruzado –cross-lobbying en inglés–, que se refiere a las estrategias que se dirigen a la búsqueda de influencia y coordinación entre los grupos de interés que convergen en alguna o varias demandas o temas particulares de cara al gobierno (Graziano, 2003: 25; Hula, 1999; 44). También, es importante el constante crecimiento del número de firmas especializadas y profesionales de lobbying –en Estados Unidos y Europa, pero también en América Latina–, que lo han vuelto más sofisticado, notorio y transparente. Empero, lo que define cada vez más el cambio del “viejo” al “nuevo” lobbying, como lo avizoró y asentó David B. Truman en su ya clásico libro The Governmental Process (El proceso gubernamental) o, son las nuevas formas indirectas de lobbying (1971: 215).
El lobbying indirecto, moderno o denominado por muchos “lobbying de base” –grassroots en inglés–, se constituye por cualquier evento, manifestación popular o acción que involucre a la sociedad, a la opinión pública y, más precisamente, a la plataforma electoral para indirectamente tomar contacto con los representantes e influirlos en un tema dado (Hula, 1999: 17; Mascot, 2007: 4). Con distintos tipos de esfuerzos, el lobbying indirecto trata de impactar en la toma de decisiones públicas a través de la movilización del electorado y la opinión pública, de la presentación de los temas como campañas de publicidad mediáticas, campañas masivas en las redes sociales y envío de cadenas de correos electrónicos a los representantes públicos con demandas puntuales, entre otras actividades colectivas de contacto indirecto con los representantes o funcionarios públicos (Hula, 1999: 111).
Para poder llevar a cabo varias de las actividades referidas, también el lobbying indirecto se sirve de las campañas electorales y de la participación en ellas para buscar acceso a la toma de decisiones públicas. A través de la organización de campañas publicitarias y la recaudación de fondos para fines electorales relacionados al apoyo de un candidato o partido, o varios a la vez, entre otras manifestaciones de persuasión o presión indirecta ligadas a actividades electorales, el lobbying ha crecido notablemente en su diversidad, eficiencia y presencia (Petracca, 1992: 25). La figura de los comités de campañas o de acción política –las Political Action Committee, PAC, por sus siglas en inglés–, son un claro ejemplo de esto para el caso estadounidense, pero que se replica con variantes en otros países –como por ejemplo en la campaña electoral presidencial de México del año 2000, con la agrupación “Amigos de Fox”–, así como la expansión de la política en las redes sociales y la política 2.0.[3] Por lo mismo, es plausible argumentar que:

[L]as técnicas y prácticas del lobbying incluyen cada vez más, complementando al contacto directo con funcionarios electos y no electos, tres estrategias importantes: formar coaliciones entre grupos de interés, organizar movilizaciones de base y financiar campañas electorales (Graziano, 2001: 9).

En sí, mientras el lobbying directo y tradicional trata de movilizar votos hacia adentro de los límites institucionales del estado en temas puntuales, el nuevo lobbying indirecto se centra en mover votos fuera de los límites de los centros de poder en relación a temas nacionales y que suscitan posicionamientos de la opinión pública (Petracca, 1992: 21). Para esto, los grupos de interés que emprenden campañas indirectas operan estas estrategias en conjunto, llegando a generar “comunidades de lobbying” (Graziano, 2003: 10), alianzas sectoriales y coaliciones entre distintos intereses que convergen en una misma demanda.
Aunque dependiente de los distintos tipos de grupos, sectores e intereses, así como de los países y contextos en los que se opere, como ya se ha dicho, se denomina “lobbying cruzado” o de coaliciones –cross lobbying en inglés– a los distintos tipos de esfuerzos de lobbying que conjuntamente y en red varios grupos realizan para influir al interior de  otras organizaciones y así unificar criterios de caras al gobierno (Ginsberg, Lowi y Weird: 1999: 418; Hula, 1999: 77). Al mismo tiempo, varios intereses pueden compartir un rango variado de actividades de intervención pública, como pueden ser movilizaciones o campañas de apoyo a alguna causa o candidato, logrando asociaciones perdurables y coaliciones de intereses. A veces, estas coaliciones realizan esfuerzos indirectos exagerados o artificiales denominados astroturf lobbying, en donde una campaña de persuasión pública, apelando constantemente a los medios de comunicación para incidir indirectamente en las decisiones públicas, logra difundir información contradictoria para distraer la opinión pública y tomar provecho de eso (Ginsberg, Lowi y Weird, 1999: 429; Lyon y Maxwell, 2004: 563). Aunque este tipo de estrategias son más comúnmente utilizadas por los grupos de intereses sociales o públicos y organizaciones de la sociedad civil, los grupos de intereses privados también pueden sumarse a estas nuevas formas de lobbying indirecto. Es decir, en los tiempos actuales el “viejo lobbying” no es suficiente, por lo que se precisa también del “nuevo lobbying” como campañas publicitarias a favor de un tema, envío masivo de correos tanto a ciudadanos como a políticos, movilizaciones sociales y todo lo que sea tendiente a crear soporte de base, como el prominente astroturf lobbying y otras manifestaciones públicas (Lyon y Maxwell 2004: 563; Truman, 1951: 215; Smith, 1988: 244).
Con todo, de manera no limitativa, son actividades de lobbying directo o tradicional: presentar resultados de investigaciones y encuestas en sesiones de comités parlamentarios; ayudar a los legisladores a juntar los votos necesarios para la aprobación o rechazo de una ley; trabajar con los asistentes de los legisladores y funcionarios públicos en el intercambio de datos y estudios; redactar proyectos de política pública y legislativos, entre otras tareas que constituyen el núcleo del lobbying tradicional de la actualidad; acciones de lobbying cruzado, entre otras (Petracca, 1992: 19; Graziano, 2003: 13). Por su parte, son actividades del lobbying indirecto o de base: organizar campañas mediáticas o en redes sociales para apoyar un cierto tema o actor político; organizar y financiar campañas electorales; realizar acciones de lobbying de tipo artificiales que divulgan información contradictoria de tipo astroturf, generar relaciones públicas y comunidades de lobbying, entre otras prácticas (Petracca, 1992: 19; Graziano, 2003: 13).  
Por otro lado, con lo expuesto se desprende que este no es un fenómeno ajeno a la participación ciudadana, dado que muchos grupos sociales llevan a cabo, de hecho o de derecho, acciones de lobbying directo e indirecto de cara a los poderes del gobierno federal, estatal y municipal. Es decir, no solamente los grupos empresariales gestionan sus intereses, sino que los grupos sociales también lo hacen, aunque con algunas diferencias en sus prácticas y estrategias, al igual que en sus resultados (Gómez, 2008: 106). Por lo mismo y por último, vale la pena examinar ciertas variables determinantes para el fenómeno del lobbying, como los grupos de interés y la corrupción.

3.     Variables teóricas del lobbying.
Para complementar un marco teórico sobre el lobbying y definirlo en consecuencia, hay que relacionarlo con otras variables. En primer lugar, hay que resaltar que se han formulado diferentes teorías que buscan entender por qué los grupos de interés hacen lobbying. Estas teorías –que también están contenidas en las teorías de la democracia– buscan establecer qué impactos tiene este fenómeno en el sistema político democrático y en el establecimiento de temas en la agenda de gobierno, la designación de los bienes públicos, así como en la toma de decisiones (Lowery, 2007; Galaviz, 2006: 19). Como se desprende de lo formulado por diferentes autores en la materia, a grandes rasgos y de una manera muy estructurada es plausible dividir el horizonte teórico en tres y entender al lobbying a través de las teorías pluralista, neo-pluralista y de la acción colectiva o neoclásica. Cabe destacar que las diferencias entre las teorías sobre el lobbying son parte de la discusión entre distintas teorías sobre la democracia (Galaviz 2006:19; Milbrath, 1960: 33).  
En síntesis, la teoría pluralista –con autores como Dahl y Truman– es la más benigna en torno al lobbying y la política de los grupos de interés, ya que los ve como positivos para la democracia en tanto que coadyuvan para incrementar la pluralidad en el sistema político y la participación de los distintos grupos de la sociedad. En oposición a esta teoría, la teoría de la elección colectiva del neoclásico Marcur Olson, hace énfasis en que el lobbying termina favoreciendo a los intereses más pudientes en términos económicos, por lo que no necesariamente favorece a la democracia y se equipara a una especie de deformación de la participación ciudadana. En el medio de estas dos corrientes teóricas –reiterando que este es un abreviado esquema y simplificado del asunto–, la teoría neopluralista –con autores como Salisbury, Givel y Lowery– sostiene que si bien los problemas que la teoría de la acción colectiva plantea en relación a la inequidad en la atención de las demandas públicas pueden ser plausibles, a semejanza de la teoría pluralista, la teoría neopluralista no descarta que el lobbying también tiene su lado positivo, en tanto sirve para que una diversidad importante de grupos de interés e individuos accedan a la toma de decisiones públicas.
Otro tema de debate teórico en torno al lobbying, anteriormente mencionado, se refiere a dos ideas distintas sobre lo que conlleva ultimadamente esta actividad: algunos difieren en si se trata de una acción de persuasión o si se trata de una actividad de presión. Por un lado, hay quienes sostienen que es una manera de presionar las voluntades de los legisladores y funcionarios públicos para que actúen de determinada manera, por lo que es una forma de coacción en pro de intereses poderosos y, por lo tanto, una acción ilegítima (Piñeiro, 2000: 20). Por el otro lado, “hay quienes argumentan a favor de la noción del lobbying como un instrumento de persuasión y buscan trazar una línea clara entre lo que significa persuasión y extorsión” (Piñeiro, 2000: 20). En última instancia, las diferencias entre culturas políticas y organizacionales, las peculiaridades de los sistemas políticos, contextos y sus mecanismos institucionales para la rendición de cuentas, son algunos de los elementos para establecer qué tipos de acciones pueden tender a ser de presión o persuasión, así como para distinguir entre las técnicas legales y legítimas de aquellas que no lo son. Pero cabe recalcar que en una democracia, “emparentar el derecho constitucional de petición con la presión pura y llana resulta algo osado” (Piñeiro 2000: 21).
Pasando a otra variable, una fundamental para el estudio del lobbying son los grupos de interés, actores centrales en este fenómeno. Por lo mismo, es adecuado establecer qué tipo de intereses son los que gestionan los diferentes lobbyistas y bajo qué circunstancias lo hacen, para comprender por qué pueden darse inequidades en el lobbying relacionado a la asertividad de ciertos intereses en la toma de decisiones públicas (Dexter, 1969: 20).
Por un lado, el lobbying de los grupos varía en intensidad y técnicas de acuerdo a factores como: el grado de poliarquía o democracia liberal en que opera el sistema político, el tipo de gobierno que está en funciones, ya sea con una agenda gubernamental más de corte liberal o conservador, con una mayoría parlamentaria o con un gobierno dividido, el tipo de legislatura con la que el poder ejecutivo opera, el tipo de legisladores y partidos, así como de acuerdo a la coyuntura de la demanda en cuestión, entre otras variables sistémicas (Leech, 2006: 28; Givel, 2006: 407). Por otro lado, el tipo de interés y grupo que busca hacer lobbying para influir en el gobierno es incidente en la relevancia o el tipo de trato que los sectores pueden conseguir del gobierno. En este sentido, los grupos de interés son un factor importante para comprender por qué pueden existir lobbies que tiendan a defender el interés privado y económico de un sector aun a costa del bien e interés público, lo cual conlleva a la mala reputación pública, o bien, para inferir por qué hay lobbies que representan todo lo contrario. Vale recalcar que los grupos de interés, precisamente, velan ante todo por sus intereses, si bien eso no significa que el representar intereses privados tenga que ser a través de actos corruptos o antidemocráticos ante la voluntad pública de la sociedad (Truman, 1971: 38). 
Entonces, si buena parte de los dilemas en torno al lobbying se basan en el entendimiento sobre los grupos de interés, vale preguntarse: ¿qué es un grupo de interés? Un grupo de interés, grosso modo, se refiere a grupos de personas que promueven sus intereses tratando de influir al gobierno en lugar de hacerlo a través de la postulación de candidatos a puestos electivos (Petracca, 1992: 6). Hay grupos de intereses y sectores de todo tipo, así como grupos pequeños y grandes en número de miembros o recursos económicos, entre otras características organizativas (Ornstein y Elder, 1978: 54). Por lo tanto, como los grupos representan intereses diferentes y cuentan con distintos recursos para organizarse y actuar, no son iguales entre sí ni obtienen el mismo grado de atención del gobierno. Tampoco tienen el mismo tipo y grado de participación en las campañas electorales, como tampoco cuentan con la misma cantidad de lobbyistas contratados de tiempo completo o parcial en los poderes del Estado (Grinsberg, Lowi y Weird, 1999: 417). Es decir, los grupos de interés se distinguen entre sí por el sector económico, político y social e interés que representan, así como por la cantidad y tipo de recursos disponibles para gastos de, entre otras, maniobras de lobbying que le aseguren una participación mucha más efectiva en cuanto a la influencia en las instancias de decisiones públicas.
   Pero los grupos de interés y su impacto varían de acuerdo, precisamente, al interés o el tipo de demanda que formulan ante los poderes del Estado, particularmente el Poder Legislativo. Así, a grandes rasgos es factible distinguir los grupos de interés entre grupos de intereses públicos o sociales y otros de intereses privados o empresariales (Petracca, 1992: 9; Ginsberg, Lowi y Weird 1999: 404-405). Pero para tener un mapa conceptual más amplio y preciso a la vez, que ligue al lobbying con los grupos de interés, los sectores económicos, las propias firmas de lobbying, los partidos políticos, los políticos y el gobierno, es decir, un paneo amplio que permita entender el binomio del dinero y la política, vale tomar el listado efectuado por la Organización No Gubernamental (ONG) de Estados Unidos denominada Centro para la política receptiva - Secreto a VocesCenter for Responsive Politics - Open Secrets–. Esta ONG lleva a cabo un estricto seguimiento del lobbying –puntualmente del dinero en la política para el caso de ese país–, y actualiza periódicamente un listado de los grupos de interés. Este listado –que se lleva a cabo siguiendo la información y transparencia que aporta la Ley de Divulgación del Lobbying, o Lobbying Disclosure Act en inglés– divide a los grupos de interés en las siguientes categorías: Finanzas, Seguros, Inmobiliario o Bienes Raíces; Varios; Negocios; Ideológicos, Monotemáticos; Salud; Abogados y Lobbyistas; Comunicaciones, Electrónica; Trabajo; Energía, Recursos Naturales; Construcción; Agro-negocios; Transporte; y Defensa (“Influence and Lobbying: Interest Groups”: www.opensecrets.com/industries/). Como se puede ver, el lobbying y los grupos de interés son un binomio básico para el funcionamiento del sistema democrático, lo cual conlleva externalidades positivas y negativas para la calidad del mismo.
Por otro lado, los lobbyistas son otra variable indispensable para entender este fenómeno. Justamente, la regulación y entendimiento del lobbying pueden remitirse a lo que hacen los lobbyistas, quienes en caso de pasar el límite de lo que corresponde a la esfera legal, ética y profesional como representantes de grupos de interés, posiblemente estén tendiendo a un abuso en la disposición de los bienes públicos. Sin menoscabar el lobbying que hagan ciudadanos no profesionales en la materia, a diferencia de un individuo que participa en política y efectúa acciones no remuneradas y aisladas de lobbying, un lobbyista es un profesional de las relaciones gubernamentales que ofrece servicios especializados como los que, en otras áreas y maneras, ofrece un abogado.
Por lo anterior, un prerrequisito singular para un lobbyista efectivo es conocer psicológica y políticamente a los miembros del Congreso y los otros poderes del estado que toman decisiones de incumbencia para él y sus clientes (Xifra, 1998: 94). Asimismo, debe tener un conocimiento sobre los procedimientos técnicos e institucionales de los poderes públicos, en particular el proceso de sanción de leyes y políticas públicas, para lograr acceder a los miembros del gobierno y la oposición, obviamente en el poder legislativo y ejecutivo pero también en el interior de los partidos políticos (Wolpe: 1990: 5). Cabe destacar que los servicios de una firma de lobby no suelen ser baratos, justamente por el cúmulo de actividades que implica (Piñeiro, 2000: 57).
Así, de lo que se trata el trabajo de un lobbyista es de hacerle lo más fácil posible a un legislador, un servidor o funcionario público, o incluso al Presidente, el entendimiento de un tema y el porqué del apoyo a una propuesta determinada (Wolpe, 1990: 6). Para esto, los lobbyistas realizan tanto actividades relacionadas a temas técnicos como actividades relacionadas con asuntos políticos que repercuten en la opinión pública y el electorado. Es decir, un lobbyista profesional tiene que saber adquirir la mayor información posible de los temas que le interesan y los aspectos importantes de la carrera política de los representantes, del electorado que lo votó así como del partido de aquellos que, de distintas maneras, votan a favor o en contra de cierta petición de incumbencia para los lobbyistas y sus clientes. Se trata de lograr una relación profesional perdurable, para la cual trabajar codo a codo con los políticos vinculantes y sus asistentes es ineludible y fundamental (Xifra, 1998: 100). Por lo tanto, si bien los lobbyistas pueden incurrir en malas prácticas y sobornos por fuera de las normas y la ley, es exagerado suponer que el lobbying es completamente negativo porque, más allá de los intereses que representen, los lobbyistas pueden ser herramientas de trabajo muy útiles para los legisladores y funcionarios con dediciones complejas para tomar que atañen al interés público (Wolpe 1990: 7). Es decir, se puede inferir que la profesionalización de lobbying, el crecimiento de firmas especializadas y de lobbyistas son insumos en pro de la calidad de la democracia.
Por último, uno de los puntos que más controversia levanta es el relativo a la corrupción. Como señala el autor brasilero Paulo Nassar (2010: 62), “para muchos, el lobbying es una mala palabra”. Aun cuando se ha reconocido que su práctica, con aspectos positivos y negativos, es vital para el funcionamiento del sistema democrático y la toma de decisiones en asuntos complejos y altamente técnicos (McGuiness, 1987: 1), los casos de corrupción ligados al lobbying y la inequidad en la agregación de demandas e intereses en el sistema político, entre otras cosas, son hechos que opacan los impactos positivos de esta actividad. En tal sentido, una definición de corrupción es que ésta es “el uso de funciones y atribuciones de un cargo público, para obtener o conceder, beneficios particulares, en contravención con las disposiciones legales” (Escalante, 1989: 329), lo cual a menudo sucede en los entretelones de la política promovida por muchos lobbyistas en complicidad de políticos. En el caso del lobbying, cuando los contactos personales entre los lobbyistas y los políticos sobrepasan los límites de lo institucional, legal, ético y profesional para actuar conforme a favoritismos ligados a conveniencias políticas, económicas, personales, de amistad o lazos familiares, la corrupción se hace presente en el llamado tráfico de influencias.
También se pueden presentar actos de corrupción cuando se dan casos de “puerta giratoria” –revolving door en inglés–, en donde un político que ya no es ni representante ni funcionario público empieza a trabajar como lobbyista recién al abandonar su cargo anterior o cuando ocurre lo contrario, un lobbyista que deja de serlo para volverse representante público y actúa de manera facciosa una vez elegido por el voto ciudadano (Ginsberg, Lowi y Weird, 1999: 400). A través de compensaciones económicas personales u otros métodos fuera del marco legal y ético, la práctica profesional del lobbying puede contribuir a la sobrerrepresentación de intereses, la inequidad en la disposición de los bienes públicos y a que los actores busquen sacar tajadas particulares, fuera de los parámetros de sus roles públicos y legales. Este puede ser el caso de los llamados “súper lobbyistas” (Smith, 1988: 239). Sin embargo, no son de desmerecer los avances en el terreno de la rendición de cuentas que los regímenes democráticos han imprimido en los últimos lustros sobre el lobbying y el controversial asunto del dinero en la política.
Teniendo en cuenta lo anterior, si bien a través del lobbying lo que buscan los grupos de interés es convencer al gobierno de que su demanda también es de su conveniencia y de la sociedad en general, lo cual puede generar costos de transacción como casos de corrupción, los representantes y funcionarios públicos pueden tomar o desechar, según sea el caso para la conveniencia pública, política y de la administración, esa petición o información proporcionada (Grossman y Helpman, 2001: 104). Así, al cumplir una función fundamental para la gobernanza[4] del sistema político, el lobbying se redime ante las críticas y sus posibles aspectos negativos en la medida que se centra en el traspaso de información valiosa desde los distintos grupos de la sociedad hacia los representantes de los poderes de gobierno y viceversa, realzando el ejercicio del derecho de petición y la participación ciudadana, así como coadyuvando en el mejoramiento del funcionamiento democrático y plural del mismo Estado (McGuiness, 1987: 4).
Otra variable ineludible en correlación al lobbying, que merece un tratamiento más profundo y que se hará en un próximo trabajo de este autor, es el grado de democracia o poliarquía que tiene un sistema político, así como qué tipo de relación guarda el poder legislativo con el ejecutivo y el grado de autonomía de los legisladores con sus partidos políticos y bloques parlamentarios. Claramente, en los casos de los países de América Latina, la transición hacia la democracia ha apoyado para que el lobbying en la región se revigorice, emule las prácticas y se acerque gradualmente a los parámetros de Estados Unidos y Europa (Galaviz, 2006: 68). Esto no niega que anteriormente este haya existido en los países de la región, pero denota un reimpulso del mismo. En resumen, como ha sucedido en la década de los setenta en Estados Unidos y en muchos casos de los países de América Latina en transición hacia la democracia durante las décadas de los ochenta y noventa del siglo XX y la primera década del siglo XXI, en mayor o en menor medida, dado que el Poder Legislativo se ha convertido en un contrapeso más o menos efectivo del Poder Ejecutivo, y las puertas de acceso a la toma de decisiones que proporciona este poder son mayores a las que proporciona el Poder Ejecutivo, el lobbying se multiplica en cantidad y diversidad (Smith, 1988: 144; Galaviz, 2006: 68; Astié-Burgos, 2011: 112). Esto permite hablar de un reimpulso de vitalidad para una materia todavía por explorar más a profundidad, a detalle y empíricamente para los casos de los países de América Latina.

4.    Conclusión.
Como se ha visto en este artículo, el lobbying es un fenómeno complejo que está intrínsecamente relacionado con la democracia y su funcionamiento, lo cual comprende implicancias e impactos tanto negativos como positivos para la calidad de la misma. Por un lado, se lo puede analizar como negativo para un sistema político democrático porque puede agudizar las desigualdades entre los grupos de interés y sectores que, por cuestiones financieras u organizativas, pueden incidir con mayor o menor influencia en las decisiones de los poderes del gobierno de una manera indebida. Por otro lado, puede argumentarse que es positivo para la democracia porque su funcionamiento se basa en la interacción de información técnica entre los lobbyistas y aquellos ciudadanos que gestionan un interés con los tomadores de decisiones públicas, quienes para resolver eficientemente las demandas que entran al sistema político y sus instituciones necesitan de ese tipo de información, demandas o in-puts. Asimismo y como punto fundamental, el lobbying es una forma de maximizar el  derecho de petición que tienen los ciudadanos y gestionar más asertivamente sus intereses y demandas. Es decir, si bien existen aspectos negativos del lobbying como pueden ser ciertos abusos en la disposición de los bienes públicos y casos de corrupción, también este fenómeno puede ser visto positivamente porque al ser un medio para gestionar diversos y plurales intereses sectoriales nutre con información vital a los representantes y funcionarios públicos, quienes para solucionar las demandas públicas necesitan este insumo para tomar dediciones eficientes y efectivas.
            En concordancia con distintos textos especializados de la materia, este artículo estableció que el lobbying consiste, básicamente, en el ejercicio y las prácticas que hacen los diferentes actores de la sociedad cuando peticionan, gestionan o abogan por sus intereses de cara al gobierno y los poderes del Estado. En tal sentido, se ha estipulado que, a grandes rasgos, existen dos tipos de actores: los activos y los pasivos. Los primeros son quienes llevan a cabo el lobbying, es decir, los ciudadanos, lobbyistas, organizaciones o grupos de interés. Los segundos, los actores pasivos, son los que reciben las acciones de lobbying, es decir, los políticos, los representantes, secretarios, ministros o servidores públicos, así como sus equipos. De igual forma, se estableció que al estudiar este fenómeno, es preciso tener en cuenta tanto los esfuerzos que hacen los grupos de interés de corte empresarial, como los que hacen los grupos de interés de corte social.
            Por otro lado, se analizaron variables fundamentales ligadas al lobbying como los grupos de interés y los lobbyistas, notando que a medida que éstos profesionalizan su trabajo, así como aquellos que participan en pro de una demanda, coadyuvan con la calidad de la democracia. De igual forma, se analizaron diferentes cambios que el lobbying ha sufrido durante el tiempo, observando que con la irrupción de la tecnología y las redes sociales, así como la cantidad y pluralidad de las campañas de base tipo grassroots o de lobbying indirecto, ha impulsado el universo de la materia. Asimismo, y como un factor que apoya una acepción positiva del fenómeno, con este tipo de acciones indirectas la pluralidad de grupos de interés se ha incrementado en varias democracias en transición de América Latina.   
            En conclusión, en una democracia mínima la pluralidad en la agregación de demandas desde la sociedad hacia el gobierno es crucial. En este sentido, si bien el lobbying es factible, aunque con tergiversaciones, en sistemas no democráticos, en una poliarquía el lobbying es una constante esencial, porque supone un intermedio entre los polos que constituyen la sociedad, los grupos y las instituciones del sistema político. La articulación de demandas cimentadas en la información técnica, la búsqueda de especializar las demandas y la diversidad de grupos que llevan a cabo esfuerzos de lobbying, así como su profesionalización, entre otros factores, son indicativos significativos para establecer una diferencia entre el pasado y el presente de la actividad en democracias en transición y procesos de consolidación como la mayoría de los países de América Latina.
Así, este artículo sirve como base teórica sólida y propia para trabajos más a detalle del lobbying en estudios de casos. Para ahondar en la materia en el contexto de América Latina, es necesario llevar a cabo trabajos de caso comparativos en el ámbito de las ciencias políticas de idioma castellano. Pero una introducción y un tratamiento teórico puntual de la materia eran necesarios para comenzar a hilar fino en un tema relativamente todavía poco explorado en la academia politológica de América Latina.

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* Artículo publicado en el journal académico de la Asociación Mexicana de Ciencias Políticas (AMECIP), De Política, año 2 no.2, enero-junio de 2014

[2] A propósito de la caja negra o black box, en las últimas décadas ésta dejó de ser tan oscura, dada la irrupción de los instrumentos y temas relacionados con la rendición de cuentas en la agenda pública, los cambios institucionales en pro de la transparencia, la participación ciudadana, el acceso a la información pública, el gobierno abierto, el combate a la corrupción, y el aprovechamiento de tecnologías de la información o TIC’s, entre otros, lo cual ha impactado sin duda en el lobbying (Canto Chac, 2011; Gobierno Abierto, 2012: www.ogov.eu).

[3] La política 2.0 se refiere a acciones en red y en tiempo real de participación política virtual y de comunicación política, que se desarrollan con plataformas digitales en internet como blogs, redes sociales, las aplicaciones en dispositivos móviles como Iphone y teléfonos inteligentes, entre otras cosas (Politics 2.0: The Multifaceted Effect Of Broadband Internet On Political Participation. (2013). Campante, Durante y Sobbrio. http://www.nber.org/papers/w19029.pdf).
[4] Le Galès la define como “un proceso de coordinación de actores, de grupos sociales, de instituciones para lograr metas definidas colectivamente en entornos fragmentados y caracterizados por la incertidumbre” (José Manuel Ruano de la Fuente, VII Congreso Internacional del CLAD sobre la Reforma del Estado y de la Administración Pública, Lisboa, Portugal, 8-11 Oct. 2002).