Mucho de lo que pensamos y discutimos, ni se diga lo que criticamos o
hacemos, está ligado a nuestra cultura. Ergo, lo que se piensa sobre política,
el sistema y los temas políticos está relacionado con la cultura política que se
tenga en un determinado lugar, entre tantas otras cosas. Entonces, más allá de
la ilustración e instrucción que cada quien tenga por sus estudios, sean estos
académicos o no, o por su experiencia, mucho de lo sucede en términos públicos
se relaciona a la cultura política.
No voy a hilar fino para
reflexionar sobre la conformación de la cultura política o de las clases,
elites o conceptos aledaños, ni mucho menos hablar sobre todo lo que se
desprende de los mismos; lo que se pretende aquí es, brevemente, reflexionar
sobre varios costumbrismos que hacen a la cultura política, en este caso,
mexicana. Mi favorito, sin duda, es el de “dígame licenciado”, tan famoso por
el sketch cómico de Chespirito.
En México, como resultado de la “dictadura
perfecta”, como fueran catalogados los años priistas, la cultura política está
configurada por los códigos de la identidad partidaria del PRI con sus
distintas facetas. Son muchas las costumbres políticas que están fijadas por la
cultura del PRI, es innegable. Decir “compañeros” o “licenciado”, para poner un
ejemplo, es usar expresiones relacionadas con la cultura política forjada por
el PRI. Sin embargo, no solamente los priistas usan estas palabras para
dirigirse a otra persona dentro de la administración pública, por poner un
lugar. Es decir, la expresión “licenciado” es todo un fenómeno de la cultura
política nacional, que buena parte del siglo XX estuvo ligada al PRI. Por eso
Chespirito, satíricamente personificando a un burócrata –con la acepción
negativa del término– perdedor y conformista que, con todo y todo, cuando
alguien se dirigía a él, orgulloso de sí mismo aclaraba, “dígame licenciado”.
Poniendo el asunto en
perspectiva, el “dígame licenciado” de Chespirito no es solamente un cliché, es
un fenómeno de la cultura política nacional. Cuando uno tiene que dirigirse a
un servidor público tiene que decirle “licenciado”, porque si no uno ya empezó
con el pie izquierdo lo que sea que haya ido a hacer con ese servidor público.
Por lo mismo, si uno tiene que hacer un escrito, casi siempre tiene que
escribirle al “Lic.” fulano de tal, si no es que al “Mtro.” o “Doc.” tal y tal.
Entonces, en este tipo de situaciones uno no se dirige a un igual, es decir, a
un ciudadano como uno, sino que a un licenciado. Lo mismo se da con los arquitectos,
que son “arquis”, los médicos, que son “doctores”, con los docentes, que hay
que decirles “maestros”, y así sigue la lista. Es cultura: “dígame licenciado”.
En Argentina, por ejemplo, donde
al abogado se le dice “doctor” y no “licenciado”, el chiste de Chespirito se
entiende pero no del todo. De todos modos, la risa aplica porque allá se le
tiene que decir “doctor” a un abogado (awiwi).
Entonces, parecería que en México y en Argentina no es lo mismo ser un
ciudadano común y corriente que un abogado-burócrata, ya que uno es ciudadano y
el otro es “licenciado” o “doctor”. Ni se diga si uno es “compañero” del
sindicato, de la universidad o del partido. Es decir, esos supuestos títulos
académicos ponen escalones entre las personas, lo cual es una contradicción con
el espíritu de igualdad que reina entre el ideario de la ciudadanía.
Volviendo al punto, es tal la
cultura política de México “a la priista” que, con todo y el cambio del partido
en el poder presidencial, el PAN no pudo por sí mismo cambiar costumbres como
el “dígame licenciado”. Mientras panistas de nueva generación se llaman a sí
mismo “licenciados”, los panistas de vieja cepa se llaman por sus nombres, es
decir, de ciudadanos. Es una diferencia cultural.
Estando en un cuarto de guerra de
la campaña para la gubernatura estatal de la rara alianza que se tejió entre el
PAN, el PRD y disidentes del PRI en Durango, pude ver un ejemplo clarificador.
Uno de los colaboradores del candidato a presidente municipal de la capital,
senador con licencia, exdiputado y delegado federal, le dijo licenciado al
Negro Elizondo, un histórico del PAN de Durango y nacional de la década de los
ochenta, y éste reaccionó con un grito y diciendo, “no me digas licenciado,
deja esa mamada para los priistas como Aispuro” (que era el candidato a
gobernador por la alianza electoral mencionada y viejo priista expresidente
municipal ligado al PRI de Colosio).
Lo mismo sucede con la firma de
cualquier oficio de gobierno. Es irónico que, con todo y las administraciones
panistas o del PRD, se siga poniendo al calce de las firmas la leyenda “sufragio
efectivo, no relección”. Es increíble: el famoso decálogo del presidente
Calderón para la reforma política decía que había que poderse re-elegir ciertos
puestos, pero se siguen firmando los oficios con la leyenda que dio fuerza a la
revolución. En fin, es parte de la cultura política mexicana, ligada a la vida
de un partido que, para colmo, tiene los colores de la bandera (lo cual, por
ejemplo en Argentina, está prohibido).