lunes, 19 de marzo de 2012

"Dígame Licenciado"


Mucho de lo que pensamos y discutimos, ni se diga lo que criticamos o hacemos, está ligado a nuestra cultura. Ergo, lo que se piensa sobre política, el sistema y los temas políticos está relacionado con la cultura política que se tenga en un determinado lugar, entre tantas otras cosas. Entonces, más allá de la ilustración e instrucción que cada quien tenga por sus estudios, sean estos académicos o no, o por su experiencia, mucho de lo sucede en términos públicos se relaciona a la cultura política.

No voy a hilar fino para reflexionar sobre la conformación de la cultura política o de las clases, elites o conceptos aledaños, ni mucho menos hablar sobre todo lo que se desprende de los mismos; lo que se pretende aquí es, brevemente, reflexionar sobre varios costumbrismos que hacen a la cultura política, en este caso, mexicana. Mi favorito, sin duda, es el de “dígame licenciado”, tan famoso por el sketch cómico de Chespirito.

En México, como resultado de la “dictadura perfecta”, como fueran catalogados los años priistas, la cultura política está configurada por los códigos de la identidad partidaria del PRI con sus distintas facetas. Son muchas las costumbres políticas que están fijadas por la cultura del PRI, es innegable. Decir “compañeros” o “licenciado”, para poner un ejemplo, es usar expresiones relacionadas con la cultura política forjada por el PRI. Sin embargo, no solamente los priistas usan estas palabras para dirigirse a otra persona dentro de la administración pública, por poner un lugar. Es decir, la expresión “licenciado” es todo un fenómeno de la cultura política nacional, que buena parte del siglo XX estuvo ligada al PRI. Por eso Chespirito, satíricamente personificando a un burócrata –con la acepción negativa del término– perdedor y conformista que, con todo y todo, cuando alguien se dirigía a él, orgulloso de sí mismo aclaraba, “dígame licenciado”.   

Poniendo el asunto en perspectiva, el “dígame licenciado” de Chespirito no es solamente un cliché, es un fenómeno de la cultura política nacional. Cuando uno tiene que dirigirse a un servidor público tiene que decirle “licenciado”, porque si no uno ya empezó con el pie izquierdo lo que sea que haya ido a hacer con ese servidor público. Por lo mismo, si uno tiene que hacer un escrito, casi siempre tiene que escribirle al “Lic.” fulano de tal, si no es que al “Mtro.” o “Doc.” tal y tal. Entonces, en este tipo de situaciones uno no se dirige a un igual, es decir, a un ciudadano como uno, sino que a un licenciado. Lo mismo se da con los arquitectos, que son “arquis”, los médicos, que son “doctores”, con los docentes, que hay que decirles “maestros”, y así sigue la lista. Es cultura: “dígame licenciado”.   

En Argentina, por ejemplo, donde al abogado se le dice “doctor” y no “licenciado”, el chiste de Chespirito se entiende pero no del todo. De todos modos, la risa aplica porque allá se le tiene que decir “doctor” a un abogado (awiwi). Entonces, parecería que en México y en Argentina no es lo mismo ser un ciudadano común y corriente que un abogado-burócrata, ya que uno es ciudadano y el otro es “licenciado” o “doctor”. Ni se diga si uno es “compañero” del sindicato, de la universidad o del partido. Es decir, esos supuestos títulos académicos ponen escalones entre las personas, lo cual es una contradicción con el espíritu de igualdad que reina entre el ideario de la ciudadanía.

Volviendo al punto, es tal la cultura política de México “a la priista” que, con todo y el cambio del partido en el poder presidencial, el PAN no pudo por sí mismo cambiar costumbres como el “dígame licenciado”. Mientras panistas de nueva generación se llaman a sí mismo “licenciados”, los panistas de vieja cepa se llaman por sus nombres, es decir, de ciudadanos. Es una diferencia cultural.

Estando en un cuarto de guerra de la campaña para la gubernatura estatal de la rara alianza que se tejió entre el PAN, el PRD y disidentes del PRI en Durango, pude ver un ejemplo clarificador. Uno de los colaboradores del candidato a presidente municipal de la capital, senador con licencia, exdiputado y delegado federal, le dijo licenciado al Negro Elizondo, un histórico del PAN de Durango y nacional de la década de los ochenta, y éste reaccionó con un grito y diciendo, “no me digas licenciado, deja esa mamada para los priistas como Aispuro” (que era el candidato a gobernador por la alianza electoral mencionada y viejo priista expresidente municipal ligado al PRI de Colosio).

Lo mismo sucede con la firma de cualquier oficio de gobierno. Es irónico que, con todo y las administraciones panistas o del PRD, se siga poniendo al calce de las firmas la leyenda “sufragio efectivo, no relección”. Es increíble: el famoso decálogo del presidente Calderón para la reforma política decía que había que poderse re-elegir ciertos puestos, pero se siguen firmando los oficios con la leyenda que dio fuerza a la revolución. En fin, es parte de la cultura política mexicana, ligada a la vida de un partido que, para colmo, tiene los colores de la bandera (lo cual, por ejemplo en Argentina, está prohibido).   


sábado, 17 de marzo de 2012

Guerra de encuestas edición 2012

“Guerra de encuestas”: aunque el término suena  estruendoso, el tema está trillado y es más exageración que otra cosa. Sin embargo, es necesario tocar el tema brevemente, dada su relevancia en la opinión pública, y ponerlo en contexto.

Las encuestas volvieron a ser el centro de la discusión político electoral. Con un número considerable de encuestas publicadas cuyos resultados no necesariamente coinciden entre sí, en México se ha vuelto a hablar de una “guerra de encuestas”. Aunque el término suena estruendoso –al igual que el de “campaña sucia”–, valdría la pena reflexionar si el tema vale la pena. Por esto, es preciso dimensionar a las encuestas y ponerlas en contexto, es decir, en su lugar.
Primero habría que dimensionar que el hecho de que haya tantas encuestadoras que publiquen sus trabajos es parte esencial de una democracia liberal con rasgos de mercado. Que se conozcan encuestas serias y encuestas patito es normal. Herramientas como las encuestas electorales o de gestión, la consultoría en comunicación, imagen o estrategia política, el cabildeo, las relaciones públicas, etcétera, son elementos que hacen a un mercado de bienes y servicios políticos y gubernamentales en expansión, donde hay libre competencia en la oferta y la demanda de los mismos. En tal sentido, la transición mexicana hacia la democracia se enmarca en un sistema minimalista con atributos de mercado que propician este tipo de actividades. Es decir, en una democracia liberal necesariamente coexisten un importante número de encuestadoras que realizan todo tipo de trabajos, fidedignos y no fidedignos.   
En segundo lugar, esta nueva “guerra de encuestas” regresa la discusión política a una hipótesis planteada hace tiempo: en el universo de la demoscopia existen las encuestas mediáticas y las no-mediáticas, por así llamar los dos conjuntos. Las primeras son las publicadas en los medios de comunicación y que, en la mayoría de los casos, son financiadas por los mismos medios. Las segundas, en cambio, en su mayoría son financiadas por los partidos y candidatos para también publicarlas en los medios de comunicación. Aunque la procedencia de la financiación no necesariamente tiene que relacionarse con la calidad del trabajo demoscópico, esta hipótesis de los dos tipos de encuestas ha probado su plausibilidad. Así, las encuestas mediáticas no yerran en el mismo grado que las no-mediáticas, si se comparan sus resultados con el seguimiento –tracking– de la tendencia global del voto o, en dado caso, con el resultado final de la votación, entre otras cosas.    

Ahora bien, la “guerra de encuestas” también puede hacernos reflexionar sobre las encuestas como un tema político. Más allá del impacto real que estas tengan en la intención del voto, lo cierto es que hablar de encuestas cuando todavía no empieza oficialmente la campaña, parecería un disparate. Quizá porque no existe la posibilidad de discutir temas de fondo –en parte por la “veda” de la ley electoral reformada en 2007–, pero que a estas alturas del calendario pre-electoral se haga de las encuestas y sus disímiles resultados un tema de polémica desmedida es un sinsentido. En fin, las encuestas le ponen a las elecciones un condimento importante que la democracia necesita: que haya incertidumbre en el resultado que habrán de arrojar las urnas. Pero hacer de las encuestas el tema más importante del comentario político electoral, como ha sucedido en las últimas semanas, es desproporcionar el asunto y volver a discutir sobre los impactos de una “guerra de encuestas”, lo cual, teóricamente, es innecesario.