domingo, 26 de agosto de 2012

Bondades y retos de la elección de 2012 en México.


Un dato particular del resultado de las elecciones de este año es que, por sexta vez consecutiva a nivel federal, el parlamento no presenta una mayoría partidaria. De nueva cuenta, al igual que viene sucediendo en México desde las elecciones de 1997, en el Congreso de la Unión ningún partido político posee la mayoría parlamentaria, sino que la primera y subsiguientes minorías. Este punto, dentro de los tantos que ofrece una elección presidencial para el análisis, es importante tener en cuenta por varios motivos, uno de éstos el cabildeo o lobbying.

El resultado de las elecciones de 2012 conformó un gobierno dividido –es decir, que el partido del poder ejecutivo no es mayoría en el poder legislativo–,  lo cual es todo un tema en la ciencia política mexicana. Este es uno de los rasgos de la transición hacia la democracia de México, que el presidente y su partido no tienen las curules suficientes para, por ejemplo, por sí mismos hacer reformas de leyes, nombrar libremente ciertos funcionarios de alto rango y designar los titulares en los órganos de gobierno de los poderes legislativo y judicial, entre otras cosas. Por lo tanto, no es raro que este sea un tema recurrente de los politólogos mexicanos en sus artículos y estudios.

La politóloga María Amparo Casar, en este sentido, es un muy buen exponente. En su artículo de la revista Nexos de este agosto, El reparto del poder: Otro gobierno sin mayoría (Nexos, agosto de 2012, http://www.nexos.com.mx/?P=leerarticulo&Article=2102851), la académica del CIDE organiza datos electorales y, entre otras cosas, argumenta que:

“En su relación con los poderes fácticos las cosas son más complicadas. Muchos de ellos acompañaron a Peña en su campaña. Muchos de ellos son los que se resisten al paso de las reformas estructurales: el SNTE en el caso de la educación, el STPRM en el caso de Pemex, otros sindicatos en el caso de la reforma laboral, los dueños de las televisoras en el caso de las telecomunicaciones, los beneficiarios de la exenciones fiscales en el caso de la reforma hacendaria, los sectores de alta concentración de mercado en el caso de la ley de competencia”.

Más allá del alto nivel de la autora y del artículo aludido, a mi juicio se equivoca al utilizar el término “poderes fácticos” en lugar de “grupos de interés”. Parecería que Casar hace referencia y habla más desde la perspectiva de un sistema tipo corporativista que desde la de uno pluralista. Es comprensible, porque México no tiene un sistema político pluralista tipo estadounidense (cuyo caso ha sido tildado de excepcional por muchos). Pero tampoco es que tras la segunda alternancia partidaria en la presidencia de la república, el sistema político mexicano no tenga rasgo pluralista alguno. Habría que pensar que, por ejemplo en las negociaciones para el paquete fiscal del ejercicio del año entrante, muchos y diferentes grupos de interés, no sólo los llamados poderes fácticos, estarán involucrados y estimulados a mover influencias en su favor. 

En tal sentido, es una bondad y un reto para el sistema político mexicano el tener una repartición del poder parlamentario y no una concentración del mismo en las manos de un partido político. Con esto, y está comprobado, crecen los canales de acceso para diferentes intereses y grupos –que no deberían ser entendidos como poderes fácticos sino como grupos de interés–, y crecen las posibilidades de que, entre los diferentes actores y cabilderos, el nivel de esta actividad mejore, se pluralice y se haga más transparente. Este es un reto constante, por lo que politólogos de la altura de María Amparo Casar deberían opinar más a menudo al respecto.