lunes, 26 de noviembre de 2012

El ritual del 1 de diciembre en México


José Elías Romero Apis de El Excélsior, reflexiona sobre los mensajes con los que comenzaron su mandato 13 Presidentes de México, desde Lázaro Cárdenas hasta Felipe Calderón
 

José Elías Romero Apis *

 

 


Fotos ArchivoExcélsior





 


Manuel Ávila Camacho, quien se convirtió en Presidente en 1940, rechazó la influencia de “intereses privilegiados” en su gobierno.

Primera de tres partes

CIUDAD DE MÉXICO, 22 de noviembre.- Aunque la Constitución no obliga a que el Presidente entrante dé un mensaje luego de rendir protesta, es una costumbre que lo haga, ya sea en el Congreso o en otra sede.

1. La idea central

Nuevamente me encuentro con el amable lector en estas páginas que el argot periodístico conoce como artículo especial, quizá para distinguirlo de aquellos que aportamos semanalmente y con programación predeterminada y preconocida.

El tema de éste es lo que se conoce como “discurso inaugural” y es el que pronuncian los Presidentes en la ceremonia en la que juran el desempeño de su encargo y toman posesión del mismo. Para obtener la información necesaria para su elaboración, Pascal Beltrán del Río, director editorial de Excélsior, dispuso que me facilitaran, del archivo de este diario, los ejemplares de los días 2 de diciembre de los años de elecciones. Es decir, el ejemplar periodístico donde se reseña la ceremonia de transmisión del Poder Ejecutivo y se incluye, en texto completo, el discurso presidencial.

La experiencia fue deliciosa. Durante toda una mañana me encerré en la Sala del Consejo de esta casa editorial con los tomos empastados donde se reseñan las 13 tomas de posesión que van desde la de Lázaro Cárdenas hasta la de Felipe Calderón. Acoté, arbitrariamente, mi campo de observación a tan sólo las presidencias que han sido sexenales. Antes de ello, recuérdese que eran cuatrienales.

Pero, además, la curiosidad no me detuvo en leer discursos presidenciales. De paso, viajé en la máquina del tiempo que son las hemerotecas y me entretuve viendo anuncios de comercios que ya no existen o de entonces novedades del momento como las lavadoras, los televisores o el más famoso refresco embotellado. No se diga las páginas sociales que, si las de hoy nos mueven a risa, las de entonces provocarían chunga.

Allí, en la mesa donde todos los días se deciden las páginas con las que desayunarán los mexicanos al día siguiente, tomé mis notas y registré mis reflexiones. Pero, también, como en todo ejercicio histórico, traté de ubicarme en el personaje central. En el Presidente-orador. En sus sentimientos de ése su glorioso día. En las circunstancias de una ceremonia compleja. En el ambiente nacional que rodea a esa transmisión de poder. En lo que pensará un Presidente debutante. En sus alegrías, sus esperanzas y su temores. En su familia y en su equipo.

Pero, sobre todo, tenía que centrarme en su discurso. En sus deseos, en sus ilusiones y hasta en sus fantasías. Todo ello, pasando por sus angustias, sus propósitos y sus promesas. En los consejeros que le surtieron las grandes líneas. En los técnicos que le dieron los datos precisos. En los coautores que lo ayudaron a redactarlo. En los autores anónimos si es que se lo hicieron todo. Y en los consultores que lo escucharon veinte veces hasta estar seguros de cómo sonaba.

Con todo ello quedó un documento de cinco veces el tamaño del que hoy presento. Ningún periódico lo publicaría. Ni siquiera Excélsior, que bien me quiere y mucho le debo. Por eso, me apliqué a utilizar la goma de borrar hasta dejarlo como quedó. Mi mayor deseo, que lo disfrute el lector.


El 1 de diciembre de 1946, Miguel Alemán destacó la necesidad de “llevar a cabo la industrialización del país que nos hemos propuesto”.

 


Adolfo Ruiz Cortines, el 1 de diciembre de 1952, habló de reforzar la unidad nacional con la distribución equitativa de la riqueza.

 

2. No existe un modelo de discurso inaugural

No existen patrones de instructivo ni paradigmas del pasado que nos indiquen, de manera inexorable, el formato que tiene dicha alocución.

Lo primero que la irreflexión nos surte es que se trata de un discurso muy importante en la vida del orador que lo pronuncia y en la de su país. Pero una introspección más detenida no indica que no existe, necesariamente, una razón para ello.

Desde luego, pareciera que debiera ser el mejor. Que ya que una nación está estrenando Presidente, éste se afanara por demostrar que, por lo menos, es un buen orador político. Creo que él mismo supone que el suyo habrá de ser uno de los grandes discursos de la historia de su país. Pero ya hemos visto que no es así. En México podría decirse que nunca el discurso inaugural ha sido el mejor pronunciado por el respectivo Presidente.

Por ejemplo, de entre los discursos famosos en la historia política mexicana mencionaré tres. El más famoso de Plutarco Elías Calles no fue el primero sino el último que pronunció como Presidente. Fue el dicho con motivo de su último Informe de Gobierno, en septiembre de 1928, al cual se le conoce como De los caudillos a las instituciones.

En esta pieza histórica, Calles delinea todo el siglo XX mexicano. Sentencia que la Revolución Mexicana ha rebasado una etapa de caudillismos y que ahora entrará a una era de instituciones. Que éstas y no aquéllos serán el eje rector del poder político mexicano. Y que a ellas tendrán que someterse todos los intereses personales o de grupo que, hasta ese momento, habían enfrentado a los líderes revolucionarios y habían arriesgado el destino de su movimiento.

Por si fuera poco, en ese discurso anuncia la inminente fundación del PRI, con su nombre inicial, el cual habría de convertirse en el partido político más importante de la historia latinoamericana.

Un segundo discurso que mencionaría es el pronunciado por Adolfo López Mateos en la convención partidista que lo postuló a la Presidencia de la República, allá en noviembre de 1957. No se trató de un discurso de grandes alcances políticos ni históricos como el que he mencionado de Calles. Pero sin duda alguna se trata de una arenga muy bella, con muy buena técnica discursiva y muy lleno de inflamación patriótica. Puede no ser un discurso importante pero es un discurso muy emocionante. Se le conoce como La entrega de mi vida e, incluso, una de sus más famosas frases es la que adorna el mausoleo del ex Presidente.

Por último, evoco el que pronunció Luis Echeverría en octubre de 1969. Fue pronunciado a los dos o tres días de haber sido “destapado” como candidato presidencial y se le conoce como el Discurso de las Inconformidades. Más aún, por eso al patio donde fue pronunciado en la Secretaría de Gobernación se le conoce como el “patio de las inconformidades”.

Fue una pieza de unos siete minutos pronunciada ante jóvenes universitarios y politécnicos. Su contenido fue una crítica al sistema político mexicano, en lo que tenía de criticable a los ojos de las nuevas generaciones. Su estructura estuvo compuesta por una decena de párrafos donde cada uno comenzaba con la expresión “estoy inconforme”, seguida de la mención de los vicios en los que había ido cayendo no sólo el gobierno de México sino, también, la propia sociedad mexicana: la represión, la corrupción, la simulación, la intolerancia, la hipocresía, el egoísmo, la ambición y muchos otros vicios.

Este discurso fue muy bien dicho, aunque no serviría para ganar ningún concurso de oratoria. Pero lo verdaderamente trascendente es que tuvo el enorme e insustituible mérito de la oportunidad. En ello hubo talento y visión.

La juventud mexicana de entonces se encontraba un año después de Tlatelolco. Las heridas todavía sangraban. Ese discurso significaba una mano amiga que tendía, ni más ni menos, el candidato presidencial del PRI. El candidato del sistema considerado por los jóvenes como cruel y perverso. En pocas palabras, el candidato de Díaz Ordaz. Sin embargo, los jóvenes encontraron y tomaron esa mano abierta, se entusiasmaron y se emocionaron y, con ello, las generaciones mexicanas se reconciliaron o, por lo menos, se serenaron.

Pero, repito, esos sus mejores discursos no fueron sus mensajes presidenciales inaugurales.

En otras latitudes esta regla acontece muy similar a como ha sucedido en México. Sin embargo, tengo una excepción y media. Los dos mejores discursos de Franklin Roosevelt están considerados dentro de los cuatro mejores discursos de la historia política de los Estados Unidos. Y, uno de ellos, fue su discurso inaugural. Se le conoce como El miedo del miedo, y toma su nombre de la advertencia que hace a su pueblo en el sentido de que a lo único que deberían tenerle miedo es al propio miedo.

La trascendencia política de ese mensaje fue histórica. Con ese discurso se inició la recuperación anímica, económica y política de una nación en esos momentos agobiada por la depresión económica, por el hampa y por la desesperanza.

Otra semi-excepción sería el discurso inaugural de John F. Kennedy. No es una oración de gran contenido, pero se hizo famosa por aquella frase de “no preguntes lo que puede hacer tu país por ti, sino lo que puedes hacer por tu país”. Ésta se convirtió en una de las frases más conocidas de Kennedy. Sin embargo, su discurso más importante lo dijo en la capital alemana y se le conoce como Yo soy berlinés.

En fin, creo que el Presidente orador no está obligado a llegar a la cúspide de su carrera tribunicia en el primer día de su mandato. No tiene por qué vaciarse en el principio. Lo mejor de una vida, de un matrimonio o de una profesión no son el bautizo, la boda ni la graduación. El principio no es el fin y no debemos hacer que lo parezca.

3. El escenario: la toma de posesión

El ceremonial de la toma de posesión presidencial difiere mucho de país a país. Por ejemplo, en Estados Unidos la ceremonia es todo un evento lleno de formalidad, pero también de entusiasmos y de espectacularidad. Se desarrolla en la afueras del Capitolio para el efecto de que pueda asistir una gran cantidad de invitados. Pero en Francia, sin embargo, es una ceremonia de tendencia muy sencilla.

En esto, también, tiene mucho que ver el tiempo que dista entre la elección presidencial y el inicio del mandato. En los Estados Unidos transcurren casi tres meses entre la elección que se verifica el primer martes de noviembre y el 20 de enero, día del inicio del mandato presidencial. En Francia, en cambio, tan sólo transcurren unos días entre la elección y el relevo. Un lapso mayor propicia una ceremonia más formal.

En el caso mexicano, transcurren casi cinco meses entre el primer domingo de julio, fecha electoral, y el primero de diciembre, fecha asuncional. El evento se realiza, por disposición constitucional en una sesión de Congreso General, ante el cual se protesta el leal desempeño del encargo.

El lugar de ceremonia ha sido diverso. Cárdenas y Ávila Camacho juraron en el ya extinto Estadio Nacional. Alemán y Ruiz Cortines, en la Cámara de Diputados, entonces en Allende y Donceles. López Mateos y Díaz Ordaz, en Bellas Artes. Echeverría y López Portillo, en el Auditorio Nacional. Y de Miguel de la Madrid a Felipe Calderón, en el Palacio Legislativo de San Lázaro.

Ahora vamos a lo que tiene que ver con el discurso. La Constitución Política no dispone ni obliga a que se pronuncie discurso alguno. La única obligación es la de rendir la protesta señalada en el artículo 87 constitucional. Sin embargo, por una tradición de cortesía, se ofrece el uso de la palabra al nuevo Presidente de la República, para que dirija un mensaje al Congreso de la Unión y al pueblo de México.

Es por eso que el mandatario entrante toma la cortesía congresional y pronuncia su discurso. Claro que, en ocasiones, las cortesías recíprocas han pasado al cesto de la basura. En ocasiones, por grosería de algunos congresistas. Salinas y Calderón fueron maltratados por las bancadas derrotadas. En otros casos, por descomedimento presidencial. Echeverría les endilgó un discurso inaugural de hora y media de duración, lo cual es una insolencia, y Fox fue indecente con los priistas, sus creencias y sus próceres.

Felipe Calderón ha sido el único que no fue invitado a hablar, dadas las especiales circunstancias en las que rindió juramento, al final de lo cual se retiró habiéndose cumplido con el mandato constitucional.

Ahora bien, una innovación constitucional reciente abre la posibilidad de recintos alternos cuando el mencionado ceremonial no pueda realizarse en la sede congresional. Pero tampoco obliga a discurso alguno. Este sigue siendo optativo y discrecional.

Pero, los Presidentes panistas iniciaron una modalidad que no sé si subsistirá para el futuro. La de realizar una ceremonia propia después de la oficial. Tanto Fox como Calderón la realizaron en el Auditorio Nacional. Allí Fox pronunció su “segundo” discurso inaugural, y Calderón el único que pronunció, porque no lo hizo en el Palacio Legislativo.

Habrá que ver si Enrique Peña Nieto sigue la tradición priista de una sola ceremonia y un solo discurso o adopta el estilo panista de doble fiesta y doble perorata.

Seis años después

En el Palacio Legislativo de San Lázaro se espera para el 1 de diciembre próximo un ambiente diferente al de hace seis años.

El 1 de diciembre de 2006, Felipe Calderón se puso la Banda Presidencial entre los gritos y protestas de los legisladores de los partidos políticos de izquierda, luego de las quejas de quien fue su candidato a Los Pinos, Andrés Manuel López Obrador, por el resultado de los comicios.

Esta vez, López Obrador ha anunciado protestas luego de ser derrotado por segunda vez consecutiva en los comicios presidenciales, pero ahora sin tener tantos afines en el Legislativo.

Excélsior publicó el 8 de octubre pasado que hay legisladores que no ocultan su respaldo al ex candidato presidencial, aunque únicamente tiene la lealtad de ocho senadores y una decena de diputados federales.

Aunque 46 por ciento de los senadores de izquierda se asumen abiertamente como aliados o incondicionales de Andrés Manuel López Obrador, sólo ocho de ellos se arrogan plenamente como integrantes del Movimiento de Regeneración Nacional.

Se trata de Manuel Bartlett, David Monreal, Marco Antonio Blásquez, Ana Gabriela Guevara, Layda Sansores, Martha Palafox, Adán Augusto López y Alejandro Encinas.

En tanto que en San Lázaro si bien en el discurso y en sus propuestas los 135 integrantes del llamado Frente Legislativo Progresista se han manifestado por defender la plataforma política del tabasqueño, en la práctica esto no se traduce en una incondicionalidad en cuanto a la filiación partidista.

En consecuencia, entre las curules de San Lázaro, los fieles incondicionales de Morena y su futuro apenas suman una decena, entre ellos Martí Batres, quien anunció su integración al movimiento político de Andrés Manuel López Obrador.

 

Segunda de tres partes

CIUDAD DE MÉXICO, 23 de noviembre.- Es un recuento de programas y también
de más promesas, pero el primer mensaje de un Presidente forma parte de un ceremonial seguido por grandes sectores de la población.


4. El peor día para discursos

Decíamos al principio que casi nunca el discurso inaugural del sexenio de un Presidente ha sido clasificado como el mejor de su autor, no obstante que debe haber sido frecuente que el orador en turno suponga que será una gran pieza o que crea que está obligado a que así lo sea.

Pero la verdad es que casi nunca lo ha sido porque es un discurso que tiene que enfrentarse a muy fuertes desventajas que, difícilmente, pueden ser remontadas.

La primera es que es el peor día para decir discursos, porque es el día que el nuevo Presidente se enfrenta a dos de los peores enemigos que acosan a un político. Esos enemigos son la soberbia y la inexperiencia.

La soberbia porque se trata de un gobernante que viene de un triunfo electoral nacional y de muchos triunfos previos y, muchas veces desconocidos, que lo llevaron a la cumbre política de su nación. Desde luego, no se le pueden regatear los méritos de una victoria que, usualmente, fue dura y difícil. Pero tampoco puede negarse que es difícil desprenderse de la soberbia del triunfalismo.

Además, todavía no han comenzado los reclamos de su pueblo. Toda su interlocución es bella. Todos le piden, todos le sugieren y todos lo elogian. Nadie tiene, todavía, facturas que presentarle ni cuentas que cobrarle. Ése es su gran día, quizá su único gran día. Sus programas todavía no se cancelan, sus promesas todavía no se revocan, sus propósitos todavía no fracasan y sus colaboradores todavía no se equivocan. Tendrán que pasar muchos días de derrota en Los Pinos para ir volviendo a la normalidad de la vida. Pero, por eso, ese gran día, delicioso y paradisiaco, no es bueno para los discursos.

Y la inexperiencia es el otro gran enemigo. Y ése su primer día es, por lógica aristotélica, su día de mayor inexperiencia. Dentro de dos años ya habrá sufrido mucho y ya habrá perdido mucho, pero ya habrá aprendido mucho. Pero este día es todavía blanco y puro. No digo que tonto, porque ningún Presidente mexicano lo ha sido. Pero son distintas la inteligencia y la experiencia. De hecho, la inteligencia nos sirve para aprender rápido. Permite obtener experiencia pronta no para sustituir a la experiencia. Por eso, tampoco es un buen día para los discursos.

Pero, además, ese día el discurso tiene muy poderosos enemigos mediáticos que le impiden lucir y que lo relegan hasta las páginas interiores de los diarios.

El primer enemigo es el gabinete. La noticia del nuevo equipo “mata” a cualquier discurso presidencial. Quizá, también, porque el gabinete es en sí mismo un discurso y, muchas veces, mucho más claro que el de la tribuna. El gabinete dice más que muchas frases. Indica hacia dónde va el gobierno, lo que le importa al Presidente o lo que puede sacrificar, las promesas que va a cumplir y las que va a olvidar. El gabinete es el verdadero tarot de la política. Es la adivinación del futuro de un gobierno.

El segundo enemigo mediático es el evento en sí mismo. El ceremonial, el protocolo, el ritual republicano que, por fortuna, sigue interesando y entusiasmando a grandes sectores de la población, como un síndrome de republicanismo y de institucionalidad.

Y el tercero es la llamada nota-de-color, aquella reseña coloquial que permite al lector ubicarse como si hubiera estado dentro del propio evento y hubiera visto lo que sucedía con todos los asistentes. Este relato de chismorreo es, también, una atracción que suele relegar a la arenga presidencial.

Quizá todo ello junto, más algunas imprevisiones presidenciales, han determinado que, como regla general, tengamos las siguientes constantes en el discurso presidencial inaugural.

Lo primero es que, casi siempre se trata de un discurso indebidamente largo como para ser buen discurso. Recordemos que se trata de una oportunidad que se brinda por cortesía y ésta tiene sus reglas congresionales. El tiempo más largo que se otorga a un congresista para usar la tribuna es de quince minutos, en condiciones y ceremonias muy especiales. Luego entonces, un invitado a hablar debiera no exceder de este tiempo o, cuando mucho, hasta de veinte minutos en total.

Por si fuera poco, un buen discurso político debe ser corto. A mí, en lo personal, me seduce el discurso de siete minutos. Pero si el orador es lo suficientemente genial, puede hacerlo más corto y mejor. El que ha sido considerado, por muchos, como el más grande discurso político de la historia duró, tan sólo, dos minutos y ellos fueron suficientes para decir todo lo que se tenía que decir en esa ocasión y para decirlo con elegante belleza. Sobre ese discurso se han escrito libros y ensayos durante más de siglo y medio.

Lo segundo es que el discurso inaugural se ha destinado a ser un recuento de programas muy aburrido y muy poco emotivo. No olvidemos que el nuevo Presidente lleva, ya para entonces, más de un año hablando de propósitos, programas y promesas. Lo hizo en la contienda interna, en la campaña electoral y en el período poselectoral. Repetir lo dicho es redundancia. Modificarlo sería inconsistencia. Muchas de sus frases que gustaron ya se gastaron. Pasaron del gusto al gasto.

Lo tercero es que casi siempre se trata de un discurso muy ingenuo. No quiero decir que haya sido cínico, pero si es muy promisorio y muy quimérico.

Por ejemplo, ha habido tantos discursos inaugurales donde se asegura que se acabará la corrupción gubernamental. Y quiero suponer que los autores lo creían y no lo fingían. Prefiero creerlos cándidos que sinvergüenzas.

En fin, los discursos inaugurales no son buenos para aprender oratoria salvo en lo que no se debe hacer.

 

5. La ambientación del discurso

El discurso inaugural no se da en el ambiente estéril de un laboratorio, sino en las circunstancias contaminantes de una realidad política. Alrededor de la ceremonia existen esperanzas y preocupaciones nacionales que, muchas veces, son acertadamente percibidas por el orador presidencial y, consecuentemente, su atención es parte esencial de su discurso. Otras más, han sido ignoradas por el protagonista de la fiesta.

Pero repasemos esa ambientación que prevaleció en las tomas de posesión.


Adolfo López Mateos (izquierda) llegó a la Presidencia en la segunda década de desarrollo sostenido, y habló de generar más beneficios.

 


Gustavo Díaz Ordaz, el 1 de diciembre de 1964, se comprometió a generar las condiciones para crear 400 mil puestos de trabajo al año

 

En 1934, Lázaro Cárdenas tuvo al socialismo como el eje central de su discurso. En esto vale detenernos para rectificar una desviación de la óptica histórica. Muchas veces se ha repetido que la pugna Calles-Cárdenas tuvo su origen en las tendencias socialistas del cardenismo. Creo que es equivocado. En primer lugar porque Calles también las tuvo. Muchas de sus acciones tuvieron ese perfil. Sus amigos y asociados políticos más cercanos eran líderes obreros. Y, por último, este discurso inaugural se da en el auge del “Maximato”, cuando Calles es el líder todopoderoso de la nación.

En realidad, la disputa Calles-Cárdenas se da por razones personales y no por cuestiones ideológicas. Pero fue esa disputa la que determinó que el discurso de Manuel Ávila Camacho, en 1940, estuviera impregnado de convocatorias a la unidad nacional.

Para 1946, la institucionalización de la vida nacional fue el ambiente en el que se dio el discurso de Miguel Alemán. Y, en 1952, el tema de la corrupción fue lo que caracterizó la arenga de Adolfo Ruiz Cortines, la cual ha pasado a la historia como una reprimenda al Presidente saliente, aunque la lectura del discurso revela fuertes dosis de alabanza hacia Alemán.

En 1958 el país ya había entrado a su segunda década de desarrollo sostenido y lo que se requería eran las suficientes dosis de estabilidad para hacerlo benéfico. Ese fue el marco en el que se dio el discurso inaugural de Adolfo López Mateos.

Para 1964 el ambiente político mexicano era realmente plácido y no se vislumbraban temas imperativos en la toma de posesión. Así, casi al gusto, Gustavo Díaz Ordaz tomó a la soberanía como un tema interesante en un mundo que afrontaba la Guerra Fría.

Pero, para 1970, esa placidez había desaparecido. Muchos conflictos internos habían revelado al mexicano como un gobierno represor. Había heridas que cerrar y Luis Echeverría se aplicó con un discurso en el que la reconciliación fue nota sobresaliente.

En 1976, José López Portillo asume el mando en medio de la primera crisis económica después de más de veinte años de desarrollo con estabilidad. La injusticia económica es el tema fundamental de su discurso inaugural. Pero la crisis no se resolvería sino, antes al contrario, se agudizaría y Miguel de la Madrid llegaría a la Presidencia, en 1982, afrontando una crisis de proporciones mayores. Eso fue su tema central.

Llegamos a 1988. Carlos Salinas de Gortari asume rodeado de rumores de ilegitimidad electoral. Vicente Fox se había injertado unas “orejas de burro” y Marcos Rascón habría de portar una “cara de cerdo”. Salinas decide que la legitimidad de la gestión subsidiará la de la elección y esa será la ambientación discursiva.

Para 1994 el ambiente político no podía estar más enrarecido. La rebelión en Chiapas, los berrinches de Camacho, el magnicidio de Colosio, el asesinato de Ruiz Massieu, la incertidumbre generalizada fueron el marco de la asunción de Ernesto Zedillo.

Para el 2000, era otra la incertidumbre. Por primera vez, en 70 años, habría un presidente que no era priista. No se sabía cómo iba a funcionar el México del futuro. La transición o la alternancia, como cada quien quiera llamarla, no fue un tema abordado a fondo por Vicente Fox. Se dedicó a otras cosas.

Por último, en 2006, Felipe Calderón no pronunció discurso alguno en el Palacio Legislativo. Tuvo su ceremonia particular en el Auditorio Nacional. El ambiente político había estado cargado de dudas y de incertidumbre. Durante los cinco meses que van de la elección, en julio, a la ceremonia inaugural, en diciembre, los mexicanos primero no sabíamos quien había ganado y, después, no sabíamos si asumiría el cargo.

Esos han sido los ambientes reinantes en los diciembres mexicanos de relevo presidencial. Eso ha sido determinante en el contenido de los respectivos discursos inaugurales.

6. El contenido del discurso


José López Portillo (izquierda) aprovechó el 1 de diciembre de 1976 para perdir ayuda a los críticos, y a sus colaboradores, honradez.

 

Ahora veamos, con mayor detalle, el contenido de los discursos de inauguración. De una manera sintética repasemos los temas que más importancia merecieron de sus autores y que sus escuchas más registraron.

Lázaro Cárdenas abordó el tema de la economía nacional. El mundo empezaba a salir de la pavorosa depresión del 29 y la posibilidad de consolidar un progreso futuro era la esperanza universal. Abordó el problema de la productividad agraria como eje rector de nuestra economía. Se refirió a la situación de los trabajadores. Mencionó el camino hacia una educación socialista. Tocó el tema de la situación de los militares y el posicionamiento del Ejército. Advirtió sobre los riesgos futuros para nuestra diplomacia.

Más adelante hizo referencia a los problemas de la justicia social y a las desigualdades del desarrollo. Manifestó su preocupación por el desempleo. Refrendó su respeto por el estado de Derecho. Por último, invocó la cooperación y la fe de todos los mexicanos.

Manuel Ávila Camacho adoptó ciertos matices místicos. Habló de la necesidad de consolidar espiritualmente a nuestras conquistas sociales. Eran tiempos de inquietud frente al “socialismo-cardenista”. Recién se había fundado el PAN como una respuesta opositora a ello. Recalcó la necesidad de proteger la pequeña propiedad agraria, la expansión de la economía y los valores espirituales.

En 1946, recién terminada la Segunda Guerra Mundial, remitido el fascismo y restablecida la paz, Miguel Alemán proclamó que el suyo sería un gobierno de libertades inviolables. Que no habría superiores ni inferiores. Que se apegaría a la ley y que sería un gobierno para todos, inspirado en el bien común. Esto del “bien común” nos refleja que Carlos Salinas no fue el primero que le “pirateó” esa bandera discursiva a Acción Nacional.

Prometió una elevación del nivel de vida, mayor protección para los trabajadores y para los consumidores. Ofreció arribar a la normalidad monetaria y al control de la inflación. Para terminar dijo que el patrimonio moral es tan grande como el material.

Por su parte, Adolfo Ruiz Cortines señaló que se había consolidado nuestra vida institucional. Que habían terminado las pugnas nacionales. Ofreció aplicarse al equilibrio de nuestros recursos naturales. Que continuaría la reforma agraria. Que habría guerra contra monopolistas y acaparadores. Que fortalecería la economía nacional. Que actuaría con absoluta honradez, moral pública y administrativa. Que ejercería su máxima energía contra los venales.

Alabó la gestión de Miguel Alemán “por su esfuerzo creador, su entusiasmo, su vigor y su patriotismo lo que le ganó el afecto y el respeto de los mexicanos”.

En 1958, Adolfo López Mateos declaró la guerra a “dos enemigos: la pobreza y la ignorancia”. Garantizó una moneda estable y “progreso parejo para todos”. Libertad con orden. Producir más para exportar más. Recalcó la importancia de una educación pública con planeación total. Pidió mayor aportación de la iniciativa privada. Se refirió a un mejor aprovechamiento de los recursos naturales y a una mejor distribución del ingreso. Alabó a Ruiz Cortines y terminó “con la Revolución Mexicana en la conciencia y el imperativo de la ley en la voluntad”.

Gustavo Díaz Ordaz empleó frases como “mucho me ha confiado mi pueblo y sé muy bien que mucho me va a exigir”. Parece que adivinaba. Dijo que siempre haría un “planteamiento sereno de los problemas”. En esto lo traicionó su temperamento. Llamó a cuidar lo conquistado en años. Prometió 400 mil empleos cada año, condicionar la inversión extranjera y estabilidad. Cuidar los bosques, el campo, el turismo y la educación. “Mi voz es la de un ciudadano típico. De la propia entraña del pueblo vengo y a ella he de regresar”.

Luis Echeverría pronunció el más largo discurso inaugural que se haya dicho en México. Duró hora y media, lo cual es un exceso, como ya se dijo. Habló de la excesiva concentración del ingreso como amenaza para el desarrollo. De la injusta distribución de beneficios. Dijo que son incompatibles las carreras de funcionario y negociante. “Llego a la Presidencia de la República sin resentimientos, ambiciones o intereses”. “Vayamos hacia arriba. Vayamos hacia adelante”.

En su turno, José López Portillo manifestó que peligraba la libertad si continuaban los enfrentamientos. Debe usarse la razón en vez de la fuerza, dijo. Curiosamente prometió un gobierno ajeno a la corrupción. De allí lo que digo de la ingenuidad. Luego vino una letanía de disculpas que tuvieron, momentáneamente, cierto efecto teatral pero que, después, se revirtieron contra el autor. “Pido perdón a los desposeídos por no sacarlos aun de su postración”.

También hizo convocatorias-solicitudes disparadas hacia todos lados. “A los empresarios les pido usar la función social de la empresa. A los intelectuales, no sacrificar su talento al prestigio de la soberbia (sic), a los que critican les pido que nos ayuden, a los campesinos y obreros les pido nobleza y dignidad, a mis colaboradores les pido honradez, a los soldados les pido hombría y lealtad, a los desnacionalizados les pido que se vayan y no nos estorben”.

Mencionó que heredaba (sic) un país en crisis, que reestructuraría la banca nacional y mixta (terminaría expropiándola) y que “con el todos y el yo integráramos un nosotros”.

Así llegamos a Miguel de la Madrid. Algunas de sus frases fueron “con sacrificios, pero evitaré que el país se deshaga”. “Se gobierna o se hacen negocios”, en clara alusión a la corrupción precedente. “La banca nacionalizada no será botín político”. “Respetaré y haré respetar la ley”. “No hay derecho contra el Derecho”. Esbozó un plan de diez puntos para la recuperación económica.

Carlos Salinas de Gortari asume en medio de acusaciones de usurpación. Quizá, por eso, se compromete a impulsar una reforma electoral democrática. Señala que la capital mexicana está en crisis de seguridad (ya desde entonces) y que los capitalinos ya están hartos de promesas. Delínea un programa de tres acuerdos nacionales: ampliación de la vida democrática, recuperación económica con estabilidad y mejoramiento productivo con bienestar social.

Ernesto Zedillo habría de señalar que “la pobreza es el lastre más doloroso de nuestra historia”. Anticipa una profunda reforma al sistema de justicia. “México debe ser un país de leyes”. Ofrece concordia y desarrollo para el Sureste. Dice que le indigna la inseguridad y la violencia. Jura honrar el ejemplo de Luis Donaldo Colosio. “El gabinete no es lugar para amasar riquezas”.

De Vicente Fox ya se ha dicho mucho sobre sus discursos. En el inaugural quedaron para el registro de la memoria primero el dirigirse a sus hijos y no a la representación nacional. Segundo, tomar chunga con Juárez. Dijo que “demolería todo vestigio de autoritarismo” y que “compartiría el poder” (sic). “Soy depositario del Ejecutivo no su propietario”. Dijo que gobernaría con Dios y la Guadalupana. “No habrá borrón y cuenta nueva para los grandes corruptos”. Sin embargo, refrendó la permanencia de la educación laica y gratuita, así como la propiedad estatal de Pemex y la CFE.

Por último, Felipe Calderón dijo un discurso en el que, básicamente, llamó de nuevo a la concordia.

Como podrá advertir el amable lector, no hay mucha tela de donde cortar.

 

Tercera y última parte

7. Los coautores del discurso


Miguel de la Madrid Hurtado, en su alocución el 1 de diciembre de 1982. El entonces Presidente contó con la ayuda en sus discursos de Jesús Reyes Heroles, Miguel González Avelar y Sergio García Ramírez

Ahora, ya casi para terminar, platiquemos un poco sobre la autoría. ¿Quiénes han sido los verdaderos autores de los discursos presidenciales? Porque, en todo el mundo, los altos gobernantes no siempre escriben lo que leen ante el público. Y esto no tiene que ver con que sepan hacerlo o no. Pueden ser muy buenos literatos y oradores. Pero no siempre tienen el tiempo para escribir sus propias piezas. Hay Presidentes que tan solo dictan las grandes líneas o confeccionan las frases titulares. Otros, desde luego, ni siquiera eso.

También sucede que el discurso pueda estar dirigido a un público especializado y el autor tenga que ser un conocedor de la materia a tratar. Por ejemplo, hablar ante el gremio de físicos nucleares o ante la comunidad indígena de los rarámuri. Se requiere ayuda para no desbarrar.

Por eso, en ocasiones, hay coautores anónimos que son los que escriben para el gran-jefe. Compartiré los que yo supongo que participaron como tales al lado de cada Presidente mexicano. Subrayo que hubo algunos que lo hicieron con muchos presidentes. Jaime Torres Bodet y Jesús Reyes Heroles fueron consejeros políticos y asesores de discursos de cuatro presidentes, cada uno.

Pues bien, supongo que Lázaro Cárdenas se auxilió de las plumas de Narciso Bassols y de Ignacio García Téllez. El primero, mexiquense, sería secretario de Hacienda y el segundo, guanajuatense, sería Procurador de la República.

Manuel Ávila Camacho fue el primer Presidente que se apoyó en Jaime Torres Bodet, futuro secretario de Educación Pública de su gobierno. Pero, además, creo que contó con Ezequiel Padilla, guerrerense y futuro canciller, así como con José Aguilar y Maya, abogado de Guanajuato y procurador de la República.

Miguel Alemán siguió valiéndose de Torres Bodet, ya para entonces canciller. Pero creo que también escuchaba, en materia de discursos, al campechano Héctor Pérez Martínez, a quien designó como secretario de Gobernación, y al chiapaneco Andrés Serra Rojas, quien fungiría como secretario del Trabajo.

Adolfo Ruiz Cortines fue el tercer Presidente que se benefició de Torres Bodet. Pero, además, tenía cerca a un joven y destacado orador: Adolfo López Mateos, secretario del Trabajo y su sucesor presidencial. Además, su secretario de Hacienda, Antonio Carrillo Flores, era un político e intelectual muy destacado para estas cuestiones.

A su vez, Adolfo López Mateos era un magnífico orador que confeccionaba sus propios discursos. Pero fue el cuarto y último Presidente que contó con Jaime Torres Bodet, secretario de Educación Pública, así como de otro notable orador, el secretario de Gobernación, Gustavo Díaz Ordaz.

Al igual que López Mateos, Gustavo Díaz Ordaz tenía la capacidad suficiente para servirse a sí mismo. Pero, además, fue el primero en servirse de Jesús Reyes Heroles y puede ser que, también, de Antonio Carrillo Flores.

Llega Luis Echeverría y prosigue Reyes Heroles. Pero, además, se agregan las plumas extraordinarias de Mario Moya Palencia, de Porfirio Muñoz Ledo y de Enrique Herrera.

Con José López Portillo continúa Reyes Heroles. Pero creo que también colaboran en los discursos el propio López Portillo, buen orador, así como Alejandro Carrillo Castro.

Miguel de la Madrid sería el último en beneficiarse de Reyes Heroles, quien falleció a medio sexenio. Pero creo que el Presidente contó con el nuevo secretario de Educación Pública, Miguel González Avelar, y con Sergio García Ramírez, procurador de la República.

Carlos Salinas de Gortari tuvo muchas plumas a su servicio. Pero destaco a Patricio Chirinos Calero, José Carreño Carlón, Otto Granados Roldán, Juan Rebolledo Gout y, en ocasiones especiales, a José Francisco Ruiz Massieu.

De Ernesto Zedillo supongo muy pocos datos. Pero algo me dice que siguió utilizando los servicios de Juan Rebolledo y, quizá, de Luis Téllez Kuenzler.

El discurso inaugural de Vicente Fox creo que estuvo dictado por Adolfo Aguilar Zinser, Carlos Abascal Carranza y Jorge Castañeda Gutman.

Por último, he escuchado que Salvador Abascal, desde la Fundación Preciado Hernández, tuvo mucho que ver en el discurso inaugural de Felipe Calderón.

En fin, estas coautorías son meras suposiciones. Desde luego, bien fundamentadas, pero no comprobadas. Podría decir, porque me lo contaron los protagonistas, aunque no atestiguar, porque no me consta si lo que me contaron fue verdad, que Enrique Herrera inventó el “arriba y adelante” y que Alejandro Carrillo inventó “la solución somos todos”. Sin lugar a dudas, las frases fueron muy exitosas. Hay quien dice que fueron lo mejor o lo único bueno del sexenio. Juan Rebolledo es muy discreto y no me confirma, pero tampoco me niega, las horas que destinaba, además de su trabajo oficial, a escribir los discursos de Carlos Salinas.


Adolfo López Mateos escribía sus propios discursos, aunque algunas veces recurrió a Jaime Torres Bodet y Gustavo Díaz Ordaz.

8. El discurso imaginario

Nunca me han encargado ningún discurso presidencial inaugural. Pero, en ocasiones, he pensado cómo creo que debería ser. Breve, de sólo siete a 12 minutos. Conciso, sólo referido al carácter que se le imprimirá a la Presidencia de la República, no a todo el gobierno. Realista, y sólo comprometerse por uno mismo y no por miles de burócratas que no se pueden avalar. Con eso se logra un discurso sincero, sensato y apreciable.

Allá, en mis años juveniles, me resultaba importante la elaboración profesional de discursos. Mi clientela estaba compuesta por varios políticos importantes de ese tiempo. La tarea era muy bien pagada, para bien de mi sufrido presupuesto juvenil y, además, me resultaba muy divertida.

En cierta ocasión me encontraba con un cliente en su imponente oficina, revisando la pieza que me había encargado. Le gustó mucho. Su agrado me satisfizo porque ese cliente era un magnífico orador político. Mi trabajo se debía a su falta de tiempo, no a su incapacidad tribunicia.

Cuando terminamos la revisión y, después de que lo leyéramos en voz alta, primero yo y él después, allí mismo en su oficina me invitó un whisky y nos pusimos a platicar. Me preguntó mi manera personal para hacer un buen discurso. Le contesté que no sabía cuál sería la mejor, pero le referí la que más me acomodaba. Primero, poner en el papel todo lo que los demás quieren escuchar sobre el tema de la ocasión. Segundo, agregarle todo lo que uno debe decir en ese momento. Por último, se puede añadir todo lo que uno quiere decir. Ésos son los ingredientes. Ahora, vamos a las dosis.

Para ello, parafraseando a Miguel Ángel, debemos borrar todo lo que sobra. Lo primero es quitar todo aquello que está de más porque no lo quieren oír ni de nosotros ni de nadie. Todo aquello que nos muestre mentirosos, cínicos, irresponsables, inconscientes, miedosos, interesados, abusivos, egoístas, débiles o menores.

En segundo lugar, eliminar lo que no debemos decir ni allí o, quizá, nunca. Lo que lastima innecesariamente. Lo que revela lo guardado secretamente. Lo que se anticipa indebidamente. Lo que asusta imprudentemente. Lo que se predice tontamente.

Y, por último, en tercer lugar, utilizar la autocrítica más franca sobre nuestros gustos y deseos discursivos. Con ella, eliminar nuestras frases huecas, tontas o inútiles.

Si después de esto queda algo, ése es el discurso. Ya tenemos algo que, seguramente, será bueno y apreciado. Si no queda nada que quieran escuchar y nada de lo que debemos decir, olvidémonos de lo que queremos decir y preparémonos para guardar silencio.

En fin, el día presidencial inaugural tiene discurso. Tan cómodo que sería sin ello. El nuevo Presidente no sufriría en decirlo ni los asistentes en escucharlo. Pero nunca hay dicha completa. Si eres Presidente tienes que ponerte a hablar, y si eres invitado tienes que escuchar. Total, pasa pronto y pronto se olvida.

 

 


En la redacción de sus discursos, Carlos Salinas de Gortari tuvo el auxilio de varios personajes, como Patricio Chirinos, José Carreño Carlón, Otto Granados y José Francisco Ruiz Massieu


En su discurso del 1 de diciembre de 1994, Ernesto Zedillo Ponce de León recordó a Luis Donaldo Colosio.


Fotos ArchivoExcélsior

 

*Abogado y político.

Presidente de la Academia Nacional, AC.

w989298@prodigy.net.mx

Twitter: @jeromeroapis

2012-11-24 11:00:00