En días pasados se llevó a cabo
en Puebla el Congreso Nacional de la Asociación Nacional de Alcaldes A.C.
(ANAC), siendo Luis Felipe Bravo Mena, un histórico dirigente del Partido
Acción Nacional, quien estuvo a cargo de la conferencia magistral del evento. Entre
los temas expuestos en su excelente intervención, se desprendió una idea sustancial:
aunque se ha sostenido que la deformación de la política es un rasgo del siglo
XXI, que han caído las ideologías y los paradigmas del siglo pasado, todavía
existe una pugna entre la política con base en la moral y la política con base
en el pragmatismo. Así, con todo y que la conferencia de Bravo Mena tocó varios
puntos, la idea referida desprende un debate interesante de la filosofía política:
Maquiavelo y el pragmatismo contra la moral y el deber ser.
Hablar de Maquiavelo y sus
detractores, obliga a consultar textos que hayan criticado la obra del autor de
El Príncipe. Un autor que trabajó de
manera crítica en ese sentido, fue Federico II El Grande de Prusia. En el año
1740, traducido al español cinco años después, se publicó el libro El Anti Maquiavelo, en el cual el rey y
pensador Federico II de Prusia hace una rotunda crítica moralista –o como él la
llama, humanista–, sobre el trabajo de corte pragmático y realista de
Maquiavelo. En su libro, Federico II toma cada uno de los capítulos de El Príncipe y los critica, sobre todo en
relación a la moral humanista que carecen los postulados de Maquiavelo.
En tal sentido, el Anti Maquiavelo comienza así: “El Príncipe de Maquiavelo es a la ética
lo que la obra de Spinoza es a la fe. Spinoza vació la fe de sus aspectos
fundamentales y resecó el espíritu de la religión; Maquiavelo corrompió a la
política y se dedicó a destruir los preceptos de la sana moral”. El autor reprocha
a Maquiavelo por propiciar la tiranía, entre otras cosas, y de El Príncipe examina los tres modos
legítimos, que establece Nicolás Maquiavelo, para convertirse en el gobernante
de un país: la sucesión hereditaria; la elección por el pueblo allí en dónde
está establecido el derecho electoral, y; la conquista de territorios enemigos,
cuando la misma es el resultado de una guerra librada legítimamente.
En primer término, Federico II no
se diferencia de Maquiavelo. Al decir que la monarquías hereditarias son las
más fáciles de gobernar, no hay diferencia entre los dos autores. Pero éstos sí se
diferencian entre sí en cuanto a la manera de consolidar o preservar el dominio
en los territorios conquistados. Dice el autor del Anti Maquiavelo, “de acuerdo con la opinión de Maquiavelo, no hay
mejor forma de preservar un Estado recién conquistado que destruyéndolo. Esta
sería la manera más segura de no tener que temer una revuelta… Maquiavelo nos
dice que un príncipe debe destruir al país libre recientemente conquistado para
poder conservarlo con tanta mayor seguridad. Pero me pregunto: ¿para qué se
emprendió la conquista en primer lugar? Se me dirá que fue para aumentar su
poder y para hacerlo más temible. Pues precisamente eso es lo que quería oír
para demostrar que – de acuerdo con los propios principios propuestos por
Maquiavelo – lo que se logra es exactamente lo opuesto. Porque la conquista le
ha costado mucho y destruyéndola lo único que logra es aniquilar al país que
podría haberlo compensado de las pérdidas. Habrá de serme concedido que un país
asolado, despojado de sus habitantes, no puede hacer poderoso a un príncipe”.
Como este tipo de análisis son
los que se encuentran en este trabajo crítico a El Príncipe. Federico II de
Prusia, alrededor de doscientos años después de la aparición de El Príncipe,
critica a Maquiavelo por su modo tiránico de ver la política y el gobierno, por
su ego contrario a cualquier mesura digna de un gobernante humanista. Entre
otras cosas, estos son los temas que siempre han ocupado a la política y, como
lo expuso Luis Felipe Bravo Mena en día pasados, con el transcurrir del tiempo
las cosas cambian pero no en lo fundamental.