domingo, 6 de octubre de 2013

El pragmatismo y la moral en la política: Maquiavelo y sus detractores.


En días pasados se llevó a cabo en Puebla el Congreso Nacional de la Asociación Nacional de Alcaldes A.C. (ANAC), siendo Luis Felipe Bravo Mena, un histórico dirigente del Partido Acción Nacional, quien estuvo a cargo de la conferencia magistral del evento. Entre los temas expuestos en su excelente intervención, se desprendió una idea sustancial: aunque se ha sostenido que la deformación de la política es un rasgo del siglo XXI, que han caído las ideologías y los paradigmas del siglo pasado, todavía existe una pugna entre la política con base en la moral y la política con base en el pragmatismo. Así, con todo y que la conferencia de Bravo Mena tocó varios puntos, la idea referida desprende un debate interesante de la filosofía política: Maquiavelo y el pragmatismo contra la moral y el deber ser.

Hablar de Maquiavelo y sus detractores, obliga a consultar textos que hayan criticado la obra del autor de El Príncipe. Un autor que trabajó de manera crítica en ese sentido, fue Federico II El Grande de Prusia. En el año 1740, traducido al español cinco años después, se publicó el libro El Anti Maquiavelo, en el cual el rey y pensador Federico II de Prusia hace una rotunda crítica moralista –o como él la llama, humanista–, sobre el trabajo de corte pragmático y realista de Maquiavelo. En su libro, Federico II toma cada uno de los capítulos de El Príncipe y los critica, sobre todo en relación a la moral humanista que carecen los postulados de Maquiavelo.

En tal sentido, el Anti Maquiavelo comienza así: “El Príncipe de Maquiavelo es a la ética lo que la obra de Spinoza es a la fe. Spinoza vació la fe de sus aspectos fundamentales y resecó el espíritu de la religión; Maquiavelo corrompió a la política y se dedicó a destruir los preceptos de la sana moral”. El autor reprocha a Maquiavelo por propiciar la tiranía, entre otras cosas, y de El Príncipe examina los tres modos legítimos, que establece Nicolás Maquiavelo, para convertirse en el gobernante de un país: la sucesión hereditaria; la elección por el pueblo allí en dónde está establecido el derecho electoral, y; la conquista de territorios enemigos, cuando la misma es el resultado de una guerra librada legítimamente.

En primer término, Federico II no se diferencia de Maquiavelo. Al decir que la monarquías hereditarias son las más fáciles de gobernar, no hay diferencia entre los dos autores. Pero éstos sí se diferencian entre sí en cuanto a la manera de consolidar o preservar el dominio en los territorios conquistados. Dice el autor del Anti Maquiavelo, “de acuerdo con la opinión de Maquiavelo, no hay mejor forma de preservar un Estado recién conquistado que destruyéndolo. Esta sería la manera más segura de no tener que temer una revuelta… Maquiavelo nos dice que un príncipe debe destruir al país libre recientemente conquistado para poder conservarlo con tanta mayor seguridad. Pero me pregunto: ¿para qué se emprendió la conquista en primer lugar? Se me dirá que fue para aumentar su poder y para hacerlo más temible. Pues precisamente eso es lo que quería oír para demostrar que – de acuerdo con los propios principios propuestos por Maquiavelo – lo que se logra es exactamente lo opuesto. Porque la conquista le ha costado mucho y destruyéndola lo único que logra es aniquilar al país que podría haberlo compensado de las pérdidas. Habrá de serme concedido que un país asolado, despojado de sus habitantes, no puede hacer poderoso a un príncipe”.


Como este tipo de análisis son los que se encuentran en este trabajo crítico a El Príncipe. Federico II de Prusia, alrededor de doscientos años después de la aparición de El Príncipe, critica a Maquiavelo por su modo tiránico de ver la política y el gobierno, por su ego contrario a cualquier mesura digna de un gobernante humanista. Entre otras cosas, estos son los temas que siempre han ocupado a la política y, como lo expuso Luis Felipe Bravo Mena en día pasados, con el transcurrir del tiempo las cosas cambian pero no en lo fundamental.