Es cuando menos interesante el que en México se esté debatiendo y
reflexionando sobre reformas al sistema político. Reformas en y al sistema, no
de éste como sucede en los países que integran el ALBA bolivariano. El Pacto
por México, el acuerdo tipo La Monclova de puntos básicos a tratar en la agenda
pública, que los tres partidos más importantes del país firmaron con el poder
ejecutivo federal, contiene lo que se denomina “la reforma política”. Los
partidos en el Congreso de la Unión también tienen el tema, aunque con
variantes. Inclusive, varias de las asignaturas enmarcadas en la llamada
reforma política están en la agenda nacional desde el sexenio pasado. Entonces,
sin priorizar qué paquete de reformas tiene que ser pensada y discutida
primero, la reflexión sobre las enmiendas que se proponen a la política es necesaria
para un ítem fundamental para el estado de la democracia en México.
Vale decir que todas las reformas
que se proponen en temas electorales, administrativos, financieros o
hacendarios, de medios de comunicación, educación, penales, etcétera, son
políticas en tanto impactan en la vida y gestión del poder, es decir, en la
política misma. No obstante, la llamada reforma política bien puede ser
titulada así porque agrupa reformas en leyes y normas que regulan los procesos
electorales, el comportamiento de los partidos, entes administrativos y de gestión
del Estado, entre otros temas que comúnmente son etiquetados como asuntos de la
política con mayúscula. Así, más allá de la reforma política en su versión Senado
de la República o Pacto por México –ya dividido en tres ejes: reforma
secundaria en materia electoral, ley de partidos políticos y régimen político–,
un tema básico es la reelección de legisladores y alcaldes.
Plantear la reelección es un
asunto con muchas aristas. Una de estas es que los partidos políticos se ven
afectados porque pierden poder ante legisladores o alcaldes, quienes se vuelven
más independientes del aparato del partido. Esto puede contraer cambios en los modelos
de partidos, entre otras cosas. Por ejemplo, al salir de campaña repetidas
veces para el mismo puesto y en el mismo distrito, así como al tener mayor
cercanía y capacidad de gestión que el partido ante determinadas comunidades de
un distrito dado, los cuadros políticos ganan peso sobre los partidos. Es
decir, entre otras cosas, los políticos que ostentan cargos de representación,
independientemente de la división de puestos jerárquicos que cada partido
acuerde o designe para ellos, toman preponderancia frente a sus respectivos
partidos, su burocracia y dinero. Esto choca con un fundamento de la actual
democracia mexicana, que se podría esquematizar en que los partidos políticos
sistémicos, medianamente institucionalizados y fuertes sostienen a los sistemas
de partidos y electoral, en los que a su vez descansa la democracia todavía en
transición.
Así, aunque la reelección
debilita a los partidos frente a los políticos que son representantes de la
ciudadanía –“parlamentarios”, en términos del clásico Maurice Duverger–, esta juega
un papel central para cualquier democracia minimalista: potencia el valor y
peso del voto. Es decir, en teoría, la reelección empodera al ciudadano y efectiviza
el principal instrumento de participación –el sufragio–, lo cual no es menor en
una democracia liberal, de corte minimalista. Las democracias liberales,
minimalistas, elitistas, schumpeterianas o pluralistas asignan un valor
fundamental a las elecciones libres y competidas. Justamente, se llaman
minimalistas porque el mecanismo más importante para legitimar y legalizar un gobierno
democrático es mínimo, ya que se da en las urnas y en el origen del gobierno,
no tanto en la gestión. En tal sentido, instrumentos para efectivizar el voto
son torales para la calidad de este tipo de democracia.
Con todo y que en los últimos
años han habido intentos y acciones en pro al gobierno abierto, es decir, a una
democracia un tanto más maximalista, con distintos instrumentos de gobernanza y
rendición de cuentas que pugnen por hacer que la democracia de las urnas sea
trasladada a la gestión, el núcleo del sistema democrático liberal que rige en
países de occidente sigue siendo minimalista. Entonces, hablar de reelección no
es un tema menor. Al existir la posibilidad de la reelección, muchos de los
políticos que ostentan puestos de elección popular se verán ante la opción de
reelegirse en su cargo, lo que en teoría significa confrontarse ante el escrutinio
público para evaluar su trabajo. Esto pudiera abonar a la rendición de cuentas
vertical, la primordial en el sistema democrático que México tiene.
Sin dudas que el tema de la
reelección conlleva muchas aristas y dicotomías. Incluso, también debería contemplarse
la reelección del presidente de la república, la periodicidad de las
reelecciones y los tiempos de gestión. Pero, por el momento, eso sería
demasiado pedir. El asunto está muy arraigado en la cultura política mexicana y
se acuña con el lema de la revolución “sufragio efectivo, no reelección”, mismo
que el priismo amoldó para que el principio deviniera en generaciones de políticos
chapulines. Dejando de lado lo anterior, la reelección de alcaldes, diputados
locales y federales, así como de senadores es importante y está en puerta, por
lo que se necesitarán distintas opiniones para matizar un tema que no es sencillo
y ni siquiera es avalado por muchos académicos, políticos y ciudadanos.