jueves, 18 de noviembre de 2010

100 años de la revolución: ¿Y el tren?

En estos días que se conmemoran los cien años de aquello que vino a ser la revolución mexicana, afloran todo tipo de interpretaciones y opiniones al respecto. Ya sea sobre los líderes, los sucesos o sobre el legado de la revolución, el ejercicio de pensar sobre la revolución, en estos días, está en boga. Así, un tema interesante para sumar a esta charla centenaria, entre tantos otros, es la relación existente entre la revolución y el ferrocarril. ¿Se hubiese dado la revolución sin el tren?

Como lo recreara Rafael F. Muñoz en Vámonos con Pancho Villa (1935) y tantos otros relatos de la revolución, la relación que guardaron las líneas férreas y los ejércitos revolucionarios fue inmensa. El tren lo fue todo para la revolución: el traslado del armamento, de los caballos, los cañones, los víveres, los ejércitos, etcétera; sin el tren, la bola hubiese sido imposible, o prácticamente inoperante como movimiento armado. Igualmente, gracias al tren, los revolucionarios pudieron tender emboscadas al ejército federal o decomisar cargas de dinero, porque todo se transportaba sobre rieles. Y es curioso, pero así como los revolucionarios se sirvieron del ferrocarril, al llegar al poder, y conforme pasaron los gobiernos revolucionarios, éstos dejaron de lado al tren.

Sobre este tema, en el libro El juicio (Grijalbo, 1984), Carlos Loret de Mola –el abuelo de Loret de Mola de Televisa– traza una crítica muy buena. En un apócrifo diálogo entre Quetzalcóatl, Porfirio Díaz, Madero, Huerta, Obregón, Calles, Cárdenas, Ruíz Cortines, López Meteos y Díaz Ordaz para enjuiciar a López Portillo, también apócrifamente presente, este periodista y escritor yucateco –que también fue político y llegó a ser gobernador de su estado– critica que los revolucionarios no hayan cuidado la herencia que don Porfirio les había dejado con los trenes.

En el citado diálogo imaginario se pueden encontrar muchas críticas a la revolución. Precisamente, en uno de los pasajes de la plática que hace a este clásico, Porfirio Díaz toma la palabra y dice que los herederos de la revolución y sus líderes no supieron cuidar y desarrollar los ferrocarriles. En tal sentido, don Porfirio dice que ése fue el peor error de la descendencia revolucionaria: no invertir en el ferrocarril para usarlo como principal medio de comunicación y plataforma para el desarrollo, tal como él lo había hecho. Quetzalcóatl asiente y López Portillo, hablando por todos los demás, defiende lo indefendible diciendo que hubieron cosas peores producto de la revolución. Así, más allá del error ferroviario, el apócrifo Quetzalcóatl dice que, para ser precisos, la peor herencia de la revolución fue el híper-presidencialismo priísta.

Pero la observación que Loret de Mola le hace esgrimir a Porfirio Díaz es correcta: el ferrocarril fue la base del progreso en el porfiriato, y no hubiese sido malo que, en lugar de extinguirlo, los subsiguientes gobiernos emanados de la revolución y del PRI hubiesen desarrollado el ferrocarril, como por ejemplo lo hicieron los Estados Unidos y otros países desarrollados. Sin dudas que la historia hubiese sido otra, ya que el país se hubiese relacionado más entre sí y el centralismo no hubiese sido la pauta para el desarrollo demográfico.

Con todo, la crítica sobre los ferrocarriles y la revolución que Loret de Mola hace en su libro El juicio es interesante de traer a colación: los revolucionarios se sirvieron del tren para, luego, pasarlo al olvido, lo cual fue un error. Así, tratando de responder a la pregunta que abrió este artículo, se puede decir que, sin el tren la revolución no hubiese sido fácil o realizable. Por otro lado, se puede pensar que, desde que desapareció el tren, los problemas para comunicar la zona conurbada de Puebla se han complicado cada vez más. En fin, quizá la relación entre la revolución y el ferrocarril sea un tema a tener en cuenta a la hora de pensar en el centenario de lo que iniciaran Francisco I. Madero, los hermanos Serdán y tantos otros héroes, como Villa y Zapata.
¿Cómo iban a viajar estos revolucionarios, si no?

viernes, 5 de noviembre de 2010

Impresiones del Estado laico en Puebla, México y el mundo

La Constitución Política del Estado Libre y Soberano de Puebla fue reformada el pasado jueves 28 de octubre. En sesión del pleno del Congreso del Estado se modificó el Artículo 2, el cual establece qué forma de gobierno adopta la Entidad. Además de decir que el Estado es republicano, representativo y popular, ahora se hace explícito que es laico. Una primera impresión de esta reforma es que, no habiendo un Estado teocrático en Puebla y en cambio habiendo, de hecho y de derecho, un Estado laico –resguardado por las libertadas y garantías individuales plasmadas en la Constitución–, modificar una artículo constitucional que no presentaba problemas para la democracia y que, en cambio, tensa el ambiente político, puede ser poco oportuno. Otra impresión es que se confirma un recurrente hecho histórico mexicano: en México, a diferencia de lo que ocurre en otros países latinos europeos y americanos, siempre ha existido una atención recurrente y recelosa, por decirlo de alguna manera, en relación a la laicidad del Estado. Así, con todo lo que significa la separación del Estado y la Iglesia para la historia mexicana y para el orden político, la interesante discusión que tomó lugar en el parlamento local, y que duró un par de intensas horas, seguramente no acabará allí.



Primera impresión:

Entre los argumentos que se dieron para la reforma constitucional, se dijo que si bien en la máxima ley local nunca hubo algún tipo de connotación religiosa o que dijese que la fe católica es la oficial del Estado, ahora se hace explícito que éste es laico. “La separación Iglesia-Estado es vital para el desarrollo de un Estado democrático y liberal”, se dijo y resaltó la continuidad histórica de esta modificación constitucional con lo que iniciara Juárez. “Lo que se busca es reafirmar la neutralidad religiosa del Estado”, palabras más palabras menos podría sintetizarse la idea-fuerza de la reforma. Pero en ese texto no se incluyó que también se asegure la libertad religiosa, es decir, el respeto por la diversidad de credos y la posibilidad de que éstos existan y se practiquen. Esto alzó, por lo menos, una controversia en la votación de la reforma constitucional: además de tocar un tema que no presentaba problemas para el desarrollo del Estado democrático y liberal en Puebla, ahora el texto constitucional se presta para la confusión en torno a los límites de un Estado laico y uno ateo. No es un tema menor y seguramente tendrá repercusiones jurídicas importantes.

Ahora bien, no hay dudas que la laicidad del Estado es fundamental para un sistema político republicano, democrático y liberal. Por lo mismo, con todo y que la religión católica es la más importante de México y Puebla, después de las Leyes de Reforma nadie ha dudado de la implementación de la máxima, “al Cesar lo que es del Cesar y a Dios lo que es de Dios”. Cuando gente de Calles y Cárdenas lo dudaron, a finales de la década del 20, los muertos cristeros rebasaron a los revolucionarios en mucho menos tiempo. (Como dato curioso, en la parroquia de Santa María de la Asunción, en el zócalo de Amozoc, yace como testimonio una placa que firma “Viva Cristo Rey”). Es decir, y por supuesto que esto es sólo una opinión al respecto y no se ve nada factible que pudiese haber un resurgimiento de los cristeros, no se entiende claramente la necesidad, la urgencia y el sentido de oportunidad de esta reforma, y más teniendo en cuenta los costos que acarrea en términos políticos, justo en medio de inéditos tiempos de transición y alternancia de gobierno.



Segunda impresión:

Buscando considerar el asunto desde distintos ángulos, habría que tomar en cuenta la comparación histórica con otros países que también profesan una fe católica importante. Para hacer una comparación que a lo mejor sea un poco osada en términos científicos pero que es interesante, la Iglesia católica, o más bien el Vaticano en tiempos del Papa Pio XII, fue determinante para que en la Italia de la posguerra el comunismo no ganase las elecciones de 1948. Pasar del fascismo al comunismo, de Mussolini al partido satélite de Stalin, hubiese significado un golpe colosal para la recién reunificada república italiana y la región. Pero la Democracia Cristiana ganó la histórica elección e Italia se convirtió en una democracia y potencia económica.

Mucho se ha debatido sobre aquella elección histórica de 1948: que fue la primera misión encubierta de la CIA en la Guerra Fría; que la mafia sureña brindó su apoyo para frenar liderazgos comunistas; que los Estados Unidos financió la campaña de los demócratas cristianos; que el Vaticano favoreció el discurso anti comunista; etcétera, etc. Pero la intervención del Vaticano, que estaba preocupada por la llegada del comunismo, es decir, del ateísmo y el cese del Tratado de Letrán –que estableció la autonomía del Estado Vaticano en Roma–, en definitivas coadyuvó a que se estableciera una democracia liberal en Italia.



Conclusión tentativa y parcial:

Este ejemplo puede servir para tomar en cuenta que no necesariamente la Iglesia es contraria a la instauración y desarrollo de un Estado democrático, laico, plural, liberal, etcétera. Asimismo, se puede ver que, quizá como en ningún otro país, en México la no intromisión de la Iglesia en la política es causa de un conflicto político muy enraizado y a veces desdibujado, tanto en la historia como en la actualidad. Este hecho, y bienvenido porque es parte de la democracia, aunque parezca mentira crispa el ambiente político y puede perjudicar el avance de legislaciones y políticas eficaces, eficientes y, por sobre todo, prioritarias. Al tiempo, tiempo.