domingo, 27 de mayo de 2012

2012: ¿campaña o guerra sucia?

Pasó el primer debate entre los candidatos a la presidencia de la república y algo está claro a estas alturas de la campaña presidencial: falta discusión de fondo. Mucho se ha dicho sobre el debate y de lo que va de la campaña, pero parecería que se habla más de la forma que del fondo de los eventos políticos. Un tema llamativo, es la supuesta campaña o guerra sucia del PAN y el PRD contra el PRI, que ha hecho de estas campañas un soliloquio. En corto, la negativa del PRI a contestar a sus adversarios, con la escusa de que éstos promueven una campaña o guerra sucia que encona al país, hace necesaria una reflexión básica: una campaña no es una guerra y, por lo tanto, una campaña sucia no es una guerra sucia.  
Una campaña sucia no es que un candidato diga cosas poco onerosas sobre sus adversarios; una campaña sucia se puede ejemplificar con el escándalo de Watergate, no con el mote de un peligro para México o con la acusación que un candidato puede hacer hacia otro al decir que es un mentiroso. Watergate fue el nombre con que se conoció en los Estados Unidos y el mundo las maniobras desleales que el gobierno de Nixon y el partido republicano llevaron a cabo contra el partido demócrata y su candidato, George McGovern, en las elecciones presidenciales de ese país, en 1972. Nixon y sus allegados formaron el Comité para Re-elegir al Presidente (CRP), que fue el grupo que organizó las infiltraciones en equipos de campaña, las maniobras para desactivar actos públicos del candidato demócrata en diferentes ciudades del país, la intervención de teléfonos y correspondencia, entre muchas otras tácticas claramente ilegales para unas elecciones democráticas.
Con todo y que el CRP interfirió teléfonos, desactivó actos proselitistas e infiltró oficinas del partido demócrata –de hecho, el Watergate era el hotel en Washington D.C. donde los demócratas tenían sus oficinas nacionales de campaña–, aquel escandalo fue digno de una campaña sucia, no de una guerra sucia. Es decir, el Watergate fue muy diferente al Irangate o la guerra de los Contras versus el Frente Sandinista de Liberación Nacional en los años ochenta.

Una Guerra Sucia fue lo que sucedió, por ejemplo, en México durante los años sesenta y setenta. En aquellos años el Estado financiaba grupos paraestatales armados para desarticular a los grupos guerrilleros, que en su mayoría eran comunistas. La guerra era armada porque varios grupos políticos de aquellos años habían tomado las armas como la manera para abrirse paso al poder. Quizá esto sucedió porque no se entendía a la democracia de la manera que se entiende hoy, ni del lado del Estado ni de los grupos políticos de izquierda. Como quiera que sea, una guerra sucia no tiene nada que ver con una campaña sucia, como se quiere insinuar por algunos analistas de la actualidad política.  

Con lo dicho, vale la pena pensar en la campaña que está haciendo el PRI, el delantero en las encuestas, y cómo impacta eso en la calidad democrática de la contienda. La estrategia que en esta campaña ha usado principalmente el PRI y su candidato a la presidencia, es no responder a los cuestionamientos de sus adversarios. La excusa dice que eso sería caer en una campaña sucia o guerra sucia que divide y encona al país. Sin respuestas por parte de los priistas y el puntero de las encuestas, cuando sus adversarios los increpan, la campaña presidencial se limita a una serie de compromisos electorales que bien se pueden sintetizar en un spot de treinta segundo. Así, pasado el mes de campaña y el primer debate organizado por el IFE, el PRI, el que lleva la delantera en las encuestas, se limitó a un monólogo que, bajo la escusa o la sombra de las campañas sucia o, indistintamente, de la guerra sucia de sus adversarios, tiene como rehén el debate de fondo entre los candidatos.