Pasó el primer debate entre los candidatos a la presidencia de la
república y algo está claro a estas alturas de la campaña presidencial: falta discusión
de fondo. Mucho se ha dicho sobre el debate y de lo que va de la campaña, pero
parecería que se habla más de la forma que del fondo de los eventos políticos.
Un tema llamativo, es la supuesta campaña o guerra sucia del PAN y el PRD
contra el PRI, que ha hecho de estas campañas un soliloquio. En corto, la
negativa del PRI a contestar a sus adversarios, con la escusa de que éstos
promueven una campaña o guerra sucia que encona al país, hace necesaria una
reflexión básica: una campaña no es una guerra y, por lo tanto, una campaña
sucia no es una guerra sucia.
Una campaña sucia no es que un
candidato diga cosas poco onerosas sobre sus adversarios; una campaña sucia se
puede ejemplificar con el escándalo de Watergate,
no con el mote de un peligro para México o
con la acusación que un candidato puede hacer hacia otro al decir que es un mentiroso.
Watergate fue el nombre con que se
conoció en los Estados Unidos y el mundo las maniobras desleales que el
gobierno de Nixon y el partido republicano llevaron a cabo contra el partido
demócrata y su candidato, George McGovern, en las elecciones presidenciales de
ese país, en 1972. Nixon y sus allegados formaron el Comité para Re-elegir al
Presidente (CRP), que fue el grupo que organizó las infiltraciones en equipos
de campaña, las maniobras para desactivar actos públicos del candidato
demócrata en diferentes ciudades del país, la intervención de teléfonos y
correspondencia, entre muchas otras tácticas claramente ilegales para unas
elecciones democráticas.
Con todo y que el CRP interfirió
teléfonos, desactivó actos proselitistas e infiltró oficinas del partido
demócrata –de hecho, el Watergate era
el hotel en Washington D.C. donde los demócratas tenían sus oficinas nacionales
de campaña–, aquel escandalo fue digno de una campaña sucia, no de una guerra
sucia. Es decir, el Watergate fue muy
diferente al Irangate o la guerra de
los Contras versus el Frente Sandinista de Liberación Nacional en los años
ochenta.
Una Guerra Sucia fue lo que
sucedió, por ejemplo, en México durante los años sesenta y setenta. En aquellos
años el Estado financiaba grupos paraestatales armados para desarticular a los
grupos guerrilleros, que en su mayoría eran comunistas. La guerra era armada
porque varios grupos políticos de aquellos años habían tomado las armas como la
manera para abrirse paso al poder. Quizá esto sucedió porque no se entendía a
la democracia de la manera que se entiende hoy, ni del lado del Estado ni de
los grupos políticos de izquierda. Como quiera que sea, una guerra sucia no
tiene nada que ver con una campaña sucia, como se quiere insinuar por algunos
analistas de la actualidad política.
Con lo dicho, vale la pena pensar
en la campaña que está haciendo el PRI, el delantero en las encuestas, y cómo
impacta eso en la calidad democrática de la contienda. La estrategia que en
esta campaña ha usado principalmente el PRI y su candidato a la presidencia, es
no responder a los cuestionamientos de sus adversarios. La excusa dice que eso
sería caer en una campaña sucia o guerra sucia que divide y encona al país. Sin
respuestas por parte de los priistas y el puntero de las encuestas, cuando sus
adversarios los increpan, la campaña presidencial se limita a una serie de
compromisos electorales que bien se pueden sintetizar en un spot de treinta segundo.
Así, pasado el mes de campaña y el primer debate organizado por el IFE, el PRI,
el que lleva la delantera en las encuestas, se limitó a un monólogo que, bajo
la escusa o la sombra de las campañas sucia o, indistintamente, de la guerra
sucia de sus adversarios, tiene como rehén el debate de fondo entre los
candidatos.