domingo, 30 de octubre de 2011

El análisis postelectoral del consultor político Jaime Duran Barba

La apabullante victoria de Cristina Fernández en las elecciones presidenciales fue fruto de los aciertos de su gobierno y de las decisiones equivocadas que los principales referentes de la oposición tomaron durante la campaña y que los llevaron al desastre. El experto en campañas políticas Jaime Duran Barba explica aquí por qué es un error creer que la izquierda fue la gran ganadora de los comicios, que arrojaron una sorprendente paradoja: la Presidenta que iba en busca de la reelección apareció como lo nuevo, mientras sus adversarios, que defendían el cambio, lucían arcaicos.

Por Jaime Durán Barba*

Perfil - 30/10/11

 
Existe una enorme distancia entre las interpretaciones políticas basadas en el deseo y el análisis objetivo. Los entusiasmos y prejuicios ideológicos condujeron a los dirigentes opositores a tomar decisiones equivocadas que los llevaron al desastre.

La prensa extranjera destacó el triunfo de Cristina Kirchner y el crecimiento del socialismo como segunda fuerza del país. Algunos artículos harían creer que el acorazado Potemkim llega al Río de la Plata mientras los nuevos votantes de Binner forman soviets de obreros y soldados en Palermo y Recoleta. No saben que esos barrios no son proletarios, sus habitantes odian al socialismo, apoyaron a Duhalde en las primarias y votaron después por Binner para detener a la izquierda.

Los análisis equivocados se quedan en los membretes y no van a lo concreto. Muchos privilegian los conceptos “izquierda” y “derecha” para analizar las elecciones a pesar de la confusión que provocan esos términos. Alfonsín se sentía de izquierda. Empezó diciendo que “Macri era su límite”, cerró un acuerdo con De Narváez, a quien tal vez consideraba izquierdista porque le dicen “Colorado”, rompió con Binner que se creía más de izquierda. Gastaron toneladas de papel para medir el mundo con el izquierdómetro. Nunca se preguntaron qué tan importante es este tema para los electores.

En una encuesta realizada en agosto, el 4% de los argentinos dijo que quería que el próximo gobierno sea de izquierda y el 8% que sea de derecha. En México, en octubre, un 17% prefirió a la izquierda y un 10% a la derecha. Los demás dijeron que no tenían ningún interés en esa discusión que no dejaba dormir a los candidatos.

La política no es marketing, ni publicidad, tiene que ver con lucha por valores, pero la discusión actual no es la de principios del siglo XX.

La libertad, la democracia, las garantías a las minorías, la separación de las religiones del Estado, la libertad de prensa, el respeto a los derechos de las mujeres y a las diversidades de todo orden, son componentes de la mentalidad progresista, a la que se oponen gobiernos oscurantistas como la teocracia iraní, respaldada por muchos que usan el membrete de la izquierda arcaica.



Convocatoria a la oposición. En enero pasado, reiterados análisis basados en investigaciones objetivas dijeron que Cristina Fernández se encaminaba a un triunfo contundente. La única posibilidad de enfrentarla era conformando una alianza. Mauricio Macri decidió convocar públicamente a los dirigentes de oposición a un diálogo para estudiar esa posibilidad, deponiendo sus aspiraciones personales, a pesar de que era el candidato mejor posicionado en las encuestas. La suya fue una actitud racional y generosa. Nadie respondió al llamado.

Sin ningún fundamento objetivo, todos los precandidatos creían que les sobraban votos. Aunque ninguno de ellos había militado en un proyecto realmente de izquierda, su pureza revolucionaria les impedía conversar. Fue así como llegaron a las elecciones muchos opositores, sin que nunca se haya constituido una oposición.

El socialista Hermes Binner ocupó el segundo lugar con el 17% de los votos, siete más que en las primarias. En esas elecciones Eduardo Duhalde obtuvo un 12% que se desmoronó en dos meses al 6%.

Los votantes transitaron súbitamente de la derecha a la izquierda sobre todo en barrios porteños en los que Macri llegó en las elecciones anteriores hasta al 77% de los votos. En la capital, Binner pasó de 14% a 28% y Duhalde cayó de 22% a 10%.

Atribuir este cambio a un giro ideológico de los porteños es absurdo. Ocurrió simplemente que muchos de los que votaron por Duhalde para oponerse a Cristina en las primarias se decepcionaron y votaron por Binner a pesar de que era socialista.

Suponer que el partido socialista se proyecta con esa base como la segunda fuerza política del futuro es ingenuo, a menos que la economía termine proletarizando a los barrios más distinguidos de Buenos Aires.

Ricardo Alfonsín descendió del 12% en las primarias al 11%. La primavera radical fue efímera. Empezó con el voto de Julio Cobos en contra de la resolución 125 que lo convirtió en el favorito por un tiempo.

Al declinar el entusiasmo por Cobos falleció Raúl Alfonsín, y su hijo Ricardo pasó a ser el precandidato radical que despertaba más expectativas.

Ya en campaña, Ricardo no pudo entusiasmar a los electores y cometió muchos errores. Hace un año y medio, cuando parecía que Francisco de Narváez podía aliarse a Cobos, se hicieron estudios que concluían que esa alianza era letal para ambos socios.

Alfonsín se exhibió con De Narváez espectacularmente, como si fuese su binomio.

Cuando se hace un acuerdo extraño se lo debe explicar a los electores y no filmar un spot en el que aparecían los dos candidatos diciendo que no tenían nada en común pero se tenían confianza. Pocas veces una suma restó tanto.

La candidatura contó con el apoyo de David Axelrod, el asesor de Obama, que seguramente pasó muchas semanas en la Argentina trabajando para Alfonsín.

Alberto Rodríguez Saá subió de un 8% en las primarias a un 9% de los votos, y llegó en el cuarto lugar. Desde el punto de vista técnico, éste fue el candidato con mejores posibilidades de competir. Tenía baja resistencia, su imagen se asociaba con realizaciones tan enormes en San Luis, que parecían mentira. Parecerían reales, porque ésa fue la única provincia del país en la que alguien le ganó la elección a la Presidenta y lo hizo de manera abrumadora. Rodríguez Saá no tuvo espacio en los medios de comunicación. En muchas encuestas ni siquiera lo tomaron en cuenta. No consiguió el apoyo de corporaciones económicas ni de grupos influyentes de la ciudad de Buenos Aires, y pocos tomaron en serio su candidatura. Si hubiera manejado mejor su campaña, fácilmente habría llegado segundo. Pudo haber dado una sorpresa si hubiera recibido desde el principio un apoyo semejante al que tuvieron otros candidatos.

Eduardo Duhalde cayó del 12% de las primarias al 6%. Para un candidato es peligroso inflar sus expectativas de triunfo. Contrariamente a lo que creen muchos políticos y periodistas, mentir inflando encuestas no ayuda. Es un peligro.

Bastantes creyeron que la estructura de Duhalde le permitiría sobrepasar el 20% en las primarias.

Durante años los analistas dijeron que el Peronismo Federal tenía una enorme fuerza por la estructura que manejaba. El resultado de las elecciones demostró que eso no era así.

Las estructuras políticas, además de convicciones, necesitan financiamiento.

El peronismo tuvo siempre una enorme organización respaldada por los sindicatos, las obras sociales, las gobernaciones de las provincias, las intendencias, de las que carecía el Peronismo Federal.

Eduardo Duhalde ha sido víctima de muchos ataques que afectaron su imagen a pesar de que eran falsos. Aunque sea injusto, cuando un candidato tiene más del 50% de imagen negativa no tiene ninguna posibilidad de hacer un buen papel; es un atleta que tiene una grave afección cardíaca y quiere ganar las olimpíadas. Duhalde no creyó en las observaciones técnicas y pensó que podía superarlas con su voluntad de poder. El resultado fue la crónica de una muerte anunciada.

Jorge Altamira, del Frente de Izquierda, conservó los 2 puntos que había conseguido en las primarias. Era el porcentaje previsible para una formación política que conserva un discurso propio de la Guerra Fría.

En el último lugar apareció Elisa Carrió con la mitad de los votos que había obtenido en las primarias. Carrió es la demostración viva de que las derrotas honrosas no sirven para nada: del interesante papel que hizo en 2007 llega a un resultado que debe llamar a la reflexión. Carrió se ha negado a usar las herramientas de la política moderna, ha dicho que no cree en las encuestas y que confía en la fe y sus intuiciones. Ha proclamado que San Martín no habría independizado a la Argentina si contaba con un consultor político. Que hay que volver a la pureza de los orígenes. Es poco probable que un candidato gane las elecciones si por admiración a los próceres se transporta en caballo y no en avión.

Finalmente, es interesante anotar que el respaldo de candidatos locales tiene poca incidencia en las elecciones nacionales. En la primaria Alfonsín contó con un apoyo muy activo del candidato a gobernador de la provincia de Buenos Aires, Francisco de Narváez, quien se distanció en la primera vuelta y apareció respaldando a Rodríguez Saa. Este evento no movió en nada la votación de los candidatos presidenciales.



La presidenta Cristina Fernández. Algunos creen que los analistas deben denostar a quienes no piensan como ellos. Reconocer el mérito de alguien distinto suena a complot. Esta actitud es poco democrática y anticientífica.

Es un disparate suponer que los argentinos votaron masivamente por Cristina Fernández habiendo hecho ella todo mal.

Desde hace más de un año los estudios dijeron que crecía el porcentaje de gente que sentía que el país marcha bien y que su futuro iba a ser mejor. El gobierno ha entregado ayuda a muchos necesitados. Alrededor de 10 millones de personas se benefician directamente de subsidios, mientras el transporte y la energía subsidiados y el Fútbol para Todos favorecen a grandes masas de la población.

La mayoría de la gente no vota porque la publicidad está bonita, sino porque percibe que un político o un gobierno la beneficia o le dice algo interesante para su vida concreta.

Por otra parte, a partir de la muerte del presidente Kirchner el gobierno innovó en su manejo de imagen. La primera mujer elegida presidenta en la historia de la Argentina ocupó todo el escenario. Lo hizo exhibiendo un liderazgo sólido, demostrando que sus funciones no estaban reñidas con las dotes propias de la mujer. Supo lucir femenina, madre, viuda. Mezcló fragilidad y fortaleza impactando positivamente en los electores.

La imagen del FPV se renovó, adoptando un mensaje positivo. Menos Moreno y más Boudou, menos insultos y más alegría. El día del triunfo los dirigentes bailaron en la tarima en el más puro estilo del PRO.

Las encuestas decían que a la mayoría de argentinos le fastidiaba el estilo áspero y violento del kirchnerismo. La imagen de Cristina combatió este defecto. La creciente presencia de los jóvenes de La Cámpora, la designación de Boudou como candidato a la vicepresidencia, el abandono de los viejos rituales peronistas y un estilo nuevo de comunicación rejuvenecieron al cristinismo.

No era el peronismo de siempre, rara vez se entonó la marcha de los muchachos peronistas, no fue siquiera el kirchnerismo de Kirchner.

En contraste, Alfonsín decía usar los trajes de su padre y mientras Boudou organizaba festivales de rock, los radicales cantaban su marcha que tiene ya un siglo de vida.

Duhalde aparecía como un peronista antiguo, rodeado de personajes y ritos propios del viejo justicialismo.

Ningún otro candidato presidencial parecía de este siglo.

La campaña de Cristina se pareció crecientemente a la de Mauricio Macri, la más posmoderna del continente.

Hubo un enfrentamiento en el que se produjo una paradoja: la Presidenta que se reelegía apareció como lo nuevo, mientras sus adversarios lucían arcaicos.

Todavía hay mucho que analizar para entender mejor esta elección, lo estamos haciendo y esperamos entregar en poco tiempo nuestro libro sobre el tema.



*Consultor político. El texto es un adelanto del libro Quince conceptos para comprender mal la política argentina, que prepara junto a Santiago Nieto.



sábado, 1 de octubre de 2011

Los Bricks y América Latina se equivocan


Por Jorge Castañeda

En la votación celebrada en la ONU hace 64 años, a raíz de la cual se creó el Estado de Israel, y posteriormente se le otorgó la condición de miembro de pleno derecho, varios países latinoamericanos –Brasil, El Salvador, Argentina, Colombia, Chile y Honduras– se abstuvieron o, en el caso de Cuba, votaron en contra de las resoluciones pertinentes. En el tema de la partición, México se abstuvo pero votó a favor de admitir a Israel en las Naciones Unidas unos meses después y más tarde reconoció al Estado judío, pues comprendió que no tomar ninguna postura en el embrollo de Medio Oriente servía más a su interés nacional.



En las siguientes semanas, la mayoría de los países latinoamericanos votarán a favor de alguna forma de membresía en las Naciones Unidas o reconocimiento como Estado que la Autoridad Palestina está solicitando. Sin embargo, algunos países no lo harán. No es un asunto sencillo para Brasil y Colombia, los dos países que son miembros no permanentes del Consejo de Seguridad, ni para Cuba, Nicaragua, Venezuela, Costa Rica, Argentina, Bolivia, Chile, Ecuador, Perú, Uruguay y Honduras, que ya reconocieron a Palestina, pero aún no han votado para darle la condición de “observador” en las Naciones Unidas.



Para ser miembro de pleno derecho de las Naciones Unidas, el Consejo de Seguridad debe hacer una recomendación a la Asamblea General; pero igualar la categoría de la Autoridad Nacional Palestina a la del Vaticano requiere solamente dos tercios de los votos de la Asamblea General. En cualquier caso, las consecuencias políticas relegan a segundo plano los asuntos legales o burocráticos. Obligar a los Estados Unidos a usar su veto en el Consejo de Seguridad u obtener el apoyo de más de 150 de los 193 Estados miembros de las Naciones Unidas en la Asamblea General sería una gran derrota para Israel y los Estados Unidos, por lo que el voto latinoamericano es importante.



Brasil ha señalado que tiene la intención de votar en el Consejo de Seguridad a favor de recomendar la admisión de Palestina a la Asamblea General; Colombia ha dicho que planea abstenerse. La mayoría de los otros países latinoamericanos votarán probablemente a favor de alguna forma de estatus ampliado de la Autoridad Nacional Palestina.



La comunidad judía de los Estados Unidos y, en menor medida, la administración del presidente Barack Obama han intentado convencer a Chile y a México, que aún no han dado a conocer su postura, de que de nada serviría aislar a Israel (o, para ese caso, a los Estados Unidos) en este asunto. En efecto, el que la Autoridad Nacional Palestina fuera un Estado de pleno derecho no cambiaría nada en la práctica si Israel y los Estados Unidos no lo aceptan –y México y Chile podrían perder mucho al distanciarse de un aliado en un asunto de gran importancia para él.



En resumen, como hace más de medio siglo, la región no se ha expresado en estos asuntos cruciales. Ahora, como entonces, la mayoría de los países de América latina no han tomado una posición de principio –a favor o en contra de Israel o de los palestinos. En cambio, han seguido un camino de conveniencia en función de la influencia y fuerza relativa de sus comunidades judías o árabes, y de la insistencia de Washington o del llamado bloque ALBA, compuesto por Cuba, Venezuela, Nicaragua, Bolivia y Paraguay.



La falta de convicción de los latinoamericanos en asuntos tan serios como ése –a excepción de los países del ALBA, que tienen ideales equivocados, pero al menos creen en ellos casi religiosamente– ha marginalizado a la región en otros asuntos internacionales importantes, como la reciente crisis en Libia, y la que se desarrolla en Siria. En cuanto a la resolución de las Naciones Unidas, que establece una zona de exclusión aérea y la protección de civiles en Libia, Brasil, junto con los otros tres Brics –Rusia, India y China–, se abstuvo. El cuarto, Sudáfrica, aceptó pero a regañadientes.



Y ahora, en lo que se refiere al intento estadounidense y europeo de imponer sanciones aprobadas por las Naciones Unidas al presidente de Siria, Bashar al-Assad, los Brics han ido de mal en peor. Primero, enviaron una misión de tres países (Brasil, India y Sudáfrica) a Damasco para “persuadir” a Al-Assad de que no matara a su pueblo. Huelga decir que no les contestó que en efecto había asesinado a unos cuantos miles, pero que ahora que lo mencionaban, trataría de tener más cuidado.



Hicieron declaración tras declaración argumentando que Siria no era Libia y que no permitirían otra intervención occidental para cambiar el régimen en otro país árabe, sólo porque su pueblo parecía molesto con el dictador local. Un alto funcionario de una ONG de derechos humanos dijo que “están castigando al pueblo sirio porque no les agradó que la OTAN transformara el mandato de protección a los civiles en Libia en uno para cambiar al régimen”. Dada su creciente participación en la economía global, es comprensible que los países latinoamericanos más grandes, junto con los demás Brics, estén buscando un papel mundial de mayor influencia. Esta no es la forma de lograrlo.



*Ex secretario de Relaciones Exteriores de México (2000 -2003) Copyright: Project Syndicate