En la recta final de las campañas
electorales un clásico de la política mexicana volvió a hacerse presente: la
guerra de encuestas. Aunque el tema había tenido su relevancia durante las
campañas, en la recta final de las mismas y después de conocidos los resultados
del Programa de Resultados Electorales Preliminares (PREP), las opiniones sobre
las encuestas electorales parecieron incrementarse. De nueva cuenta, con valoraciones
en favor y en contra, el trabajo demoscópico de distintas empresas nacionales y
locales fue puesto en tela de juicio por muchos analistas.
Como tantas veces se ha dicho, las
encuestas electorales son una foto de la tendencia del voto al momento en que son
levantadas. A grandes rasgos, son una muestra, más o menos precisa, de lo que
pudiera pasar en el día de la elección. Es decir, las encuestas no
necesariamente arrojarán un porcentaje idéntico al de las urnas al final de la
jornada electoral. Pero más allá de estas y otras consideraciones teóricas, en
estas elecciones presidenciales la opinión de muchos fue que las encuestas son
una herramienta de la publicidad más que de la estadística. Y como primer
argumento de esta supuesta hipótesis está el que los resultados de las
encuestas no se parecieron en nada al de las urnas.
Habría que matizar esto, puesto
que las encuestas electorales sí son una herramienta de la estadística de mucha
utilidad para la democracia. En las elecciones que acaban de pasar, un grupo de
encuestas marcaron exitosamente las posiciones en las que los candidatos
terminaron al final de la contienda: Peña Nieto en primer lugar, López Obrador
en segundo, Josefina Vázquez Mota en tercero y Quadri en cuarto. Pero los
resultados de las urnas, aunque coincidentes en cuanto a los puestos que
ocuparon en las encuestas los candidatos a la presidencia a nivel nacional durante
el proceso electoral, fueron distintos en porcentaje al de las encuestas. Por
ahí va el punto en cuestión para algunos, en la inexactitud de las encuestas y
sus inciertos comportamientos y finalidades.
Para poner el asunto en contexto,
en el 2006 los resultados de las votaciones marcaron una diferencia mínima de
medio punto porcentual entre Felipe Calderón y López Obrador, resultado que era
vaticinado por un grupo de encuestadoras. En aquella ocasión, encuestas como las
de GEA-ISA reflejaron en sus trabajos el resultado de las urnas. En cambio, en
estas elecciones de 2012, encuestas como las de la empresa nombrada, misma que por
primera vez en México publicó en Milenio un tracking
diario del pulso electoral, esta vez no se aproximaron al resultado de las
urnas con la exactitud de hace seis años. Sin embrago, esta y otras empresas
marcaron el pulso del electorado y sirvieron de guía para, entre otras cosas, diferenciar
las encuestas que estaban truqueadas y las que no.
Valdría la pena notar que GEA-ISA
y otras casas encuestadoras sí acertaron en la tendencia del voto y los
comportamientos del electorado. Por ejemplo, al inicio de las campañas se
reflejó en las encuestas que Josefina no cubrió la expectativa de ciudadanos
que pudieron haber votado al PAN y por eso descendió en el porcentaje de
intención de voto. De igual modo, se reflejó como López Obrador rebasaba a
Vázquez Mota y se instalaba en el segundo lugar del podio, aunque bastante
lejos del primero. El tema en discusión parece ser que la diferencia entre
López Obrador y Peña Nieto: en las encuestas éste aventajaba al tabasqueño por
diez o quince puntos, pero la elección terminó con una diferencia de menos de
ocho puntos entre el primero y el segundo.
Así, las encuestas electorales
siguen siendo un tema de discusión como lo prueban estas elecciones
presidenciales de 2012. Aunque es un tema trillado, la llamada guerra de
encuestas ha estado otra vez presente y las opiniones al respecto han sido y
son muchas. Con todo, vale recalcar que las encuestas que ahora son llamadas a
la atención, en su mayoría son empresas serias que trabajan hace años en el
mercado, por lo que no les sería conveniente hacer trabajos de mala calidad que
perjudique sus prestigios. En tal sentido, con todo y que pudieron haber
resultados de encuestas que fallaron en comparación con el resultado electoral,
no se mide por ahí la finalidad, precisión y honestidad de las encuestas.