A propósito del foro Periodismo bajo amenaza que este martes organiza
e-Consulta, quisiera compartir una opinión sobre el tema de la libertad de
prensa. En específico, quisiera opinar sobre la mesa número dos, que se refiere
al subtema de la censura. Si bien los otros dos subtemas –el narco y el crimen–,
también son problemáticas que acosan fuertemente la libertad de prensa en
México y otras partes del mundo, mismo que ha sido denunciado y señalado por
diversas organizaciones internacionales de prensa y medios, el narco y el
crimen no me ocupan en esta pequeña reflexión. El foco aquí es la censura a la
prensa desde el Estado, ya sea usando el poder fuerte o el suave, es decir, la
fuerza de las armas o del dinero.
El no estar en posibilidades de
hacer pleno ejercicio del derecho a la libertad de pensar, decir y escribir de
manera pública o privada lo que una persona o periodista tenga ganas, es decir,
vivir en un ambiente de censura, sin dudas es un problema para la democracia y
su calidad. Pegada a la libertad de expresión está la libertad de prensa. Así,
a través de la pauta oficial publicitaria, el premio a ciertos empresarios con
negocios o contratos para ellos y sus empresas, créditos, etcétera, el gobierno
puede coartar la libertad de periodistas de hacer un libre ejercicio de su
profesión.
Lo anterior refiere a un
escenario no del todo democrático, donde la censura es llevada a cabo por medio
del poder suave del gobierno. En México siempre existió esta práctica, pero lo
últimos lustros han mostrado una mejoría al respecto, con todo y que López
Obrador diga lo contrario. De hecho, el
Peje tiene una narrativa muy parecida a la de Chávez, Correa y Kirchner: “los
monopolios mediáticos, fieles representantes del imperio, le mienten a la
gente, les lava la cabeza y no les deja ver la realidad de las cosas, porque la
gente es una bola de ignorantes que no saben distinguir lo verdadero a la
ficción creada por los medios”. En México es Televisa y en Argentina es Clarín.
Más allá de la caricaturización presentada, sin duda que el tema de la cultura
política de una sociedad y las personas que la habitan es muy complejo como
para reducirlo a una línea discursiva como la antepuesta. Sin embargo, esa idea
es la que usan los gobiernos de Venezuela, Ecuador y Argentina, también probada
en México por López Obrador.
Dicho lo anterior, quisiera
centrarme un poco en Argentina, para sumar una mirada que se pudiera usar para
comparar la actualidad de México. En Argentina se sancionó una llamada ley de
medios audiovisuales que, en resumidas cuentas, cambia el mapa de empresas que
juegan en ese mercado. La empresa más grande del mercado, Clarín, está siendo
sentenciada a muerte por la presidente, sus ministros y periodistas afines. El
próximo 7 de diciembre, conocido como el 7D, entra en vigor la ley de medios
aprobada por el Congreso hace más de dos años atrás. Clarín se amparó de la ley,
pero la medida cautelar que dio la justicia termina el día mencionado. Así, el
discurso del gobierno que se vende como de izquierda, popular y nacional dice
que, a partir de ese día los medios de comunicación en Argentina serán más
plurales, democráticos y libres que antes. Para ese día, el gobierno obligará a
Clarín a desinvertir en su negocio, es decir, vender desde sus licencias hasta
los cables de televisión.
Encima, el tipo de periodismo que
se reivindica en los medios que quedarían, de desaparecer Clarín, La Nación y
Perfil, es el llamado periodismo militante. Este tipo de periodismo muy de moda
en Argentina, más que periodismo y ejercicio del libre pensamiento crítico, se
dedica a hacer un ejercicio de justificación, adulación y tergiversación de los
acontecimientos políticos de la Argentina. Así, la presidente argentina hace
cadenas nacionales cada semana, no da entrevistas o ruedas de prensa, los
ministros no conceden entrevistas a no ser que éstas sean en medios
oficialistas, y los medios de comunicación con periodistas militantes se
dedican a atacar personalmente a los políticos y periodistas que están en
contra del gobierno de Cristina Fernández de Kirchner. En el mejor de los casos,
el periodismo militante se propone a generar teorías de la conspiración
supuestamente organizadas por el dueño de Clarín, Magnetto, que es un golpista
que quiere derrocar al gobierno nacional y popular. Aunque suene a caricatura,
ese es el discurso del periodismo militante.
En Argentina el gobierno ha hecho
del canal estatal de televisión y su radio un aparato de propaganda al estilo del
nazi Joseph Goebbels. También, ha apoyado a empresarios afines y amigos para crear
o comprar empresas de medios de comunicación, al igual que ha hecho quebrar periódicos
por no darles un solo centavo por concepto de publicidad oficial o por no
venderles o dejarles importar papel. En lo que a periódicos se refiere, el
panorama argentino es el siguiente: Clarín, Perfil y La Nación –que es el
periódico más antiguo del país– tienen una línea editorial crítica al gobierno;
Página 12, La Razón, Crónica, Tiempo Argentino, etcétera tienen una obsecuencia
insoportable con el gobierno kirchnerista. El periódico más vendido es Clarín,
cuya empresa tendrá que elegir entre tener un canal de televisión o un periódico.
Entre otras cosas, con lo
expuesto queda claro que no hay plena libertad de expresión en Argentina o un
ambiente de libre prensa como en otros países de la región. A diferencia de
México en los últimos años, en Argentina hay censura porque el gobierno se
ocupa de descalificar medios y periodistas, además de premiar e incentivar a
empresarios amigos para que adquieran medios de comunicación. Al mismo tiempo, la
presidente se encarga de enjuiciar muy a menudo al dueño del grupo más
importante de la prensa liberal del país, es decir, Clarín, que se transformó
en el reducto de la oposición al gobierno. En fin, este escenario no es el
deseable para una democracia más o menos de calidad; esperemos que en México el
PRI no quiera regresar a esas prácticas que hacen de los medios de comunicación
rehenes del dinero de la pauta oficial.
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