sábado, 17 de marzo de 2012

Guerra de encuestas edición 2012

“Guerra de encuestas”: aunque el término suena  estruendoso, el tema está trillado y es más exageración que otra cosa. Sin embargo, es necesario tocar el tema brevemente, dada su relevancia en la opinión pública, y ponerlo en contexto.

Las encuestas volvieron a ser el centro de la discusión político electoral. Con un número considerable de encuestas publicadas cuyos resultados no necesariamente coinciden entre sí, en México se ha vuelto a hablar de una “guerra de encuestas”. Aunque el término suena estruendoso –al igual que el de “campaña sucia”–, valdría la pena reflexionar si el tema vale la pena. Por esto, es preciso dimensionar a las encuestas y ponerlas en contexto, es decir, en su lugar.
Primero habría que dimensionar que el hecho de que haya tantas encuestadoras que publiquen sus trabajos es parte esencial de una democracia liberal con rasgos de mercado. Que se conozcan encuestas serias y encuestas patito es normal. Herramientas como las encuestas electorales o de gestión, la consultoría en comunicación, imagen o estrategia política, el cabildeo, las relaciones públicas, etcétera, son elementos que hacen a un mercado de bienes y servicios políticos y gubernamentales en expansión, donde hay libre competencia en la oferta y la demanda de los mismos. En tal sentido, la transición mexicana hacia la democracia se enmarca en un sistema minimalista con atributos de mercado que propician este tipo de actividades. Es decir, en una democracia liberal necesariamente coexisten un importante número de encuestadoras que realizan todo tipo de trabajos, fidedignos y no fidedignos.   
En segundo lugar, esta nueva “guerra de encuestas” regresa la discusión política a una hipótesis planteada hace tiempo: en el universo de la demoscopia existen las encuestas mediáticas y las no-mediáticas, por así llamar los dos conjuntos. Las primeras son las publicadas en los medios de comunicación y que, en la mayoría de los casos, son financiadas por los mismos medios. Las segundas, en cambio, en su mayoría son financiadas por los partidos y candidatos para también publicarlas en los medios de comunicación. Aunque la procedencia de la financiación no necesariamente tiene que relacionarse con la calidad del trabajo demoscópico, esta hipótesis de los dos tipos de encuestas ha probado su plausibilidad. Así, las encuestas mediáticas no yerran en el mismo grado que las no-mediáticas, si se comparan sus resultados con el seguimiento –tracking– de la tendencia global del voto o, en dado caso, con el resultado final de la votación, entre otras cosas.    

Ahora bien, la “guerra de encuestas” también puede hacernos reflexionar sobre las encuestas como un tema político. Más allá del impacto real que estas tengan en la intención del voto, lo cierto es que hablar de encuestas cuando todavía no empieza oficialmente la campaña, parecería un disparate. Quizá porque no existe la posibilidad de discutir temas de fondo –en parte por la “veda” de la ley electoral reformada en 2007–, pero que a estas alturas del calendario pre-electoral se haga de las encuestas y sus disímiles resultados un tema de polémica desmedida es un sinsentido. En fin, las encuestas le ponen a las elecciones un condimento importante que la democracia necesita: que haya incertidumbre en el resultado que habrán de arrojar las urnas. Pero hacer de las encuestas el tema más importante del comentario político electoral, como ha sucedido en las últimas semanas, es desproporcionar el asunto y volver a discutir sobre los impactos de una “guerra de encuestas”, lo cual, teóricamente, es innecesario.  

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