Las encuestas volvieron a ser el
centro de la discusión político electoral. Con un número considerable de
encuestas publicadas cuyos resultados no necesariamente coinciden entre sí, en
México se ha vuelto a hablar de una “guerra de encuestas”. Aunque el término
suena estruendoso –al igual que el de “campaña sucia”–, valdría la pena
reflexionar si el tema vale la pena. Por esto, es preciso dimensionar a las
encuestas y ponerlas en contexto, es decir, en su lugar.
Primero habría que dimensionar
que el hecho de que haya tantas encuestadoras que publiquen sus trabajos es
parte esencial de una democracia liberal con rasgos de mercado. Que se conozcan
encuestas serias y encuestas patito es
normal. Herramientas como las encuestas electorales o de gestión, la consultoría
en comunicación, imagen o estrategia política, el cabildeo, las relaciones
públicas, etcétera, son elementos que hacen a un mercado de bienes y servicios
políticos y gubernamentales en expansión, donde hay libre competencia en la
oferta y la demanda de los mismos. En tal sentido, la transición mexicana hacia
la democracia se enmarca en un sistema minimalista con atributos de mercado que
propician este tipo de actividades. Es decir, en una democracia liberal necesariamente
coexisten un importante número de encuestadoras que realizan todo tipo de trabajos,
fidedignos y no fidedignos.
En segundo lugar, esta nueva
“guerra de encuestas” regresa la discusión política a una hipótesis planteada hace
tiempo: en el universo de la demoscopia existen las encuestas mediáticas y las
no-mediáticas, por así llamar los dos conjuntos. Las primeras son las publicadas
en los medios de comunicación y que, en la mayoría de los casos, son
financiadas por los mismos medios. Las segundas, en cambio, en su mayoría son
financiadas por los partidos y candidatos para también publicarlas en los
medios de comunicación. Aunque la procedencia de la financiación no
necesariamente tiene que relacionarse con la calidad del trabajo demoscópico,
esta hipótesis de los dos tipos de encuestas ha probado su plausibilidad. Así, las
encuestas mediáticas no yerran en el mismo grado que las no-mediáticas, si se
comparan sus resultados con el seguimiento –tracking–
de la tendencia global del voto o, en dado caso, con el resultado final de la
votación, entre otras cosas.
Ahora bien, la “guerra de
encuestas” también puede hacernos reflexionar sobre las encuestas como un tema
político. Más allá del impacto real que estas tengan en la intención del voto,
lo cierto es que hablar de encuestas cuando todavía no empieza oficialmente la
campaña, parecería un disparate. Quizá porque no existe la posibilidad de
discutir temas de fondo –en parte por la “veda” de la ley electoral reformada
en 2007–, pero que a estas alturas del calendario pre-electoral se haga de las
encuestas y sus disímiles resultados un tema de polémica desmedida es un
sinsentido. En fin, las encuestas le ponen a las elecciones un condimento importante
que la democracia necesita: que haya incertidumbre en el resultado que habrán
de arrojar las urnas. Pero hacer de las encuestas el tema más importante del
comentario político electoral, como ha sucedido en las últimas semanas, es
desproporcionar el asunto y volver a discutir sobre los impactos de una “guerra
de encuestas”, lo cual, teóricamente, es innecesario.
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