sábado, 27 de febrero de 2010

La política exterior de una cultura matriotera: una reflexión sobre el Plan Mérida

El revolucionario no se rebela contra los abusos, sino contra los usos.

José Ortega y Gasset

Mientras que el conflicto entre las tendencias políticas es un hecho irrefutable en el contexto mexicano de principios de siglo XXI, los partidos políticos, el presidente y la sociedad finalmente encontraron, con la aprobación del Plan Mérida por parte de la Cámara de Representes de los Estados Unidos de Norte América, un punto de acuerdo: rechazar susodicha estrategia castrense gabacha, basándose en la idiosincrasia colectiva mexicana que pone a la soberanía nacional como un sensible asunto más allá de toda diferencia partidaria, sectorial o coyuntural. Exageradamente o no, la soberanía nacional viene a ser para el sentido común mexicano como la integridad de una madre viuda y anciana o la virginidad de una hermana menor, en tanto que solventarla es como violarla porque es sacarla de su estado virgen y puro. En este sentido, a pesar de que el país está viviendo una disputa política acalorada por la pendiente reforma petrolera y la pre-precampaña electoral hacia el 2009, el excepcional consenso en torno al rechazo del Plan Mérida se dio en parte gracias al nacionalismo que el escritor Gabriel Zaid identificó en su artículo titulado Problemas de una cultura matriotera (1982).

Tomando dicho artículo como referencia para una especie de hermenéutica con el ser nacional mexicano en el tiempo, se puede advertir por qué todo el espectro político mexicano rechazó aunadamente la estrategia estadounidense para combatir al narcotráfico en México. En pocas palabras, el nacionalismo edificado por los mestizos que pasaron por sobre los vencidos a lo largo de la historia mexicana hace referencia a una profunda inseguridad psicológica del mestizo frente al criollo, extranjero e indio inclusive, por lo que la actual polarización política de México encontró una excepción con el Plan Mérida o Iniciativa México, aprobado en la Cámara Baja pero rechazado a posteriori en la Cámara Alta del Congreso del país del norte dadas las reacciones en México.

Justamente, debido a que el Plan Mérida viene desde tierras foráneas pone en una situación de inseguridad a todos los mexicanos por igual y, al mismo tiempo por lo que es inaceptable para el sentido común matriotero mexicano, atenta contra la integridad de la madre patria o ficción organizacional mestiza. A este tenor, como el nacionalismo mexicano fue fundado en base a las relaciones ambivalentes de amor/odio con los Estados Unidos y, aunque cada vez en menor escala, con España, no es extraña la reacción mexicana de responder desaprobando la acción estadounidense que pretende introducirse en suelo mexicano para darle combate al narcotráfico. Pues, parecería, eso sería visto como una violación más que como una apoyo.

Siguiendo con Problemas de una cultura matriotera, y como se sugirió arriba, Zaid discute asuntos que hacen a la socialización política mexicana y a la distinción de un “nosotros” y un “ellos” no tanto por rasgos culturales sino más bien geográficos. Entonces, el nacionalismo mexicano es el fruto de la relación íntima de un hombre y una mujer que alguna vez, o un par de veces, intercambiaron flujos pero nunca se casaron. La madre era la que portaba los genes geográficos del nacionalismo, la originalidad y el apego a la tierra, mientras que el padre los culturales e ideológicos del mismo. Así, los mestizos fundadores de la cultura nacional, aquellos pseudos-laicos que ganaron las guerras de Independencia, Reforma y Revolución, se encontraron con un pequeño gran problema para cimentar, en una comunidad imaginaria heterogénea, un nacionalismo coherente: el “pecado original” que Zaid encuentra cuando examina a este pequeño niño llamado México, que la cultura nacional sí tiene madre pero no tiene precisamente un padre. Y ese es un trauma para cualquier niño, un problema que se proyecta a lo largo del tiempo y genera inseguridades hasta por momentos maniáticas.

Paradójicamente, en México se ha anulado la influencia cultural paterna porque éste es impuro y, por sobre todo, porque no hubo precisamente un sólo padre, sino dos: el liberalismo y el conservadurismo. De esta manera, si se reconocen los rasgos paternos del país no sólo se estaría reconociendo que la madre no es pura porque tuvo relaciones de alcoba con dos hombres distintos, sino que el honor y la pureza de la mujer que está encerrada en los contornos geográficos imaginarios de la nación, no es tan magnánima como para generar el tipo de rarezas, para el contexto actual resquebrajado del país, como el del consenso repudiando el Plan Mérida que se quería imponer desde Washington hasta el DF.

En ese orden de ideas, habiéndose constituido, a grandes rasgos, el nacionalismo mexicano con un gran apego e identificación con la geografía y no con particularidades culturales, el nacionalismo mexicano se para siempre del lado de la madre, la tierra, y la protege como un hijo defiende a su madre soltera o viuda que es acechada por sus amantes llenos de ideas pervertidas. Por eso en México se le puede decir matriotismo en lugar de patriotismo, porque el senido nacional defiende a la madre y no al padre.

Es así que, cuando los Estados Unidos hacen una referencia a asuntos mexicanos o impulsan una política de seguridad que toma lugar en suelo mexicano, no es raro que de este lado de la frontera se escuche un sólido y conciso rechazo matriotero. Más precisamente, una defensa en base a la identidad que genera la geografía mexicana y la tierra de origen, la madre. En definitivas cuentas, aun en el supuesto caso de que el Plan Mérida sea una propuesta que ideológicamente pueda dividir a los diferentes partidos políticos mexicanos, ésta no puede ser tan espléndida y seductiva como para quebrar ese consenso matriotero implícito cuando se toca lo que es como sagrado.

Por último, habría que agregar que como lo notaba Zaid en su artículo, a pesar de la polarización y la falta de consensos entre los políticos mexicanos para un abanico enorme de temas, cuando viene a cuento la defensa de la soberanía nacional, el honor y los límites del territorio nacional, todos se agolpan tras la idea matriotera del país que junto a la Virgen Morena ya lleva tres batallas en el lomo que, de una manera inexplicable, han sido ganadas. Om por la actual.

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