Aunque se crea que izquierdas y derechas ya no son alternativas a la crisis mundial de gobernabilidad, el politólogo italiano dice en este texto, escrito para la revista Ñ de Clarín (Argentina), que ellas sostienen el amenazado sistema democrático. Para Pasquino, la clave es que alternen en el poder, que no se radicalicen y que discutan políticas, no valores. Aquí, un comentario suyo de su último libro.
Izquierda y Derecha
Por Gianfranco Pasquino**
Es sabido que para algunos la distinción misma es irrelevante: en el mundo de la política contemporánea ya no existiría ni una derecha ni una izquierda. Es la posición de quienes no creen que la política sea capaz de ofrecer oportunidades de elecciones significativas entre alternativas programáticas. Están los que piensan incluso que la política no debería ofrecer esas oportunidades porque no es capaz de hacerlo o porque, si lo hace divide a las comunidades. Son los que enfrentan a los políticos, que crean divisiones y son incompetentes: los tecnócratas, que serían los únicos que tienen las respuestas acertadas; o los populistas, que representarían, por definición, al pueblo y sus "verdaderos" intereses, o los militares que serían los defensores desinteresados de la unidad nacional, capaces de crear y mantener el orden político. Y, de todos modos, hasta los políticos tratarían de diferenciarse lo menos posible frente a un electorado a su vez poco diferenciado en el cual las clases sociales desaparecieron frente a diferenciaciones mutables de clase y estilos de vida. Por último, prescindiendo de la existencia o no de una diferenciación entre derecha e izquierda, también hay quien sostiene, como Anthony Giddens, que es necesario ir "más allá de la derecha y la izquierda". Una y otra, en su versión histórica, cumplieron su ciclo y ya no ofrecen soluciones atractivas, útiles, factibles para los problemas actuales.
El intento analítico compartido de Giddens consiste en demostrar que, por un lado, una parte conspicua de la derecha dio vida a un conservadurismo "radical", o sea que quiere cambios profundos; por el otro, que una parte conspicua de la izquierda abandonó la senda del cambio ya que quiere defender las conquistas del Estado social y así se ha vuelto conservadora. Esta afirmación merecería un profundo análisis comparado sobre una pluralidad de sistemas políticos (y partidos y sistemas partidarios) para evaluar su veracidad. De esto se desprende que —y es la tesis de fondo de Giddens— tomando conciencia de los grandes cambios sociales ya producidos, es necesario "ir más allá" de la derecha y la izquierda tal como están organizadas actualmente en la política democrática occidental. De todas maneras, ya se están dando intentos significativos de construcción de una variedad de nuevas derechas que, no sólo en Europa, se caracterizan a menudo como xenófobas, racistas, populistas, y toda una serie de nuevas izquierdas, no sólo en el significado tradicional estadounidense, vale decir, una izquierda de jóvenes, feministas, grupos étnicos, sino con la referencia explícita a la galaxia de movimientos antiglobales. Derechas e izquierdas serán nuevas porque sus programas se pondrán finalmente a la altura de los desafíos de hoy, no de los ya superados del siglo XIX, empezando por una democratización real de las sociedades y de la gestión de la globalización.
El discurso que debe profundizarse tiene que ver inevitablemente con las diferencias que aparecen entre los muchos tipos de Izquierdas, y los muchos tipos, aunque en número inferior al de las izquierdas, de derechas. Estos tipos dependen, naturalmente, del estadio de desarrollo político, socioeconómico y de cultura política de los distintos países. Un análisis comparado de todos los casos es, obviamente, imposible y a veces termina siendo contraproducente pues no tiene en cuenta las diferencias. Me limitaré a algunas reflexiones, que ojalá resulten significativas.
Si adoptamos una perspectiva sistémica tendremos que relevar hasta qué punto cuanto más entran y se mantienen en competencia derecha e izquierda en el terreno democrático mejor funciona el sistema político. Si la derecha cede al populismo y al nacionalismo, la izquierda, o bien una parte, conspicua, de ésta puede ceder al radicalismo y a la formación de movimientos radicales. Si la derecha acepta pasivamente, se deja envolver o exalta los procesos de globalización, en particular del mercado y no de los derechos, parte de la izquierda se desliza hacia el rechazo, aun violento, de la globalización. Sólo si la derecha y la izquierda tienen perspectivas efectivas de gobierno y temores igualmente efectivos de perder el gobierno a través de procedimientos de alternancia democrática tratarán entonces de controlar y conducir los procesos de globalización.
Aquí se plantean los nuevos problemas de la gobernabilidad democrática que afectan a drechas e izquierdas. La premisa es que los sistemas políticos son débiles, es decir poco legitimados, poco cohesivos, poco capaces de inspirar confianza a sus ciudadanos, los que están principalmente expuestos a los desafíos disgregadores de la globalización y los menos capaces de hacerles frente. El primer punto es que resulta imperativo producir las reglas, los procedimientos, las instituciones comunes que constituyen la base del orden político y de la posibilidad misma de alcanzar la gobernabilidad democrática. Tanto los movimientos anti como la globalización desenfrenada impiden cualquier institucionalización democrática. La solución no radica, sin embargo, en eliminar los movimientos y encerrarse en la globalización. Hay que buscarla en la reglamentación de los movimientos y de la propia globalización y en el aprovechamiento de las energías positivas de ambas que vivifican la democracia y los sistemas económico-sociales.
Hacia la gobernabilidad
Para alcanzar la gobernabilidad democrática es necesario rechazar dos posiciones. La primera que debe rechazarse es la que considera, junto con los no muchos imitadores que quedan de Karl Marx, que la política es una superestructura de la economía y que, por lo tanto, para tener una política mejor, o, incluso, ninguna política (entendida como ejercicio represivo del poder, como gobierno de los hombres sobre los hombres y, por ende, para sustituirla totalmente —coherentemente con la doctrina de Marx— por la administración de las cosas) hay que cambiar el sistema económico. Este, por ende, no puede estar involucrado en la gobernabilidad democrática que es, in primis, el producto de una buena política (competencia, participación, responsabilización, alternancia). Esta posición niega del todo el papel de la política que, contrariamente a lo que pensaban Marx y sus seguidores, es el modo por el cual las mujeres y los hombres pueden elegir y controlar, si no su destino, al menos su gobierno y sus elecciones.
La segunda posición que debe rechazarse es la de quienes creen que las reglas, procedimientos e instituciones constituyen sólo frenos y obstáculos y que el gobierno siempre es un problema, nunca una solución o un instrumento —quizá de los más importantes— para alcanzar la solución. Esta segunda posición es compartida tanto desde la izquierda, por los teóricos de la extinción del Estado, como desde la derecha, por los teóricos del "Estado mínimo". Aquellos afirman que el cambio solamente puede provenir de los movimientos que no tienen reglas y que no deben dejarse encerrar en las instituciones. Si los exponentes de esta posición son de derecha, su tesis será que "la sociedad no existe", en la famosa expresión de Margaret Thatcher, y que los individuos son los únicos que producen el cambio. Marxismo e individualismo extremos impiden cualquier intento de gobernabilidad democrática. Sin la valoración de la importancia de la política —la política se ejerce en general en las instituciones, con reglas y procedimientos acordados y compartidos— no es posible tener gobernabilidad democrática alguna.
Si bien es oportuno seguir manteniendo abierta la discusión sobre qué elementos distinguen realmente la derecha de la izquierda, me parece que es difícil negar que la perspectiva señalada por Norberto Bobbio, en Derecha e Izquierda. Razones y significados de una distinción política contiene sintéticamente el más plausible criterio distintivo. Según Bobbio, la derecha acepta la desigualdad (jerarquías sociales económicas y políticas incluidas) ya existentes, sobre todo si son, al menos en apariencia, productos del trabajo y el mérito, y no de la herencia y el privilegio. Pero no se interroga acerca de todo lo que origina el éxito en el trabajo y que ayuda a explicarlo, mientras que la izquierda se preocupa por disminuir las desigualdades, en una versión extrema, incluso de aniquilarlas (la llamada "nivelación") de manera que busca también, en lo posible, actuar en el origen, intervenir para crear y difundir el máximo de igualdades, si no de resultados, al menos de oportunidades.
Aun los que adhieren al análisis de Bobbio se ven obligados a superar su dicotomía para evaluar las consecuencias de la relevancia política de su formulación. La derecha abandona consciente y deliberadamente toda competencia al mercado, mientras que la izquierda tratará de utilizar la política para redimensionar las desigualdades, en particular las que se refieren a los puntos de partida de los individuos. Al estudioso sólo le queda tomar conciencia de la existencia de dos perspectivas que se encuentran diversamente representadas en dos conjuntos políticos: Derecha e Izquierda. Desde el punto de vista sistémico, ambas contribuyen a "mantener unida" a una sociedad. Sin ninguna necesidad de recurrir a una explicación cíclica, según la cual Derecha e Izquierda se alternarían periódicamente, resulta plausible afirmar que son los ciudadanos democráticos, o bien cierto número de ellos, interesados en la política, informados, conscientes de la eficacia de su acción política, los que hacen oscilar el péndulo unas veces hacia la Derecha y otras hacia la Izquierda.
El cuadro general es claro. Derecha e Izquierda, tanto en el gobierno como en la oposición, tienen la gran oportunidad de garantizar la gobernabilidad democrática si, primero, actúan de manera responsable, o sea, si aceptan la responsabilidad por las decisiones que toman; si, segundo, se enfrentan por las políticas y no por los valores y tampoco, salvo excepcionalmente, por las reglas constitucionales; tercero, si no son muy distantes, si no se "polarizan"; si, cuarto, permanecen en el terreno estrictamente político y no utilizan ni intentan movilizar recursos extras o antipolíticos; si, quinto, pueden alternarse periódicamente en el gobierno y "aprovechan" esa oportunidad.
Nada de todo esto garantiza que la gobernabilidad, además de democrática, sea de alto nivel. Esa calidad depende, junto con la disponibilidad de recursos económicos —que, salvo casos excepcionales, nunca es muy grande— sobre todo de la calidad de la clase política. Ninguna clase política estará nunca a la altura de una gobernabilidad satisfactoria si no tuvo el tiempo —al menos una generación— y el modo —al menos alguna experiencia anterior de gobierno— para capacitarse, mejorar, crecer. Por estas razones, sólo la democracia tiene la posibilidad de corregir y de perfeccionar la competencia y la gobernabilidad democrática. Es una lección que Europa parece haber aprendido por fin recién después de 1945. Es una lección que también en América latina y en Asia es estudiada y aplicada con buenas probabilidades de éxito. Para defenderse de los fundamentalismos y para derrotarlos, ésta es una lección que hay que estudiar y repasar periódicamente.
Traducción de Cristina Sardoy
* http://old.clarin.com/suplementos/cultura/2004/10/23/u-854778.htm
** Prestigioso cientista político italiano, investigador y docente de la Universidad de Bologna (Italia); ex senador del Partido Democrático della Sinistra en su país, es autor de decenas de ensayos sobre política e historia política ("La oposición en las democracias contemporáneas" y otros) y editó un célebre "Manual de ciencia política". Sus detractores, de derecha e izquierda, rechazan las críticas que Pasquino formula al "progresismo oportunista" y su defensa de cierto realismo político.
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